Monday, December 17, 2007

El armadillo


"Ingeniero, buen día, ¿cómo está?".

Una manera elegantísima de entrar a la oficina de mi jefe para tratar los asuntos del changarro (macrochangarro). Normalmente así lo saludo a las 10:30 AM, apuntalando la cordialidad con un firme apretón de manos y la vista fija a sus ojos (si no ves a la persona, mejor ni saludes). Ni qué decir de revisarme en el vidrio de la puerta de su oficina el nudo de la corbata y el peinadito de ñoño que me he dejado para esta temporada navideña. "La vanidad: mi pecado favorito" fue una frase de cierta película que reposa en mi colección de dvd's. Y, carajo, cómo me gusta.

Tomo asiento, cruzo la pierna (postura diplomática, nada de verme como piruja en traje sastre) y reviso algunos documentos que me entrega. Pongo dos dedos en la sien y el pulgar sobre la mejilla, estirándome la boca estilo Guasón. Si no hago esto, no me concentro (defecto de fábrica). Guardo silencio y mi jefe se mete en su monitor.

"¿Café?", pregunta con ese estilacho sin dejar de mirar su computadora. "Le agradezco, estoy bien así", respondo. Se acerca a su altavoz: "Un cafecito, por favor". Cumplida la solicitud, el silencio y el humo de un expresso bien calibrado dominan los próximos minutos. Se escuchan el aire acondicionado, el movimiento de páginas, el click de su mouse y los sorbos que da. Ni siquiera cuando coloca la taza sobre el escritorio hace ruido. Un hombre templado de pies a cabeza.

Termino los documentos y comento tres puntos. Estamos en sintonía. Sin duda un buen día. Antes de marcharme y como es su costumbre, me pregunta un par de cosas sobre mí y tras recibir mi agradecimiento por estar al tanto, viene el segundo estrechón de manos. Me pongo de pie, camino hacia la puerta y, justo antes de abandonar la oficina de mi jefe, el ruido de mi Nextel que llevo en la mano irrumpe con volumen 8 de 8: "¡Qué pex cabrón, te dije que te marcaba hoy puto para ver cuándo chingados te doy tu Dvd por el mugre Atlante que nos ganó!"... Quedo petrificado.

- Flashback a la tarde de ayer -En una despreocupada plática por Nextel con mi amigo David, a quien apenas humillé en una apuesta de la Final de futbol, pactamos que esta semana debe regalarme el concierto de Héroes del Silencio en México en Dvd. Por problemas de recepción en los aparatejos que hacen "pi-pip", lo único que alcanzo a entender es que mi cuate me llamará en el transcurso de mañana.

- De vuelta al fatídico instante de hoy -Me quedé en que estaba petrificado a centímetros de la puerta de la oficina de mi todavía jefe, con ojos de Bart Simpson. Por mi mente pasa el fantasma de Ruvalcaba, temido gordito de Recursos Humanos que desquita su sueldo como sepulturero de los despedidos. Estoy tan tieso como el "Chómpiras" estaba cuando el "Botija" iba a "darle peine". David acaba de hacer el favor de bajarme los chones en la cara del director general del lugar en que laboro y yo ni talco traigo para mis pompitas. Quiero huir a Hawaii, quiero que me coma el "Poeta Caníbal", quiero dedicarme al Teletón, quiero ser un armadillo (quiero llorar, quiero llorar).

Mientras en un microinstante pienso en quién será el primero del que me despediré y qué motivo daré sobre mi cese, una gotita de sudor baja por mi occipucio. Mi peinadito de ñoño se transforma, y de traer un intacto look de playmovil... la cabellera se me eriza lo suficiente como para pasar por señora de Polanco en tardío celo. Del nudo de la corbata ni hablo: parece la soga con la que puedo terminar de una vez mi calamitosa realidad. Esto es el mañanero y no pedazos, la muerte en vida, algo mucho peor que tapar el baño de los suegros en la cena de Navidad. Y Ruvalcaba y Ruvalcaba y el coco... y mis pompitas rosadas.

De pronto, mi jefe habla para dictar sentencia (gulp): "Hay tres cosas importantes en este mundo, mi estimado: trabajar duro, ser agradecido y tener grandes amigos. De esto, puedo decirte que un verdadero amigo no te llama por tu nombre, me da gusto que tengas buenos cuates. Y exige que te pague porque también le aposté al Atlante y ya cobré".

Lo dije antes de cambiar de peinado: hoy, sin duda, es un buen día.

Wednesday, December 12, 2007

Z


Nunca fui tan puntual como ahora... cuando pacto verme noche a noche con mi insomnio. Siempre... a las 4 AM: despego la nariz de la almohada y volteo a la derecha. El reloj dice siempre: "No es hora, pero ya es hora". Todos roncan y babean, menos yo. Hasta el sexto parpadeo dejo de ver borroso y, entonces sí, observo esa hora. Cómo la detesto.

Veo el techo y luego la persiana. No se mueve, está dormidota. Sus agujeros son el azul más oscuro. Ni un pelo del amanecer. Ni siquiera me escucho yo, puras respiraciones y jalones de sábanas. Un despertar astillado. Sólo abrí los ojos para querer cerrarlos, como alguien que sólo se acerca para marcharse, o un hielo que de tanto enfriar por horas termina quemando.

Hay quien dice que siempre hay una razón, pero para mí el insomnio es un contramotivo: un silencio ruidoso, una calma inquietante. Todos le hablan a mi cabeza y cuando pienso contestarles, resulta que están dormidos. Sólo hay duendes para charlar. Espuma nocturna.

Y cuando me harto y quiero agarrar a golpes al insomnio, algo hace el muy escurridizo que me agota, me cansa y termino brutalmente exhausto... dormidote en sus brazos.

Friday, December 7, 2007

Otero Mac Kinney


Otero Mac Kinney. Vaya conjunción de palabras mamucas. Primera virtud: mi amigo podría presumir ese par de apellidos y todo mundo creería que es el Nobel de Química. Ahora bien. Cuando a ello le antecede un "Ricardo José" quizá debamos admitir que se devalúe el sentido de rata de laboratorio. Suena más rascuachón, menos newtoniano.

Y nada. Que el propósito de este texto es simple: se busca mujer para mi afable compañero de farras binarias y recalcitrante hincha de Pumas. Aclaro esto para que las interesadas luego no se quejen de que el restaurante para festejar cada mes de noviazgo es el carrito #45 de tacos de canasta de la explanada que da al Palomar, en C.U.

Su parte más femenina es que duerme mucho y su parte más masculina es que admite dormir mucho (si fuera mujer, diría que meramente duerme lo que debe dormir). El candado en su barbita no es semiótico porque ni es hermético ni es barbero. De hecho, suma ya seis años con ese look de espadachín que le hace ver como si viviera tiempo extra, pero la juventud en sus ojos y su voz de chupón hacen que se esfume la madurez aparente. Tiene en un reverso el ser y en el otro el parecer. Ponerle precio a su barba, pues, resultaría una entretenida subasta.

Cuando le pregunté por sus virtudes para promoverlas a las solteras, hizo una mueca. Quizá le pareció injusto el acto de segregación para con las casadas y divorciadas que también buscan jugar tiempos extra o, en su defecto, hacer gambetas con otra camiseta. Hay vegetarianas que de pronto regresan al gusto por la carne, y uno ya las daba por perdidas. Después, parece que reconsideró y me aclaró que la bola negra la llevaban las solteras, bola blanca las divorciadas y bola azul las casadas (estas últimas son casos excepcionales en que los apellidos Longoria o Love Hewitt son aceptados sin importar sus papeletas matrimoniales).

Cuando le pregunté sus medidas (ya que nunca faltan las antropófagas que miden primero el tamaño del muslo que el fósforo que circula por el cerebro del garañón), respondió sereno que de eso no iba a hablar. Reflejo de un ente político que sabe capotear y decir "¿Siguiente pregunta?". Y en cuanto a su rostro... no podría hablar mucho, pero admito que uno lo recuerda y que no es intercambiable con la masa. La cara le alcanza igual para recitar alegremente el Mío Cid que para ser ese inmutable revelador de fotos que atesora la compañía de un foco rojo.

Se habría encumbrado si al ponerlo a prueba con la parte de una mujer que más le atrae no hubiera respondido esta atrocidad: "Déjame pensarlo". Las dominatrix acaban de salirse de la fila de aspirantes.

Finalmente, cuando lo cuestioné sobre sus sectores desfavorables, dejó ver el primer defecto: tardó en contestar. Y luego salió con que "¿Defecto en qué aspecto?". Un narciso. "Mmm, defecto podría ser mi horario de trabajo...". Confirmado: narciso. Sus contras no radican en lo que es, sino en lo que hace. Defectos periféricos, no básicos. "No eres tú, no soy yo, es mi chamba".

Otero Mac Kinney no tiene amuralladas sus ideas y les permite volar distentidas. No ve una aceituna verde sin pensar en un testículo de la rana René ni concibe un América-Chivas sin relacionarlo con un ejemplo de penumbra deportiva. Su cabeza fue una sugerencia y no un mero accidente. Su tono de voz sin matices obstruye toda alteración y su expresión honra al sosiego, haciendo llevadera cualquier época de sufrimiento. Y su mirada es la de un tipo noble que sabe blindar lo que debe protegerse, ya sea por vergüenza de caballero o por pena de enamoradizo.

Un magnífico hidalgo al que le hace falta una magnífica mujer.

Sunday, December 2, 2007

Devotional... la noche 88


"¿Cuál es el concierto de tu vida?". Esto me han preguntado varios amigos al saber que he asistido a muchos recitales producto de la total apertura de nuestra tierra (casi a niveles de promiscuidad) a la invasión de bandas extranjeras que desean escenificar su propia conquista de México.

Lo más especial es que justo hoy mi respuesta cumple 14 años de ser exactamente la misma: el show de Depeche Mode en México, el 2 de diciembre del '93.

A mis 15 años, muy próximo a la ruptura de la adolescencia en la que el cerebro absorbe hasta lo que no es cerebral, mi ubiqué en la sección B2 del Palacio de los Deportes sin saber lo que sucedería en la presentación 88 del "Devotional Tour" ni en qué condiciones aparecería la banda de mis amores. Casi nunca una primera noche con un amante es la mejor, pero aquí sucedió y el "mejor de mis conciertos" aludió a la evanescente sustancia del tiempo con cada nota. Y me hizo vibrar. Y casi a mis 30... aún lo hace.

Cuando las luces se apagaron de golpe (tal como me gusta), vino la estampida de gritos y la cúpula hizo curvos los relámpagos diseñados por Anton Corbijn. Cuatro sombras se pintaron detrás de una cortina gigante que onduló lentamente, como si la empujara el aire de una ventana semiabierta. Dave Gahan, en su versión más autodestructiva que confirmaban sus 51 kilos de peso, un saco plateado y su entonces look de junkie famélico con barba, greña y tatuajes, fue el primero en aparecer para entonar "Higher Love". Su voz estaba cortada por aguijones de heroína, pero era potente. Si alguna vez este rock star fue proclive al suicidio por un pasado o un pasón, esto se dio a lo largo de este agotador tour que duró casi año y medio. Noche a noche era un careo de Dave con la muerte. Sólo había que esperar en qué show "sucedería". Quizá por ello la voz parecía traicionarle durante los ratos bajos de "Condemnation": Hand me my sentence, I'll show no repentance, I'll suffer with pride... Un adicto cínico e indefenso. Si la autoridad hubiese buscado un gran decomiso aquella noche, habría tenido que sacudir fuertemente la garganta de Gahan, y después, separar con cuidado el polvo blanco de las notas doradas.

Por fortuna, su desprendimiento en México no fue fatal. Olvidó en el camerino su deseo de morir e interpretó cada tema como si fuese el último (motivos de tumba tenía). Sudó, gritó y encapsuló a 18 mil huéspedes, logrando que gozáramos un safari colosal en el que todos fuimos a la caza del tigre blanco. El secreto de un gran concierto está en el orden del setlist. Cada que terminaba una tonada y las 11 pantallas se iban a negros, Dave aprovechaba el aplauso para jalar aire, apoyado en sus rodillas. Y al ponerse de pie, pedía más gritos, dando siempre un trago a su cerveza, el afrodisíaco de una muerte excitante... en caso de llegar.

Bien pude usar un alias para no exhibir con gritos flacuchos mi pasión por Depeche, pero no me dio pena. A fin de cuentas, todos ahí pactamos ser una apócrifa versión del prójimo. La más pedestre de mis emociones era extasiarme alrededor de gente con la que no había compartido nada. Coloqué cuádruple signo de admiración a mis emociones y si no brinqué a la primera sección en "Stripped" (mi favorita) fue porque el enrejado era imponente (en el intento hubiera dejado un batidillo de mi ADN). Siempre fui chaparro, pero a mis 15 concursaba por el gnomo de oro.

Tras dos horas fascinantes, llegué a casa con una expresión de saciedad, ataviado con la playera oficial del tour 93-94 que se ha hecho vieja en el cajón, pero en cuya tela aún se lee esa escala en México. Hoy sigo uniendo épocas dispares con aquella inolvidable velada que conserva un perpetuo estado de presente y a la que todavía no puedo bajarle el volumen.

Hay gente a la que no le da tiempo de asistir al concierto de su vida. Yo temprana y extrañamente lo viví y no dejo de volver a él una y otra vez. Una oda a mi catártica vida interior. Un fetiche mental.


SETLIST 02/12/93:
Higher Love - Policy Of Truth - World In My Eyes - Walking In My Shoes - Behind The Wheel - Halo - Stripped - Condemnation - A Question Of Lust - One Caress - Mercy In You - I Feel You - Never Let Me Down Again - Rush - In Your Room

Personal Jesus - Enjoy The Silence

Somebody - Everything Counts

Wednesday, November 21, 2007

Nunca quise


Barragán fue mi enemigo en la Secundaria. Jamás le conecté un jab de zurda porque mi lado mariquete me permitió como máximo romperle la camisa, darle un empujón en el esternón y esperar nervioso a que llegaran mis cuates a separarnos antes de que dizque me lo guameara. Si mis amigos-guaruras no hubieran brindado el auxilio, yo me habría tragado dos molares, tendría una oreja y permanecería soltero gracias a una nariz similar a la del negro Zorullo. De mi virilidad seguro no querría hablar.

El monigote era más alto que yo, mucho más atlético que yo y mucho más feo que yo, aunque su nutrido número de acostones podía hacer cuestionable el último punto. Vivía para joderle la vida a todos y para joderse a todas. En mi caso, me era tan abortable que tuve la osadía de apodarlo "El supositorio". Cuando se enteró, este chiste rectal le causó despertar a diario en estado de combustión y juró por el chamuco que yo no llegaría a viejo, pues en cuestión de días me dejaría con dolores de anciano después de ponerme una patiza que, gracias al Beato Marcelino Champagnat (guardián de las escuelas maristas donde no hay nombres, sino apellidos), jamás se concretó.

Cada miércoles a las 4 PM, para clase de deportes, el Salón 16 del Colegio México esperaba trancazos. Alguna vez se apostaron todos los Doritos de la cooperativa a cambio de atinarle al día en que "El supositorio" y yo nos daríamos el descontón que develaría al mero "pipiripau" de tan morbosa rivalidad. El problema es que éramos súper pussies. Mucho empujoncito, mucho levantón de cuello, mucho "¡Qué güey, cuando tú quieras nos matamos!"... pero nada.

Esto sucedió en los años gloriosos del México, cuando aún no se aceptaban mujeres, cuando podían contarse chistes marranos y cuando el profesor más pulcro en el aula era cómplice de habladurías callejeras en el patio. "Si no mejoras tu boleta en mi clase, al menos sorpréndeme madreándote a Barragán", me decía de modo retador el profesor Gallegos, mejor conocido en el inframundo como "El inmortal", ya que al padecer un problema motriz tenía nulas posibilidades de estirar la pata.

Siendo franco, yo sí le sacaba a "El supositorio" por el historial de víctimas que mi staff de informantes tenía registrado a su cuenta. "No te hagas güey, te va a desfigurar", me advertía el pacífico Resillas, quien cumplía con el apodo de "El 41" que todos los salones de clase, sin excepción, tienen.

El desaguisado más grande que me provocó mi acérrimo enemigo se dio en tercero de Secundaria, cuando se decretó la inédita inscripción de mujeres al Colegio México. Apareció en las listas una damisela buenona a la que se le colocó radar de inmediato y se le apodó "Charalita", ya que todos los tiburones pretendíamos grandes porciones de este pescadito al que le agradó ser el primer motivo de aleteo vivencial del "México mixto". Yo (error) opté por la vía romántica para el ligue, pero mi enemigo aplicó el chacaleo y la doncella aceptó la ruta rápida.

Tuve ganas de hacer pimienta a estos dos cachonditos cuando supe que habían protagonizado un encuentro endocrino en la sala de proyecciones, pero aguanté o -traducción- le saqué a la posibilidad de que, en el intento, este idiota terminara haciéndome calzón chino enfrente de ella (función similar a la de un supositorio). Este recuerdo es la confirmación de que yo no era un buscador de peligros o un aspirante a la eutanasia prematura a través del castigo corporal. Por ende, podría decir que también fue mi primer destello de vanidad.

De vuelta al presente, hace unas horas di con un foro de ex alumnos maristas en el que supe que Barragán, el legendario "Supositorio", el tipo que me amenazaba con hacerme pinole y el larguirucho que siempre fue mi entrañable enemigo, falleció en junio tras un accidente. Por primera vez, el tipo logró conectarme un golpe del que no me he repuesto; tengo los ojos desorbitados, el hígado destrozado y el mentón partido. Algo sangra. A mi cabeza ha vuelto aquella frase suya de "¡Qué güey, cuando tú quieras nos matamos!".

Y hoy me doy cuenta de que no quiero. Nunca quise.

Thursday, November 15, 2007

Cinco odios y un agrado


Hace seis meses recibí de mi buen amigo Miguel "Barbitas de espadachín" Briseño una invitación para exponer un puntuario que se denomina "Cinco odios y un agrado". Aunque tardé un poquitín, cumplo finalmente con la misión y pongo mis seis incisos:

- ODIO al naco que quiere hacerse pasar por fresa. Porque si bien entiendo que todos los fresas tienen su lado naco, no todos los nacos tienen un cariz popis. Esto se relaciona con los wannabe's o con los que quieren ser como otros del modo que sea. Ser un estafador frustrado de personalidades es patético. Y peor aún... no darse cuenta.

- ODIO el insomnio monotemático. Con esto me refiero a la noche en que uno no puede dormir de corrido porque acaba de soñar con algo muy específico y que se queda estático (como una página trabada en la compu). Regresa la siesta y despierta de nuevo con el mismo tema en mente. Ya por ahí de las 4 AM uno empieza a desesperarse y a buscar leer un libro o prender la tele para que esas mugres imágenes se esfumen de una buena vez de la cabeza. Y ni así.

- ODIO que una mujer se escote y luego tache de "asqueroso", "gato" o "libidinoso" al tipo que se le queda viendo a las gemelitas. Dudo de las que dicen que lo hacen para sí mismas, porque no le veo explicación razonable que no tenga que ver con ego (que obsequia el sexo opuesto). Si vas a enseñar, enseña también que asumes el costo de dicha "puesta en escena". Quienes salen con que lo hacen por comodidad, mienten. En ese caso, cualquier cosa a medias... incomoda.

- ODIO todo lo que le puedan poner a un chocolate. Me fascina la mentada barrita café, pero sin que contenga almendras, avellanas, cacahuates o todo lo que pueda modificar el sabor original de la golosina. Tampoco me gustan las nueces y, mucho menos, las pasas.

- ODIO a Bono y, en gran parte, a U2. Sé que voy contra la mitad del planeta, pero me vale tres cacahuates. Su música no me emociona en lo más mínimo y, en cuanto al irlandesete que tienen por vocalista, se me hace el tipo más demagogo (y populista) del espectáculo. Hace dos años sus propios compañeros de la banda (especialmente The Edge) admitieron que su líder había tomado como rehén a la banda para abanderar causas sociales ruidosas, pero muy poco efectivas, además de perderse en algo que lo único que ha hecho es acrecentar su ego. No lo dije yo.

- Y como AGRADO, existen miles, pero seleccioné una curiosidad que no tiene que ver con mi conocida afición por las boobies. Amo el momento en que, cuando uno está pajareando, platique y platique y comprando papitas y chelas, viene de pronto el apagón que anuncia que el concierto va a empezar. Repito, sólo aplica en los apagones bruscos, porque luego hay otros en los que la luz desciende poco a poco como para dar chance de que todos vayan tomando su lugar. Nada como que sea de golpe, nada como la sorpresa que siempre va acompañada de un alarido brutal de la manada en la arena o el estadio. Escalofriante y maravilloso. Cada que sucede, me pongo loco.

Tuesday, November 13, 2007

Dos mudos en Piccadilly


Nos sentamos uno junto al otro en la fuente de Piccadilly Circus... y guardamos silencio. Vimos que la brisa nos salpicaba y recorrimos unos metros a la derecha. Tomamos asiento... y de nuevo guardamos silencio.

Hermanos durante casi 20 años y sin algo qué decir en nuestra última noche en Londres. Maldita pena de familia, maldito miedo a la "soledad de dos" y a asumir la hermandad con todas sus letras. Parecía preferible evadirnos con el bullicio y con la gente que al pasar y pasar siempre sirve para distraer y vulnerar el más elemental sentido de profundidad. Para que la franqueza se esfume basta la fuerza magnética del mundo exterior. Ese movimiento atroz que llena de nada.

Por algún motivo, en esta última noche que pasaríamos mi familia y yo en Inglaterra a mitad del año, fui por Alex a su cuarto de hotel para salir y, así, contar con un cómplice de nostalgias, las que siempre y sin excepción florecen en el extranjero. Quise cocinar una velada especial junto a mi hermano y comernos Londres de un mordisco; quise planear una charla ajena, en un sitio ajeno y bajo una noche ajena a nuestro pasado de indiferencia.

Pero ya en Piccadilly, el ruido de la fuente era más que nosotros. Parecíamos estatuillas que no se miraban por temor a decirse algo con la mirada que pudiese derivar en un legítimo testimonio de sinceridad. Aún con tanto qué decir por otro tanto que nos callamos durante años, seguíamos en silencio y elucubrando con el interior del otro. Mientras yo le atribuía un dejo de vergüenza infantil que le impedía expresarse, él me traducía como el hermano mayor que, por simple cronología, debía hablar primero. Surcábamos las entrañas, pero ninguno mostraba destellos fuera de parpadeos insolubles y soplidos mecánicos.

Yo quería decirle cuánto cariño mudo le he profesado desde que a mis 10 años cargué al bebé que ahora era un flacucho joven sentado a mi lado, pero sólo alimenté mi ansiedad con un taloneo que me hacía fingir frío y sentirme inútil. Fui aún más hipócrita cuando lo conminé a sacar la cámara fotográfica para ser más turistas y menos hermanos. Él, fiel a mi ejemplo de evasor del interior, empezó a disparar y a atrapar instantes con cada descarga. Así logramos una noche más difusa, más fría. Si acaso las fotos salieron bien.

Lo único distinto era que, por vez primera, los hermanos estábamos cerca. Bloqueados y borrosos, pero cerca. Esta noche se colgaba de miles de noches pasadas que se atoraban en las laringes de dos mudos con voz. Y nuestra lengua pendía de un presente que lo único que tenía de presente es que no se sentía en ese momento. Paradoja del tiempo.

Deseaba confesarle a Alex cuánto lo extrañaré, cuánta ausencia me abrazará y cuántos pedazos de carencia me caerán encima cuando se marche en definitiva a Europa, anhelo suyo de ayer, de hoy y de aquí hasta que suceda. Quería llenar sus orejas con las palabras correctas para que supiera que siempre lo abrazo sin besos porque mi pena me domina, y que nunca le siembro una caricia porque vivo equivocado, creyendo que un coscorrón me auxiliará en mi afán de esconder cursilerías.

Una noche de melancolía sugerida en Londres, en la que al menos pudimos escuchar lo que nunca dijimos. Una pizca de nostalgia que no se basó en lo que callamos, sino en lo que fuimos entonces... uno junto al otro.

Una hora tras la cual dejamos la esquina de Piccadilly vacíos de palabras, pero saciados por alguna extraña comida londinense que consumimos de un mordisco y de la cual, por desgracia, no tenemos foto.

Wednesday, November 7, 2007

Mi amigo más baboso


Hoy le festejo 10 años de ladridos al mejor y más baboso de mis amigos.

Como toda acta de nacimiento, el que yo haya creído que nació el 7 de noviembre de 1997 es cuestión de fe, pero lo verdaderamente significativo es que Joshua siempre ha estado ahí, salivando estoico a mi lado, agradecido por la comida y muy poco medido al conocer a mi gente (a algunos ha querido arrancarles el brazo, aunque sin mala intención).

Mi ex novia me lo regaló en aquella víspera de Navidad y a la fecha sigo gozándolo como la primera vez. Con los años ha sido más una vivencia que un regalito shalalalesco. Joshua, como buen animalito, ha permanecido noble, fiel, juguetón e incondicional. Tal vez yo le haya fallado en algunas tardes, pero él ha perdonado mis olvidos y crueldades con un fuerte lengüetazo que, si fuese crema, sería suficiente para afeitarme. La baba ha sido su abrazo y su mirada amielada el beso fraternal que nunca podrá darme.

No está educado, pero jamás lo ha necesitado (no aceptaré mi culpa enquistada en su pésima educación). Si bien no saluda con un pase redondo de cola a los caballeros o con una grácil gaonera a las damas que quieren chiquearlo, su ímpetu y energía me bastan. Que nadie le acerque el dedito porque tiene algo de alburero: ve salchichas en lugar de dedos. Más mexicano no se puede. Menos natural no lo querría como lo hago.

Joshua ha inyectado vida tanto en los años felices como en los momentos negros de la casa, cuando ésta era hogar. En la colonia empezaron a conocer a mi padre no sólo como magistral banquero, sino como un distinguido esquiador de asfalto que tenía a este lindo perrazo como lancha. Si uno los veía paseando, siempre podía encontrarse a mi viejo mirando al cielo, no sé si por los jalones del cachorrito o porque se encomendaba a Dios para aquel momento que pudiese ser el del fatídico desnuque. Mi padre dejaba más pelo en la calle que el perro.

Y con mi madre... ni decirlo. Su divorcio fue el hueso que Joshua lamió y lamió, tarde tras tarde, hasta que la herida empezó a menguar. "Cuando Joshua me falte, no sé qué voy a hacer", repetía ella con tanta razón que a la fecha no sé cómo fregados le haré para ladrar como mi amado cuatro patas lo ha hecho en los años en que la casa dejó de ser nido. Varios nos marchamos, pero él se mantiene ahí, mirando desde afuera la ventana de mi madre y parando las orejas cuando alguien mueve la bolsa de croquetas. Aún así, sigue siendo más atractivo el ruido del refrigerador; señal de que se acercan las salchichas de pavo que mi madre le obsequia muy a pesar del veterinario. Mamá de tres que se volvió de cuatro.

Mi gran amigo cumple una década y a esta hora sigue sin reclamar las noches de lluvia en que me fui de antro sin acomodar su casita para que pudiese refugiarse. También sigue sin pedir perdón por arrancar los frenos a aquella camioneta que mi padre compró, episodio tras el cual ordenó se le colocara una reja al patio para evitar más fechorías del cachorrito (la primera cosa que hizo el cuadrúpedo al ingresar a ese espacio enrejado fue escabullirse entre el quinto y sexto barrote, lo que puso morado el rostro de mi padre e hizo que considerara poner su cabeza en una tómbola organizada por vecinos frustrados y dueños de casa inoperantes).

Y mi hermana.... vive en paz. No hay rencor ni sed de venganza de mi perrito hacia ella, aun cuando fungió como patrocinadora oficial del único planchazo vía automóvil que le han propinado a este babosito. "¡¡¡Luis, ven a ver cómo Joshua puede andar en la calle sin cadena!!!", fue el grito salpicado de emoción de Lawrence segundos antes de que mi amigo también salpicara, pero con sangre y chillidos, el pavimento. Siempre nos pidió ir por sus huesitos; ahora lo hacíamos auténticamente.

Por fortuna la catástrofe tuvo un después y aquí estamos, caminando juntos por el mundo y, esperamos, orinando arbolitos por mucho tiempo más. Felicidades, Josh. Si te toca primero, prometo enterrarte, pero si yo la estiro antes, sé buen perro y, por una vez en la vida, pórtate bien y no escarbes.