Tuesday, May 22, 2007

Las noches de acrílico


"¿Cuándo despertaste hormonalmente? Y, ojo, no te estoy preguntando de tu primera vez. Tampoco soy metiche".

Nunca había oido pregunta tan directa de una amiga como Mely, y aunque quise evitarlo, encontré una respuesta.

Mis hormonas despertaron cuando yo tenía 12 años, en los tiempos en que vivíamos en la casa de Ravena. Yo era un chavito baboso que no sabía ni cómo peinarse (aún no lo sé) y quien pensaba que su primera novia llegaría por correo o como regalo de cumpleaños envuelta en celofán (todavía no prefería el látex).

A diferencia de muchos de mis contemporáneos, quienes con la Princesa Leia experimentaron sus primeros hormigueos sensoriales, yo quebré mi cascarón con la vecina de la casa de atrás. Insisto: no fue mi primera vez, sino sólo mi aprendizaje hormonal. Ahí inauguré el hornillo, aunque no cociné nada.

Nunca supe su nombre. Todo se reducía en aquel tiempo a dar las buenas noches a mis padres, entrar a mi cuarto, cerrar la puerta, y, entonces sí, a las 11:30 de la noche, mirar por la ventana y esperar a que apareciera esa imagen de la regadera aledaña.

Algunas féminas afirman que nosotros, los hombres, aprendemos desde larvitas a fijarnos más en el cuerpo que en la cara. En este caso, no es que yo lo hiciera, sino que así tenía que ser. La vecinita que entraba a ducharse cada noche era una silueta, un cuadro impresionista al que no se le podía ver el rostro gracias al material de acrílico de su regadera. Así pues, se me podía declarar inocente al menos de los cargos de voyeur espurio y embrión pervertido. El "no ver todo" es a lo que las mujeres llaman "lo bonito", lo "sensual". ¿Miento?

Pero esa imagen borrosa era suficiente. A esa edad, nuestro tabulador hormonal es sumamente limitado. Yo vi curvas y sentí que había dejado de oler a talco, que había perdido la virginidad ocular y que estaba listo para llevar mis extremidades al extremo. Adiós Hot-Wheels, bienvenida la vida y la cristalización de los consejos consanguíneos en efectos sanguíneos. De ser el carnal de mi hermano, ahora yo era "carnal" en mí mismo. Acababa de conectar por vez primera mis ojos al enchufe correcto y, efectivamente, todo se encendió y se sintió eléctrico.

Las noches de acrílico con mi vecina duraban 20 minutos. Sin haber debutado en una cancha oficial, ya podía presumir de tener jornadas placenteras de tal duración. Incluso, memoricé la rutina de esas veladas enjabonadas: primero los brazos, luego el cuello, después abajo de la cintura y al final el cabello. Para el shampoo subía los brazos y parecía que todo el esternón se distendía y que el acrílico se convertía en una gran placenta de agua con un feto bien formadito. Vaya imágenes. Por vez primera veía el mundo en tercera dimensión, en vivo y a todo vapor.

Cuando quise pasarme de vivo para ver más, normalmente me desvié el tabique nasal o me hice un chipote en la frente. Una ganga a cambio de tener mayor nitidez a través de mi rectángulo de vidrio. Presumo haber sido el primero en utilizar una pantalla de cristal líquido.

Hablaría más sobre estos episodios del amanecer de mi adolescencia si no fuese por el drástico desenlace que tuvieron: en alguna de esas noches, estaba muy bien postrado sobre mi ventana y en pleno show cuando de pronto entraron mi padre y su insomnio a mi cuarto. En algo tan repentino da más tiempo de decir "Fuck it" que "¡Veeerde!".

La intención era arrojarme a la cama y fingir la siesta, pero se me apareció el fantasma de Juan Escutia. Me enredé en la cortina y mi gran brinco se dividió en tres saltitos tipo avioncito cuyo colofón fue un violento encuentro de mi frente con el buró. Mi padre, por supuesto, vio mis piruetas y después miró por la ventana para coronar mi osote.

De esas noches y de aquella vecina, hoy sólo queda un chipote y un recuerdo borroso. Tal vez mi memoria, a estas alturas, esté hecha de acrílico.

Wednesday, May 16, 2007

El impostor


A mi amigo Lalo lo quiero por tres cosas básicas: 1) ser un tipo incondicional desde 1993, 2) ir siempre bien ataviado a nuestras fiestas de disfraces, y 3) salvarme el pellejo en el examen final de la materia de Macroeconomía hace 10 años.

Sobre los primeros dos puntos no ahondaré, ya que el buen Martínez (así se apellida mi hermano de las cejas pobladas) ha confirmado su valía como compinche, pero en lo que refiere al examen, he de narrar lo que sucedió.

Olvidemos antecedentes estériles. Es suficiente decir que yo, como estudiante del Tec en ese entonces, era un bueno para nada en lo que al cosmos macroeconómico se refiere. Lalo, en cambio, no es que fuese un sapiente consagrado en la materia, pero a cambio de ello he de admitir que el morenito danzaba con la sana costumbre de "entender" y no "memorizar".

Martínez estaba en un grupo con el bonachón profe Zermeño y yo en otro con el maldito tirano de Pizarro (hasta nombre de malo tenía), por lo que el examen final de Macro le tocó en lunes y a este servidor 24 horas después, tiempo suficiente para que me dijera qué tan despiadada habría de ser la forma de exterminar vividores como yo. Así pues, yo le pedí a mi hermano que, cuando saliese de la prueba en el CEI (Centro de Exterminio Institucional), llevara consigo un examen en blanco para poder estudiar con él toda la tarde, teniendo una hoja de real calibre. Lalito no me falló y, al momento de entregar su examen, cogió hábilmente otro en blanco, lo metió a su chamarra y lo llevó a mi casa (aparte de todo, lo hice venir a mi morada, maldito descarado, me odio y me admiro a la vez).

Seis horas después, ahí nos tienen en mi cantón, levantando la estampa clásica de los tiempos estudiantiles con mi cuate. Él preparando el speech para aleccionarme del mejor modo posible, y yo con los pies sobre la repisa, viendo qué disco ponía y comiendo donas Bimbo.

El examen con clave ME-07, con 10 incisos incluidos, debía ser resuelto por mí en un máximo de 50 minutos. De lograrlo, estaba del otro lado y listo para el examen, así que comenzamos. Lalo apagó la música, me pidió completa atención y arrancó la cátedra que entró por mis oídos, se desvió al esófago, dio dos brincos en mi tráquea, se coló al estómago, se agarró a trancazos con las donas Bimbo recién horneaditas por mis ácidos y finalmente se perdió en algún túnel de mi organismo. De pronto, el PIB nominal se convirtió en persistente comezón de mi duodeno.

Como se esperaba, Lalo resolvió su segundo examen ese día y yo sólo me aseguré de poner mi cara de "sí entendí" para evitarle una frustración mayor. Pero ni así lo logré y, ya aprovechándome un poco de su nobleza, le hice una última súplica.

Día siguiente. 7 de la mañana. Estoy sentado en el CEI para hacer el examen final junto a dos grupos más. Tres maestros para cuidarnos (incluido el mugre Pizarro), pero su labor no será necesaria, ya que hay 80 tipos de examen, desde el ME-001 hasta el ME-080. Imposible copiar. El Tec de Monterrey vive su época más mamuca en la que presumen las estrategias más sofisticadas para acabar con los vivales del campus.

Yo habría estado resignado si no fuera porque, pese a estos controles extremos de seguridad, no hubiera cristalizado mi ópera prima en cuanto a amistad se refiere: Lalo sentado junto a mí, dispuesto a resolver un examen y a firmarlo con mi nombre. "No puedo creer que esté yo aquí, ya estoy de vacaciones", decía mi compadre. "Yo tampoco, pero échale los kilos y trata de superar ese 9 que obtuviste ayer", le contestaba mi cinismo.

Dos cosas no previstas (y cósmicas) ocurrieron en los siguientes 10 minutos, una maravillosa y una desastrosa: me tocó el examen ME-07 (¡el que resolvimos el día anterior!) y... nos informaron que uno de los profesores que nos cuidaban debía irse y que su lugar sería ocupado por Zermeño (¡el maestro de Lalo!).

Mientras mi amigo salía del shock e intentaba esconderse abajo del asiento, yo le pedía calma y llenaba los alveolos de mi examen más rápido que pronto. Al menos eso había memorizado: las primeras cinco eran A,C,A,C,B y las siguientes eran D,A,B,A,C. Todo resuelto, excepto un problema: Lalo se me moría ahogado en sudor. Ninguna mujer lo había puesto tan caliente por fingir ser alguien más.

Para tranquilizarlo, yo simplemente le presté mi gorra y le dije que bajara la cabeza. Acto seguido, me levanté todo despeinado, me preparé para entregar mi examen y le dije que, en cuanto yo distrajera a su profe, él (o sea yo) escapara como si estuviese en Alcatraz.

Transcurridos 20 minutos, ambos estábamos a salvo, él con su 9 de calificación y yo con mi 10. Él con su intestino hecho trizas y su identidad recuperada, y yo con el PIB nominal haciéndole cosquillas a mi duodeno.

Pizarro: 10 años después, la porra te saluda.

Sunday, May 6, 2007

Tijuana, la vida en la orilla


Tijuana me remitía a ciertas imágenes: sol, música de acordeón, víboras de cascabel, bigotones, tequila, alambradas de púas, trocas, mujeres guapas y mucha, muchísima sed. De hecho, cuando niño pensé que el calentamiento global tenía su base de operaciones ahí, y casi desde que era esperma juré jamás pisar esos rumbos en los que muchos ven la Siberia de México.

Pero como suele sucederle a un bribón, la vida me zancadilló dentro del área, reclamé y ni así marcaron penal. Me cerraron la boca, me sacaron tarjeta y hoy día cumplo una sanción vitalicia al estar enlazado, vía matrimonial, con una tijuanense calzonuda, orgullosamente norteña y endiabladamente adorable. Grata condena.

Fue en 2004 cuando me apersoné por primera vez en Tijuana con motivo de "La Pedida", ese evento cada vez menos defeño donde uno regulariza lo que ya tenía. "Suegros, vengo a pedir la mano de su hija porque quiero pasar con ella el resto de mi vida". En realidad lo que uno anuncia es: "Hago oficial que su nena ya no es suya-suya ni tampoco mía-mía. O sea, ni de ustedes ni mía. Ya es ella de ella, así que lo que quiera ella hacer conmigo, pues... ya no es bronca mía-mía".

Cuando aterricé junto con mi familia en aquel latifundio donde Jorge es "El Jorgito", Samuel es "El Samuel" y mi mujer es "La Mara" ó "La Cochi", confieso que me sentí Cristóbal Colón. Los chilaquiles nos creemos genoveses cuando pisamos provincia. Por eso allá nos quieren apedrear hasta con Panditas de gomita porque piensan que, aparte de mamilas e invasores, vamos a salir con el elegantísimo detalle de ensuciar su ciudad aventando una cáscara de plátano por la ventana (jamás lo he hecho, pero lo he pensado).

Apenas bajamos del avión, a mi ex cuñado y a mí nos abrazó el complejo de quien debuta como turista en Tijuana. Escuchamos un ruido y todos al suelo. Creímos que era un corte de cartucho de algún "malilla" cuando en realidad un charrito se acababa de subir el cierre de sus cimarrón. "Amor, bájale, no es tan mala mi tierra", me dice mi amada cada vez que digo esto.

Y es verdad. Fuera de que la inspección de nuestro equipaje la realizaron los Kumbia Kings, mi seguridad nunca ha estado en peligro. Aquella aventura marcó el inicio de mis expediciones a la hermana república de Tijuana, donde he aprendido no pocas cosas y me han agradado muchas más. Ejemplifico:

Sí, abundan las "Pickaaaps", pero hay quienes traen carros medianitos. No, Tijuana no es una Feria de Texcoco permanente. Sí, allá se pronuncia "Selínna" a la reina del Tex Mex. No, la ciudad no es un desierto donde un monstruo de arena sale cada año bisiesto. Sí, allá tienes que pedir un "Starbaaacks". No, allá el cigarrillo no se enciende con el sol ni la goma se hace silicón. Sí, a las mujeres les laten los chilangos. No, nunca me he trompicado con una serpiente. Sí, las tortas del "Wash" son deliciosas y no son un auto lavado. No, el "pisto" no es un arma (es chupe). Sí, algunos traen nextel en la bolsa derecha y su escuadra en la izquierda. No, con el calor no se nos nubla la mirada ni empezamos a ver el futuro. Sí, lo más bonito de Tijuana es San Diego.

Lo que más me costó entender fue la rimbombesca palabra "curado(a)". La primera vez que Mara señaló a una mujer en Tijuana y me dijo "Su ropa está bien curada", yo entré en una parálisis molecular. Mientras mis átomos se reorganizaban, imaginé que aquella dama de la que hablaba mi amada era leprosa y, muy a la usanza bíblica, había quedado curada por una gambeta celestial del Creador. De otro modo, no relacionaba yo el verbo "milagroso" con la prenda. No me quise ni acercar y simplemente le di la razón a mi güerita. Como dicen allá..."Pa' qué hacerle más al argüende".

Tiempo después y ya estando aquí en el "DFctuoso", Mara volvió a decir "...está bien curado". Yo pensé de inmediato en el retorno del leproso, pero cuando volteé a ver al culpable del comentario, se trataba del peinado de un caballero cuyos rizos no parecían causar desprendimiento de piel alguno. Fue entonces cuando me atreví a preguntarle a mi mujer qué significaban los mentados "curar, curado, curada, bien curada, requete curado".

"Amor, es como cuando ustedes los chilangos dicen 'eso está padre'. ¿A poco no es lo mismo?". Según yo, se oye más padre decir "padre" que tachar de "curado" algo "padre". Conclusión, los chilaquiles nos morimos de lepra antes que aceptar cualquier tipo de evangelización de provincia, pero yo, ya con varias expediciones a la hermana república de Tijuana, debo admitir que estos son mis auténticos vecinos del norte.

Aunque hay plenitud en mi orgullo capitalino, hay mesura en el juicio hacia "mi ciudad política". Hoy le profeso cariño, y cómo no, si mi amada es el paisaje más excelso de aquellas tardes amarillentas, y la mujer que compartió durante su infancia historias fascinantes con fantasmas, mitos y héroes fronterizos que hoy, pese a muros y alambradas, se siguen brincando el presente y perduran por años para vernos desde el otro lado.

Eso es lo "padre" de vivir... en la orilla.

Saturday, April 28, 2007

Súper disco chino filipino


Hoy que nos despertamos Mara y yo... parecía que nada sucedió en nuestro comedor y nuestra sala, declarada ayer zona de desastre.

La señora Gloria, aquélla de la voz suavecita y quien siempre se aparece en los amaneceres post-fiesta en forma de torbellino de "Maestro Limpio", volvió a cumplir con una apoteósica labor y convirtió lo abominable en celestial santuario. La casa estaba lista para un Rosario con las vecinas de mi mamá. Ni un olorcito a cigarro, ni un cadáver desperdigado, ni un pedacito de relajo volando. Un milagro otra vez a cambio de 200 volovanes. Una ganga.

Así es, un año después de la invasión de los nacos, llegó la ocupación de los escuintles con una gran producción mérito de mi amada, quien decoró de Spiderman hasta los chones que traía. Oliver Twist se posesionó de Ariel, Pinocho de Lalo, los hermanos Pampers de Luisma y Gaby, la niña del chonguito bizarro de Mara y la presumida de la paletota (sin albur) de mi hermana Lawrence, por dar algunos ejemplos. Yo... le hice a Alfalfa.

No sé si calculé mal o si se me botó la canica, pero el censo de población reventó y, de pronto, ya sumaban casi 35 vertebrados en nuestra pequeñísima morada, la que usualmente se convierte en cementerio de la cordura. Y todo por convocar a rufianes del buen-vivir como Mike (quien en esta ocasión nos honró con la compañía de su novia Ari), como Roque y su respectiva mademoiselle, como Vess y su queridísima Tatiana alias Muñeca de Trapo, como Memo, Jess, Tusi, Luis Felipe, Loyo, Ale, Gil y Rod. Todos muy dispuestos a hacer el uso más cavernicolesco de nuestras instalaciones.

Ni qué decir de la pandilla de Skinheads que nomás tocaron la puerta, les abrí y me preguntaron que quién era el mentado cumpleañero (yo dudé en contestar por temor a que me ejecutaran). Al ver que todos sonreían muy tranquilitos, los invité a pasar. No fueran a salirme con que eran sicarios de los Arellano y que por hacerles una mueca, dejaran dos agujeros en mis tenis Panam. Muy rudos, muy rudos, pero al final de la velada me pareció oírlos cantar "El triste" de José José y berrear con "La Maldita Primavera" de Yuri. Pagaron por su pose de serial killers lo que yo por los Pau-Pau que mezclé con vodka para hacerme los desarmadores menos glamorosos de mi vida.

Avanzó la noche y, sin previo aviso, el contingente era una olla de presión. Sin que uno quisiera, llegaban arrumacos igual para machos que para doncellas. Parecía la fila de las tortillas en día 1 de mes y si uno cambiaba de dirección bruscamente, en una de esas también lo cambiaban de sexo. Creo que ayer conocí realmente a mis amigos. Sacar una foto implicaba levantar el brazo y que la axila diera el flashazo.

En un instante escapé para "orearme", me topé con una vecina y con su hijita de 4 años, Ana Paula, quien en cuanto me vio con gorrito de fiesta, me dijo "Dame todo lo que traes" (pidió un gorro para ella, una paleta, un globo rojo y una dotación de golosinas). Mientras cumplía yo bien obediente, a la pequeña se le iluminaron los ojos cuando en el horizonte apareció Pinocho (Lalo). "¡Mamá, es Pinocho!", gritó ilusionada Ana Paula, tras lo cual, yo solicité al narizón de cedro y de las grandes mentiras que dejara su chupe y se acercara a sacarse una foto con la peque.

Todo perfecto con él y con su admiradora hasta que el hombrecito de madera sacó un encendedor para echarse un cigarrito. No puedo describir la reacción de la niña al presenciar esto. Sueños destruidos. Nubarrón de la inocencia. En tan corta vida no cabe tanta desazón. Su ídolo Pinocho... un vicioso. Gepetto... ¿dónde estabas?

Pero bueno, olvidemos el episodio y digamos lo que sucedió una hora después. En pleno festival de la hermandad, con los disfraces de niños a medio morir, el alcohol subiendo por las arterias de algunos y con el "Súper Disco Chino Filipino" de Enrique y Ana sonando fuerte desde la laptop, la benemérita Luz y Fuerza nos dejó fuera de combate. Sí, el primer apagón duró unos minutos, pero después vino la réplica y, entonces sí, nuestra hermosísima morada se convirtió en territorio comanche.

Lo más curioso de todo es que, pese a la transformación del lugar en una sucursal de los pensamientos más oscuros de Paul (por cierto, gran ausente), nadie se movió. Mike, con esa experiencia que le dejó su vida pasada de animador de fiestas infantiles nos llamó a Luisma y a mí al centro de la pista, y nos arrancamos con las que no suelen fallar: "17 años" y "Pásame la botella". La gente se nos entregó, aunque lamentamos que un sólo "bra" volara ni quedara colgando de la nariz de Pinocho.

Nuestras vocales perduraron hasta el momento en que se hizo la luz de nuevo y, ¡oh calamidad!: a la alfombra le había dado sarampión. Dígase de otro modo, estaba llena de pastel de Spiderman. De igual modo, la pared presentaba rastros de pastelazo.

Yo ignoraba quién había hecho tal cosa, pero de pronto Mike y su galana (quienes en su otra vida fueron ladrones de poquísima experiencia) se presentaron y confesaron todo. Yo los perdoné cual tipo misericordioso que soy, pero ni así los convencí. Habría sido más fácil decirles: "Sí, ya, carajo, ustedes tienen la culpa", pero tan dulce soy que no me atreví.

Al final, el "Súper Disco Chino Filipino" no se llevó el alma de nadie y todos sobrevivimos. Incluso la casa, la alfombra y la pared, mismas que hoy aparecieron brillantes, se asemejaron a una pila bautismal con olor a bendita niñez.

Que Dios nos conserve jóvenes por siempre y que Pinocho vuelva a la de ya a dormir en los cuentos.

Thursday, April 19, 2007

Hoy llovió


No veo muy bien. Hay ocasiones en que se nubla la mirada y empieza a llover sobre el rostro. Es como el clima. No se puede saber cuándo lloverá otra vez. De pronto sucede.

Hoy he cumplido 29 años (o al menos eso me dijeron mis padres y les creí). Tal vez ni siquiera soy Aries ni tampoco debería presumir que soy de abril, pero como en esta vida lo que nos dicen antes de los 5 años es ley, pues yo no le moví al asunto.

Crecí así, obedeciendo en general a mis antecesores y creyendo cada cosa que decían. Fui todo de ellos, el bebé consentido durante un buen tiempo, un chavito calmadón, dedicado a la escuela aunque mis notas fueran cayendo con los años, cumplidor en el deber de "ve y dile a tu papá que..." así como el "¿ah sí?, pues entonces dile a tu mamá que...", un joven más o menos puntual tras las salidas y al final, el clásico comprometido que salió casado con su amada de la forma convencional. Nadie me corrió de la casa.

Creo que la única vez en que no dije nada y en que jamás supe (ni sabré) si los obedecí o no fue cuando estuvimos sentados ahí en la sala de mi ex casa. Mi gran viejo y mi hermosa madre nos comunicaron el divorcio.

Callé. No hubo mucho qué decir porque aunque uno puede decir mil cosas, no significa que exprese. En mi caso, hablé en silencio y el resto se lo dejé a la lluvia sobre el rostro cuando me nublé.

Adquirí la extraña costumbre de desacostumbrarme a mi familia en términos totales y comencé a gozarlos en su propia burbuja. Fragmenté mi album familiar y disfruté cada hoja por separado. A veces junté dos o hasta tres páginas, pero no más. No juzgué y, cuando fue necesario nublarme, dejé que lloviera.

Hoy el clima me jugó una mala pasada. Mi amada Mara tramó algo, hizo una jugarreta y, antes de que yo reaccionara, me tenía listo el regalo que jamás esperé encontrar.

Entré a un restaurante y ahí estaban. Mi padre sentado frente a mi madre. Me detuve un poco y sí, comprobé que eran ellos. Él con sus canas, y ella sin esa clase de problemas. Es güera, no se le notan.

Después llegaron mis hermanos Alex y Lore (con todo y mi sobrina Reni) y yo... a la intemperie por vez primera desde aquella noche en la sala de mi ex casa en 2004.

Crecí, pero jamás aprendí a medir el temporal y hoy, cuando los vi de nuevo ahí, abrí los brazos, esperé a que se nublara y comenzó a llover como nunca antes.

Se me ha borrado algo, quizá el rostro.

Sunday, April 15, 2007

¡Pausa!


Ahí estábamos Mike y yo en pleno jardín, con nuestras camisitas tipo polo, muy monos, chupe en mano y paladeando el crepuscular cumpleaños 29 de Gaby, mi hermana de distinto apellido, nacida cinco días antes que yo y con suficiencia para saber que, por ello, le debo respeto.

Mirada esparcida, pasitos laterales en gallo gallina, de izquierda a derecha y de regreso, de los fresas que, por más que les gusten las cumbanchas, no darán su brazo a torcer para que no trastabille la pose elegante. Somos de esos que toman el rococó musical como algo necesario porque a las mujeres las cautivan lo mismo las rolas de Valentín que las de Flans y Timbiriche, pero también somos quienes jamás habremos de extraviar el estilo, al menos en tanto sobrios nos mantengamos y en pie nos sostengamos.

Y así seguíamos mi compa y yo ayer, charlando y a la vez no cuando entre nosotros se cruzó abruptamente una figura delgada cuya máxima curvatura emanaba de las formas de unos anteojos modelo '62. Una risueña señorita rompió la línea recta de nuestra conversación, hizo una pausa de cuatro segundos (no más, no menos), y después reactivó su camino hacia cualquier lado.

Bien lo dijo Mike: nos dejó fríos como Chespirito a dos defensas en la película "El Chanfle". Nos quebró la cintura, nos suspendió en el firmamento, casi le dio tiempo de tomarse un café, y después siguió su andar con paso constante y sin dar mínima explicación. Desde ese instante, hubimos de bautizarla como "La Niña de la Pausa".

No muy agraciada, pero 100% graciosa. Desprendida de ese temor a ser cordial con los hombres. Todo lo contrario. Una lindura a la que, por más que la disecciones, no le podrás encontrar tejido de arrogancia. Amistad a primera vista.

Ese detallazo de la suspensión del tiempo, del sonido y del espacio no fue todo. "Pausa" incluso nos agradeció su apodo con una carcajada de tal magnitud que nos dieron ganas de adoptarla como amiga entrañable con el bagaje de 20 años de confianza detrás y con apenas 10 minutos de conocimiento. Mike y yo estábamos fascinados, pero de pronto también la flaquita contagió a los de al lado y, por supuesto, a mi amadísima Mara, quien no la bajó de una chilanguita a toda madre.

Avanzó la tarde y la doncella nos siguió hechizando con sus bromas limpias y una risa diáfana de dientes completos a prueba de obstáculos y complejos. No sé cómo sucedió, pero de pronto "Pausa" ya nos había devuelto el favor en la ocurrencia y nos había apodado para completar el teatro de una fiesta que, de ser masiva al comienzo, se hizo selecta y pequeña en las horas finales: yo era "Forward", Mara "Rewind", Luisma "Play" y Mike "Stop" (el apodado "Necaxista" ya no alcanzó sobrenombre estereofónico).

Todos muy sentaditos a un lado del jardín celebramos el detalle. Los pocos que quedamos para entonces fuimos niños otra vez. Hacía falta esto, especialmente para quienes rondamos esos 30 que por momentos nos hace asomarnos más a lo que viene y olvidar lo que fue.

Hoy, muy temprano, me levanté dando tumbos rumbo al baño. Regresé a la cama y ajusté el despertador de mi celular para un domingo de rehabilitación. Por un dedazo cortesía de mi estado somnoliento, entré a mi directorio y me percaté de que en el casillero 88 estaba el número de "Pausa".

Mi mujer no perdió un segundo en explicarme que "Pausa", "Necaxista", Luisma, Gaby y Mike, además de otros esenciales, estarán presentes en una fiesta infantil que he planeado para dentro de un par de semanas. Ayer mismo les extendí la invitación para mis 29, esperando que como es su costumbre año con año, no fallen.

Espero con ahínco e ilusión volver a verlos para poner pausa y permanecer unas horas así, paladeando las pocas cosas que no serían igual de grandiosas si fuesen muchas. A veces falta ponerle pausa a este mundo escurridizo y ruidoso.

Wednesday, April 4, 2007

Flacidez vecinal


"Mara, el poli con cara de judicial no me hace caso y pido su remoción porque no me ayuda con las bolsas del mercado", "Luis, ¿pueden convocar a una junta porque la vecina de la casa 9 y yo, más que una entrañable amistad, compartimos una enorme humedad?", "Mara, ¿ya se hizo la limpieza de la cisterna?", "Luis, me cayó un asteroide en la azotea", "Vecinito, oí que una vecina ofendió al poli diciéndole que es su gato", "Mara, mi hija dice que 7x2 son 16, ¿puedes explicarle mate?", "¡Mara, Luis, Mara, Luis!".

"Amor, amor, despierta".

"Q’, q’, q’, ¿qué?… ¡pss qué!, ¿qué de qué, pues qué, qué traes o qué?!!".

Ya andaba yo muy acá echando bronca, pero estas agradables pesadillas son las que hacen que uno se despierte alterado a las 7 de la mañana.

Sí, nos ha llegado la hora, tenía que suceder en algún traumático momento de nuestra existencia y, hoy… ya somos oficialmente los nuevos administradores de nuestra privada. Una cosa en verdad recomendable. Sí, no saben cuán felices nos hace.

Para ser más precisos, mi mujer es la administradora y yo asumí el rol menos complicado. Soy como Martita y nuestras mascotas como los Bribiesca. Y todos, like one big happy family, nos hemos puesto, por la maldita y clásica cortesía que nos fue sembrada, a las órdenes de los vecinos "para lo que se les ofrezca".

El problema para este periodo de labores 2007-2009 no son las nueve casas que debemos "administrar" (¿qué significa esto exactamente?), sino el no tener ni p... idea de cómo empezar.

Yo no sé qué diablos hizo Melody, la anterior administradora, pero tres cosas me quedan claras: primero, que ella ya se largó, segundo, que el balance de gastos que nos dejó es un algoritmo jupiteriano, y tercero, que por alguna extraña razón todos los problemas vecinales estallaron a los dos minutos de haber nosotros tomado posesión. Conclusión: ya queremos renunciar.

En verdad. Apenas cambió la gestión y todos vieron a Mara como Batman y a mí como el Chico Maravilla. Todos nos confirieron súper poderes (o nos vieron súper pen..) y ya nos saludan como nunca, pero eso sí, también nos exigen más que la Chilindrina a Godinez y Doña Florinda al Profesor Jirafales.

La tierra por poco y se abre cuando mi mujer y yo nos percatamos de que era insuficiente el mantenimiento que pagamos todos cada mes. Ya de plano se generó un terremoto cuando, en nuestra primera gran medida como "patrones", hicimos del conocimiento público que debíamos subir la mentada cuota (mentadas las que nos habremos llevado en silencio).

Es que nunca faltan los de pensamiento perredista que creen que subimos el mantenimiento para contratar el plan Universe de Sky, ni tampoco aquellos legionarios del ateísmo sectario (quienes no creen ni en Dios, ni en Mahoma, ni en Buda, ni en Maradona, ni en el dinero como medio de subsistencia vecinal). Todo, todo, todo… es fraudulento. Somos un cover de Vicente Fox, o por lo menos, de su esposa.

Así pues, a menos de un mes de haber comenzado, ya podemos presumir de innumerables "curiosidades" como administradores malogrados:

- Ya conocemos a la perfección a nuestros cohabitantes
- Ya aclaramos que no es obligación nuestra hacer nudos de corbata, lavar carros, ni fumigar infidelidades
- Una vecina ya nos pidió que busquemos a quienes tiraron balazos por estos rumbos (pero que antes investiguemos si lo soñó o si pasó en verdad)
- Ya sabemos cuánto cuesta pintar de mostaza unas casitas de 160 metros cuadrados y con cuantas cubetas
- Ya no vemos el área común de la privada como el jardín que parecía perfecto por obra y gracia de Dios
- Ya nos fue avisado que la insatisfacción sexual de una de nuestras vecinitas también es culpa nuestra
- Ya recibimos dos cartas membretadas con faltas de ortografía del poli pidiendo justicia, respeto, paz, recuento de votos, fondo de ahorro, una prima vacacional y otra prima para la caseta en el turno nocturno
- Ya instauramos un horario de atención a clientes para que las quejas comiencen a llegar después de las 10 de la mañana
- Ya anunciamos en el IFAI colonial cada cuándo nos ponemos jariosos mi mujer y yo para que haya absoluta transparencia
- Ya empezamos a intimar con el desdén servicial porque, con un demonio y mil diablitos más, a nadie se le tiene contento
- Ya queremos irnos a vivir a Juliantla

En resumen y por todo lo antes mencionado, se recompensará a quien brinde datos precisos que lleven a la localización o ubicación de la señora Melody Dolores del Río Salinas de Gortari.

De hallarla, favor de entregarle el siguiente telegrama: "Melody, pasástete. Encuéntrote, ahórcote. Everybody knows. Vecinas taradas. Menopausia. Impotente yo. No mandes viagra. Manda lana. Hija, vete. Tiznada".

Friday, March 23, 2007

Un mundo de fe y devoción


"Señores, señoritas. Les damos la bienvenida a la fiesta y gracias por vestir de negro y morado, como debe ser. Son privilegiados, ya que serán los primeros en escuchar en este país el nuevo álbum... ULTRA. Esto sólo sucederá de manera simultánea en París, Berlín, Los Angeles y, por supuesto, aquí".

Fue una voz distorsionada la que sonó de tal modo la noche del 11 de abril de 1997 al interior del extinto antro "Sixtina". Y un centenar de fans aplaudimos con vehemencia y ansiedad por escuchar el entonces nuevo disco de Depeche Mode. Todos entre velas, todos a media luz y aguardando el momento de estallar.

Tengo esa noche en mi memoria porque me transporta a la fecha en que Depeche lanzó mi disco favorito, pero también porque aquella velada fue un momento mágico donde comprendí que soy de esos fanáticos que hoy están en peligro de extinción. Los que lo tienen todo y también lo que está más allá de la colección completa. Lo inédito, lo inaudito, lo oficial y lo oficialmente no oficial. Un poco más que todo. De lo contrario, no eres fan.

Este seguidor al que Depeche convirtió en devotee con el paso de los años comprende que algunos le llamen "enfermo" por tener en su colección casi 90 discos de la banda y por haber movido cielo, mar, tierra, horarios de trabajo y hasta boletos de avión para concretar lo que hasta ahora son seis inolvidables conciertos: tres en el D.F., uno en Fort Lauderdale, uno en San Diego y uno en Los Angeles.

Mis amigos y quienes me conocen de médula me han visto crecer con Depeche tatuado a la cabeza y a los oídos. Han tenido que fletarse al menos un discurso mío en el que creo ilusamente que me están entendiendo todo.

Me han hablado por teléfono para avisarme que MTV pasará un documental del grupo, me han contado de algún concierto al que han ido a verlos, me han preguntado si ya tengo la edición limitada o remasterizada de algún álbum, han bailado conmigo en un antro alguna canción de DM, me han hablado al celular para decirme que se acordaron de mí porque estaban oyendo una rola en la radio, entre muchas otras cosas. En resumen, para muchos, apenas oyen la palabra "Depeche", se acuerdan de mí en automático.

Incluso, recuerdo cuando en 1995 mi buen amigo Lalo me llamó aturdidísimo y me dijo que David Gahan, vocalista de la banda, había sido declarado muerto dos minutos tras meterse un speedball y de milagro había sido traido de vuelta al mundo por los médicos del Cedars-Sinai de Los Angeles.

"¿Estás ahí?, ¿me estás oyendo ultra fanático de Depeche?", recuerdo que preguntó varias veces Lalo mientras yo salía del shock del otro lado del auricular. No por nada, dos años después de este catastrófico episodio, los fans de Depeche nos volvimos locos al ser los poquísimos afortunados que fuimos a "Sixtina" a escuchar el ULTRA, ese álbum con el que la banda, con todo y Gahan, regresaron de la tumba.

Después de ello, tomé como algo prácticamente imposible que DM tocara de nuevo en México. Y aún menos creí que en mayo del 2006 la banda de mis sueños trajera su "Touring The Angel" para llenar dos veces el Foro Sol, con 50 mil almas por noche.

Muchísimo menos concebí que llegaría el momento en que mi buen cuate Vesselin, acordándose de mi exacerbada devoción a la banda, me llamara en pleno primer show de esas dos veladas y me dijera que, de entre esos 50 mil, tenía dos cortesías para la exclusivísima Post-Party del grupo en la terraza del Hotel Hábita, lo que nos llevó a mi Mara y a mí a echarnos un tequila y un vodka en la mesa aledaña a la de Martin Gore y Andy Fletcher.

"Amor, ¿estás consciente de que estás echándote un drink junto a tus ídolos? ¡Estamos junto a Depeche Mode!".

Creo que no pude contestar, pero sí recuerdo que mi amadísima me sacó del coma y, bajo su consejo, fui a cazar a Fletcher al baño de hombres para conseguir un autógrafo y un saludo con las manos sucias, ya que este inglesito no se las lavó después de...

Memorias, shows, fotos, discos, dvd's, playeras, chamarras, el mejor concierto de mi vida (del que hablaré algún día), locuras, pláticas, tarjetas navideñas, mucha música y, por supuesto, negro y morado, negro y morado y más negro y más morado.

Todo esto ha sido mi vida con la banda de mis amores, mis desamores, mis alegrías y mis instantes más sublimes. Y aún hoy, cuando los verdaderos fans estamos en peligro de extinción, sigo sin poder responder cuando alguien me pregunta: "¿Estás ahí, me estás oyendo ultra fanático de Depeche?"...

Tal vez disfruto demasiado... el silencio.