Monday, March 31, 2008

La cuchara filipina


Recuerdo que, al abandonar la cancha, mi papá me recibió con un abrazo entrañable y achaparrado (mi estatura era indivisible). No era para menos. De los 6 años que le invirtió a mi educación futbolera en la escuelita del Club América, éste fue el único en que salimos campeones.

Nuestro equipo se llamaba Titanes, a las órdenes del temible Aguayo y nuestro uniforme era horripilante: verde con un blanco funesto (como el de la crema Los Volcanes). Sin afán de presunción, éramos un trabuco y, en mi caso, gozaba por vez primera de un entorno privilegiado, con Paco que desbordaba como ratero, con Carlo que le pegaba como la primera bala de un batallón de fusilamiento y con Hugo que dirigía a todos como el pez más orientado del cardumen. Montero en la zaga era garantía, Juan Jorge era el equivalente a Beckham (posaba más y evitaba que el equipo fuera llamado "el de los morenitos"), y yo era volante por izquierda.

Pero en este universo de 16 "titánicos", había un compadre de pata flaca, callado, tímido y con el cuerpo más parecido a un flamingo, además de tener los ojos estirados de un filipino. No recuerdo su nombre, pero era la burla de todos. Corría con tal esfuerzo que parecía trotar en agua. Para dar un paso, primero corría el riesgo de que la rodilla le pegara en la barbilla. Por todo esto, Aguayo lo metía los 15 minutos que marcaba como mínimo el reglamento.

Con todo y "Filipino", quien era como la Groenlandia del equipo, nuestro torneo fue impresionante. Ganamos 10 y perdimos uno. Entramos a Liguilla y en la Final debimos enfrentar a Astros, un cuadro cuya combinación en el uniforme también era lastimosa: naranja con negro. Así pues, todo se pactó para un sábado a las 7 AM. Duelazo. Momentos antes del silbatazo, Aguayo nos hablaba como perro rabioso. Nos dijo que nuestro éxito en la vida dependía de los siguientes 70 minutos (años después comprendí que la vida se puede perder en lo que uno reclama un fuera de lugar).

Empezó la guerra bajo un inclemente frío, y mientras pensábamos en las apocalípticas advertencias de nuestro entrenador (quien por cierto parecía vendedor de choripanes), el rival nos madrugó con un disparo que todavía recuerdo como el más maravillosamente doloroso. Hasta me dieron ganas de ir al baño, así que empecé a trotar con las rodillas pegadas. En el medio tiempo brindé desahogo a mi esfínter y, ya fresquito, regresé al campo con dos litros de leche Alpura menos ("no puedes irte a jugar sin un vaso de leche en el estómago"). Mi madre, cómo la quiero.

En el segundo tiempo, "Filipino" seguía dormido en la banca y todo se reducía a: 1) perder con el 1-0 en ese momento, o 2) caer por default por no meter al flacucho durante los 15 minutos reglamentarios. Por fortuna, nuestros enemigos volvieron a la cancha pajareando y en menos de cinco minutos les llenamos de tomate su portería. Carlo y Hugo, con dos golazos, nos dieron ventaja. Pero la historia señala que a los troyanos los agarraron dormidos, a los romanos fornicando y a los nosotros festejando antes de tiempo. Un rival tomó la pelota y usó la cancha como pista de hielo hasta dejar el balón en las redes.

Llegó el tiempo extra y, ni modo, a meter a "Filipino". Juan Jorge fue el sacrificado y quien seguramente pensó que no valía la pena seguir viviendo. ¿Cuál era la táctica con el recién ingresado? La obvia: "Vas de cazagoles, no se te ocurra bajar de la media cancha, vas arriba". Traducción: "Lo más lejos que estés de un autogol, mejor".

Sentimos que jugábamos con uno menos, sentimos que éramos cucharas contra un ejército de tenedores. Pese al 2-2, salimos como derrotados. Por supuesto, nos apedrearon el rancho y los postes rebotaron las esperanzas de Astros. Y de pronto.... entre la pierna de un verde/crema y el muslo de un naranja/negro... se escapó un rebote justo a los pies de "Filipino". El balón botando semilento y acercándose a la guarida del portero rival. Nadie frente a él, no hay fuera de lugar, todo para anotar el del campeonato.

El tipo empieza a correr cual largo es, casi se fractura la barbilla con las rodillas y, ante la salida del portero, mete el empeine perfectamente mal. El balón hace un extraño en su zapato y se da lo que técnicamente se conoce como "cucharón". El esférico vuela, le pega a San Pedro en la barba y vuelve a tierra para entrar botando al arco enemigo. Desde los tiempos de Cristo, nunca veneramos tanto una "parábola".

Al abandonar la cancha, mi papá me recibió con un abrazo entrañable y achaparrado. No era para menos. De los 6 años que le invirtió a mi educación futbolera en la escuelita del Club América, éste fue el único en el que aprendí que para ser el mejor equipo se necesita tenerlo todo, incluso a un tipo malísimo que tenga una cuchara en el pie y que pique como tenedor.

Monday, March 24, 2008

1983


Uno de los grandes recuerdos en mis casi 30 años le pertenece a mi abuelo y a la vez se liga con una faceta desconocida de la niñez: yo fui director de orquesta a los 5 años.

El concierto constaba de dos piezas de tres minutos cada una y fue organziado por el glorioso Jardín de Niños Sol, mi primera escuela. No sé a quién se le ocurrió distinguirme del resto de mis amiguitos para manejar la batuta desde lo alto de un banquito, pero desde días antes mis padres, en su versión de casados, se encargaron de comprarme el mejor gel y un esmoquin impecable para convertirme, por vez primera, en pingüino.

Lo que a continuación se escribe fue sacado del testimonio de ciertos evangelistas de la familia, pues es obvio que mis recuerdos de 1983 son vagos.

Al llegar el día del recital, mis padres me tomaron una fotografía (ya ataviado con el traje y el moño) en nuestro entonces departamento. La amarillenta copia de esa imagen duerme en uno de los cuadros con que mi madre decoró la pared que da a su recámara, y forma parte del tesoro de una familia que, sin estar, sigue siendo.

Tomada la foto, partimos en el VW naranja de mi padre rumbo a una calle junto a un parque, donde se levantaba imponente mi jardín de niños. Años después, esa estructura de colores equivaldría al tamaño de un aula magna de mi universidad. Signo del abatimiento de "los años viejos" y del éxito de mi padre en beneficio de nosotros, sus hijos.

Llegamos al kínder y me despedí momentáneamente de mis padres, consciente de que en nuestro próximo encuentro los miraría desde lo alto de un banquito de 30 centímetros, en el centro de una rueda de pequeños músicos y empuñando la batuta al estilo de Luis Herrera de la Fuente, director predilecto de mi papá.

Cumplida la hora, salí a escena e hice la caravana a los cuatro puntos cardinales que la maestra me encargó una y otra vez. Además de mis antecesores, mis abuelas Esther y Carmela, mi hermana Lawrence, mi tía Laura, mi abuelo Ramón (el mejor peinado que he visto en mi vida) y mi tío Ernesto, entre otros familiares, aplaudieron con ese ahínco con el que al aludido se le acumula el nerviosismo.

Hay instantes en la vida cuyo grado de perfección es tal que sólo están destinados a la catástrofe y fue justo esa dimensión de ironía la que me hizo dar un manotazo al aire en la segunda pieza y sufrir un desbalance. Al momento de decidir con qué parte del cuerpo caer, preferí salvar la nariz y me fui hacia atrás. La nuca primero, luego las piernas, finalmente... la mofa.

Lo seco del golpe ayudó a evitar la humedad del llanto, y así me disfracé de valiente adolorido (los evangelistas cuentan que no hice mueca alguna). Esos segundos de rodillas parecen ser eternos y uno desea ser un trozo de pavimento y no brotar otra vez, pero entonces sentí un jalón en el brazo derecho y ahí estaba él. No sé cómo, pero mi abuelo Ramón, al tiempo que me puso en pie, lanzó a todos una mirada suficiente para que cesaran las risas. Sin dejar de amenazar a la multitud con las pupilas, acomodó el banquito y me ayudó a subir en él. Mi único recuerdo firme de aquella tarde es lo que me dijo: "Ya estás arriba; empieza otra vez".

Cinco años después del recital, mi abuelo fue operado sin éxito por un cáncer de colon y los evangelistas que lo acompañaron en la última noche aseguran que ni siquiera en la cama de muerte perdió los surcos precisos de su peinado. Al parecer, tenía dominados los momentos difíciles, especialmente aquellos en los que uno se derrumba en medio de una multitud, ya fuera sobre un banquito en un concierto para niños... o bajo las sábanas en la última noche de su vida.

Monday, March 17, 2008

Lado B (parte 2)


La música no siempre expresa todo.

2 Minutes To Midnight - Iron Maiden
Este track de Iron Maiden es una referencia al "Doomsday Clock" (Reloj del Apocalipsis), un símbolo del peligro nuclear creado por la Asociación de Científicos Nucleares Norteamericanos en 1947, con el plano mundial y dos agujas manipulables.
La manecilla de las horas está fija en las 12, y el minutero se ha movido en 19 ocasiones a lo largo de la historia, dependiendo de la cercanía a un choque nuclear (la media noche).
El momento más crítico se dio en septiembre de 1953, cuando estadounidenses y soviéticos probaron la bomba de hidrógeno. La canción habla justo de aquel tiempo, en que el reloj llegó a las 11:58.
La última vez que se modificó la hora fue enero de 2007, cuando se marcaron las 11:55.
En la portada del single aparece la mascota de Maiden, "Eddie", y al fondo un estallido nuclear, decorado por las banderas de países como Irak, Israel, Estados Unidos, Cuba y la extinta URSS.
El embajador estadounidense en Iraq, Ryan Crocker, dijo tener en su oficina un poster del álbum "Powerslave" (en el que se incluye este tema).

(White Man) In Hammersmith Palais - The Clash
"Podría morir oyendo esta canción".
Esta declaración de Joe Strummer, líder de The Clash, a la prensa británica en julio de 1978, correspondía al corte "(White Man) In Hammersmith Palais".
La letra y el título refieren a un concierto en el Hammersmith Palais, de Londres, al que Strummer asistió como "hombre blanco en medio de una masa de raza negra" y que rindió culto aquella noche a Delroy Wilson, Dillinger y Leroy Smart, virtuosos del ska y del reggae.
El tema permaneció como uno de los preferidos de Strummer al grado de que, tras la ruptura de The Clash, él siguió interpretándolo con su nuevo grupo: The Mescaleros.
El 22 de diciembre de 2002, Strummer falleció repentinamente en su casa de Broomfield a causa de una falla cardíaca congénita no diagnosticada.
24 años después de aquella declaración premonitoria sobre su "muerte ideal", los acordes de "(White Man) in Hammersmith Palais" se escucharon en el funeral de Joe, siendo la única canción de The Clash que le rindió tributo mientras bajaban su ataúd.

The Lovecats - The Cure
En noviembre de 1982 Robert Smith declaró que si una canción de The Cure alcanzaba el primer lugar del chart británico, en ese instante disolvería la banda. Casi un año después, "The Lovecats" vio la luz y trepó la escalinata musical hasta detenerse en el segundo peldaño.
Si bien cumplió su palabra y permitió que la agrupación siguiera adelante, la aproximación de la canción al sitio de honor hizo que Smith entrara en crisis y se enrolara en otra banda con la cual simpatizaba: Siouxsie & The Banshees.
Mientras el tema invadía la radio en la Navidad de 1983 y se consolidaba como el corte más laureado de The Cure hasta entonces, Smith salía de gira con esa banda alterna y consumía una masiva cantidad de hongos.
Por ello, no resultó sorpresivo el video de "The Lovecats". Inspirado justamente en su etapa más "alucinógena", Robert fingió estar interesado en una casa en Hampstead, con el único objetivo de grabar ahí el video. Así, logró que el vendedor de bienes raíces le permitiera pasar una noche en esa morada. El resto de The Cure arribó horas después y, al final, las imágenes quedaron a la medida para ser editadas.
Robert entregó las llaves al día siguiente, argumentando que no tenía dinero suficiente para comprar la casa.
Casi 25 años después, "The Lovecats" no figura ya como el tema más importante en la carrera de The Cure, pero se mantiene en la memoria de Smith como el motivo por el que la agrupación casi se desintegra, según una entrevista en 2004: "'The Lovecats' fue lo más cercano que logramos acercarnos a la canción pop perfecta. Qué horror".

Fade To Black - Metallica
Metallica siempre ha vivido con una realidad particular: en los conciertos muchos fans toman asiento cuando se interpreta una "balada".
Y "Fade To Black", un corte de 1984 que habla del suicidio de un hombre, es tachada por algunos de ellos al considerarla la primer balada en la historia de Metallica.
El baterista Lars Ulrich le dijo hace tres años a MTV que cuando fue escrita esta letra en los estudios Sweet Silence de Copenhague, él y el vocalista James Hetfield pensaban solamente en la muerte. Y el motivo era simple: en enero de aquel 1984 les fue robado en Boston casi todo su equipo musical, incluido un amplificador que recibió James de parte de su madre, poco antes de que ésta falleciera.
Dos particularidades más están conectadas con esta canción: "Fade To Black" fue lo último que tocó el bajista Jason Newsted con la banda (el 30 de noviembre de 2000) y también fue la canción en cuya interpretación Hetfield sufrió un accidente pirotécnico en un show en el Estadio Olímpico de Montreal, en 1992. Por fortuna, su brazo sólo sufrió quemaduras de segundo y tercer grado.

Lo dicho: la música no siempre expresa todo.

Tuesday, March 11, 2008

Estocolmo


Telegrama:

Cuchillo entre los dientes. Secuestrado. Cautivo por 3 años y 3 meses. No pido rescate. Manifiesto dicha. Síndrome Estocolmo. Pasado necesario, presente en plenitud. Morir aquí. Clave al momento... movimiento, mucho movimiento. Objetivo: matar costumbre. Noviazgo con firma. Bendecido. Agradecido. Algo me dieron a beber. Estoy mareado, mareado, mareado.

Tuesday, March 4, 2008

Llamada perdida


Viernes. Nariz espigada, ojos miel y en el hombro derecho la marca de una vacuna que no cicatrizó bien. Es alta y atractiva, pero alguna pena se le escapa por los ojos como preso que saca los brazos entre los barrotes de su cárcel. Su llanto es inconstante. Se fuerza, se relaja, respira fuerte, se limpia los ojos. Con el índice se borra una lágrima y por rachas de tres segundos llora a mares. La dicha de su pasado es cien veces menor que el infierno de su presente. Quien es feliz creyéndose incombustible, de pronto es cuerpo en llamas. El amor es flamable.

El parque es grande y, sin embargo, un movimiento me delataría y esta mujer sabrá que espío su desgracia. Es veterana, debe contar 40. Luce un escote ligero cortesía del segundo botón que no quiso alinearse. Suena el celular y lo mira sin parpadear. No contesta y muere el sonido al sexto tono. Abre el aparato y acaricia la pantalla en la que aparece la llamada perdida. Con el pulgar limpia la grasa que ha dejado el oído, pero no limpia el alma. Desde que Dios inventó el dolor, unos lo sofocan como merolicos y otros le rinden tributo con el apretón de un nudo estomacal.

Este sufrir es violento, es de los que no permiten hablar. Amordaza la voz. Por algo menor, ella estaría con amigas en una de esas jornadas de café en las que el motivo de despedida viene cuando los meseros colocan sillas sobre las comensales. Si estuviera en casa, quizá se sentaría en la ducha mientras el agua caliente cae fría. Entiendo a esta desconocida. Su pena nos une. Yo fui ella alguna vez y cuando morí y me hicieron la necropsia me encontraron altas dosis de lágrimas por culpa del sexo opuesto, así como un derrame de ideas inconclusas, hemorragias derivadas de mis temores y añoranzas enquistadas. De eso se compone, la mayoría de las veces, el desamor.

Retumba otra vez el celular. Lo mira y deja que el brazo con el que lo sostiene caiga con la fuerza de un ahorcado. Los tonos muerden hasta que el sonido deja de ladrar. Nada por decir. La pasión requiere un mínimo mástil de anhelo, pero aquí el deseo es no desear ya.

Hay sufrimientos que se fingen, pero los auténticos, como éste, son los que se viven sin testigos. Fantasmas como yo no somos compañía. Aquí soy otro árbol y hago lo que hacen ellos: observar y callar.

Hoy vine a comer al parque y me empaché de su llanto. Algún día comemos unos, algún día nos comen otros, algún día por más que masticamos lágrimas, no digerimos desgracias. Hay atardeceres en los que uno envejece más, vacunas que nunca cicatrizan y engaños que, paradójicamente, resultan ser las únicas verdades.

El diablo es el único al que no le faltan sustitutos.... cuando sale de vacaciones.

Tuesday, February 26, 2008

La campeona en 'quemados'


Tres cosas puedo decir de mi hermana: le gusta al 80 por ciento de mis amigos, cree que todos los peinados le quedan bien y siempre está ocupada en y por la familia.

De niño, jamás visualicé a mi hermana como mamá, y hoy no la visualizo de otra manera. Está anclada a su pequeña, dígase mi sobrina Reni, a quien considero la adolescente más pequeña del mundo con sus 5 años de edad y su profunda predilección por la ropa en detrimento de cualquier juguete.

Esta noche, poco después de las 10, se habrán cumplido 32 años de ser la morenaza, la risueña, la mamá-hermana, 32 años de no tener boobies y de ser "la mayor" de los hermanos. Y no sólo porque su semblante la haga parecer nuestra tía (varios me creen cuando saco ese chiste), sino por la mezcla de responsabilidad y pulcritud con las que maneja cada problema. A eso le agrega unas gotitas de sentimiento y un poco de drama. Pero la entiendo. Si no fuese así, los hermanos pareceríamos atracciones de museo, con una capacidad singular para no expresar. Mi hermana Lawrence, para eso y para creer que canta bien, se pinta sola.

Otra virtud de la cumpleañera es la de valerse de un extraño tono afresado para dirigirse a mis amigos: "Hola niñooooaaaa....". Ignoro si con ese arqueamiento de acento y ese caderazo de voz pretende dejarnos a los otros hermanos como los zapotes mixtecos de la familia. Ahora resulta que muy popis, ¿no? Pero valga aclarar que esta mujer de la espalda recta, irreductible y a veces hasta elegante no lucía erguida cuando jugábamos "quemados" en la calle de San Gabriel, allá por 1988. La gracia de mi hermana en su versión niña le alcanzaba entonces para ser la única de la bola de amigos que ofrecía rodillas ensangrentadas y raspones en el mentón a cambio de no ser tocada por los pelotazos y, en consecuencia, ser "quemada". Cuando alguien iba a lanzarle la pelota, ella echaba brazos atrás para agarrar impulso y, tres segundos después, volaba por los aires para finalmente quedar depositada en a) el cemento aceitoso de la casa del vecino mecánico, o b) la defensa del Spirit azul de otro vecino que nunca supo a quién pertenecía el cachete marcado en sus fierros. No era cachetada, era cachetazo. Y lo peor es que nunca la reconocimos como la campeona en "quemados".

Flaca siempre ha sido. Es mamá y le resulta anecdótica la idea de que una mujer nunca recupera su peso después de pujar por última vez para parir al chamaco. Lo más gordo que tiene es la convicción de que a todo mundo se le debe enseñar a ser mejor. Si pudiese, iría al infierno a leer el evangelio, y no por mocha, sino por terca y contreras.

Siempre fue tan recta que, mientras yo negociaba con el cartero para que no llegaran las calificaciones a casa, ella claudicaba en la fechoría y terminaba confesando a mi padre su 5 en historia, con su consecuente mes de castigo. Nada le dolía tanto como no poder salir a la calle a eludir pelotazos y ensangrentarse las rodillas.

Y en cuanto a hombres, desde muy chica la vi reír y llorar por Alfredo, un amigo de esa calle de San Gabriel que solía presumir sus pantalones arremangados y un copete tan largo que podía morder. Con esta escena, aquel compadre volvía loca a mi hermana. Greña larga en el frente y el rape a los lados. Resultado: mi hermana nacía a la vida hormonal.

Y fue el mismo Alfredo el hombre que le provocó el primer gran llanto intersexual a Lawrence. Mi padre nos avisó. Creo que fue sábado. Salimos a la calle corriendo y vimos una ambulancia que se dirigía a la clínica 32. Diez minutos antes, un hematoma se le había empezado a dibujar a Alfredo en la cabeza porque 12 minutos antes, jugando, se había trepado en el cofre del carro de su primo y, en una vuelta, se había resbalado, dejando caer su cabeza exactamente en el filo de la banqueta. En enero de 1989, escuché por vez primera a mi hermana llorar a mares por alguien, quien por desgracia falleció aquella tarde.

Hoy, la mujer que a las 10 llegará a 32 años, sigue llorando por sus seres amados. Y por esas lágrimas que nos dedica a menudo, hoy le ofrezco reconocerla por primera vez en la vida como la gran campeona en "quemados".

Tuesday, February 12, 2008

Lado B


La música no siempre expresa todo.

Enola Gay - OMD
"It's 8:15, and that's the time that it's always been. We got your message on the radio, conditions normal and you're coming home. Enola Gay... is mother proud of 'little boy' today. This kiss you give, it's never ever gonna fade away".
Quien haya bailado este movido tema de OMD dirá que es algo totalmente entusiasta. Pero la letra tiene otro cariz: el "Enola Gay" fue en realidad el bombardero B-29 que dejó caer la bomba atómica ('Little Boy') sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Fue, como dice la letra, a las 8:15 de la mañana y ese beso prolongado sigue sin borrarse... 62 años después.

Shine On You Crazy Diamond - Pink Floyd
Mientras el grupo grababa este tema en 1974 para el album "Wish You Were Here", un hombre gordo, rapado y con cejas afeitadas, vestido de blanco y con una bolsa de plástico en las manos, entró a los estudios Abbey Road. Ningún integrante de Pink Floyd reconoció al intruso cuando éste tomó asiento frente a ellos. Así pasaron varios minutos, hasta que el tecladista Rick Wright se percató de que el extraño era Syd Barrett, fundador de la banda, quien por problemas mentales había salido de la agrupación seis años antes, desapareciendo por completo. "He comido muchas chuletas de cerdo", susurró el regordete Barrett, mientras detrás de la consola Roger Waters rompía en llanto.
Al preguntarle sobre la melodía, Syd opinó que sonaba vieja. Después se levantó de la silla y partió. Fue la última vez que la banda vio a su amigo.
Curiosamente, "Shine On You Crazy Diamond" fue compuesta como tributo a Barrett, e incluso en aquellas sesiones la banda se refería a la pieza como "Syd's theme".

The Drugs Don't Work - The Verve
En septiembre de 1997 esta canción llegó a la cima del chart británico, fue elogiada alrededor del mundo y muchos fanáticos creyeron que The Verve buscaba ayudar a la juventud argumentando que las drogas eran dañinas. Pero Richard Ashcroft, compositor y líder de la banda, nunca pretendió esto. El estribillo "The drugs don't work, they just make you worse..." había sido inspirado en los momentos en que su padre padecía cáncer y Ashcroft, postrado a los pies de la cama, pronunciaba desesperado una y otra vez que los medicamentos no hacían efecto.
Pese a los esfuerzos, el padre de Richard murió poco antes de que The Verve despuntara como una de las grandes bandas de Gran Bretaña.

Agent Orange - Depeche Mode
Más allá de ser una refinada melodía de piano del disco "Music For The Masses", "Agent Orange" es el nombre de un arma química en estado gaseoso, empleada en Vietnam entre 1962 y 1971 por fuerzas estadounidenses y que dejó una estela de malformaciones en las generaciones posteriores.
Cuando parece que ha terminado esta melodía, se pueden escuchar una serie de ruidos. Se trata de un mensaje en clave morse cuya traducción es: "If anybody can hear this, please help me!".

What's The Frequency, Kenneth? - R.E.M.
El bizarro título de aquel primer sencillo del álbum "Monster" es simplemente la pregunta que un delincuente llamado William Tagger le hizo en repetidas ocasiones al comunicador de la CBS, Dan Rather, mientras lo asaltaba en 1986 sobre Park Avenue, en Nueva York. La frase era "Kenneth, what is the frequency?".
Años después, Tagger declaró que provenía de un universo 200 años más adelantado a nuestro tiempo. Según él, todos en el futuro tenemos un doble y había confundido a Rather por su futuro doble, el vicepresidente Kenneth Burroughs. Argumentó haberlo atacado en un intento desesperado por recuperar información para detener señales televisivas mandadas a su cerebro, con el fin de enviarlo de regreso a su tiempo.

Gods Of War - Def Leppard
"Today we have done what we had to do... He counted on America to be passive, he counted wrong", es la frase que se escucha durante el último minuto de este tema. Es la voz de Ronald Reagan durante su discurso presidencial del 14 de abril de 1986, en el cual justifica ante la nación un ataque aéreo sobre Libia. Durante esos momentos finales de la tonada se escucha el sampleo de dichos bombardeos.

Lo dicho: la música no siempre expresa todo.

Tuesday, February 5, 2008

Los 'lindos'


Una frase femenina como "Es bien lindo" está usualmente acompañada de otra más incómoda: "Yo no andaría con él, pero es un gran ser humano".

La tesis es simple: los "lindos" son para la amistad eterna. No existe posibilidad de romance con determinadas féminas. Ser "lindo" es la tumba del flirteo y la antítesis del éxito de los chacales, la pandilla opuesta. Si el universo está hecho de equilibrios, uno de ellos lo conforman el "lindo" y el "chacal". Y las mujeres (primeras en desechar la extrema melosidad) tienden a dar el "sí" al segundo, si no es que ya les fue robado un beso, con todo y jaloncito. Hay chacales que enamoran con música de Perales y "lindos" que ni con entradas en primera fila para el Bolshoi.

El 90% de los "lindos" viven silenciosamente enamorados de alguna amiga. No pasan de ser brisa. Son como el chipi chipi. No hay relámpagos, no hay truenos ni acercamientos sísmicos. El "lindo" es atesorado por la damisela, pero que no compite con el galán o el chacal. Porque ella, mientras con el chacal busca motivos, con el "lindo" busca excusas.

Ser esta especie de osito de peluche de una mujer es la resulta de alguien que está cerca, pero no como pretende. Esos ositos están acostadotes en la cama, pero son inmóviles. No por nada son los primeros en salir volando cuando llega la susodicha (con su galán respectivo) a darle vigor al colchón. El osito, aunque presencial, termina siendo ornamental. Su enamoramiento es como la existencia del vikingo: a la deriva, mirando a lo lejos y sin tocar tierra firme. Romance-ficción. Le usurpan lo que siempre y nunca ha sido suyo.

La frase "Ay chiquitooo, mi vidaaa, cositaaaa, me lo como..." sólo aplica a distancia. Pese a estas palabras de terciopelo, la mujer sabe que jamás decorará con una bombita de saliva un beso con su amigo. Habrá "esas" excepciones, pero el desenlace ya se conoce cuando se unen dos soledades. Ella acepta su tropezón y el faquir a sufrir, literalmente, "de lo lindo".

Cuando un "lindo" se arma de valor y decide salir de la hibernación para planear el rapto de su amiga, el chipi chipi corre el riesgo de volverse desagradable. Es imposible que Barney de pronto se vuelva sex symbol y de la noche a la mañana quiera mutar en Johnny Depp versión barbita, despeinado, maloliente y hablando de sexo rudo todo el tiempo.

Hay "lindos" que pierden porque, pese a sembrar un pasado incondicional, les llega el momento en el que terminan condicionando: "No te quiero como amiga, quiero algo más". Y la mujer, con sus muchas respuestas rosas, revira: "Tú eres mi amigo, no voy a arriesgar nuestra amistad. No eres patán como otros". Justo en ese punto, al "lindo" le decomisan las hormonas y el honor. Dicho de otro modo: se ha jodido, aunque no se tome la molestia de morirse.

Aunque un familiar o un tío metiche de la pretendida apoye la causa del aspirante con frases como "Deberías andar con 'Cesarín' (clásico nombre de 'lindo')", la mujer recurrirá al método de aniquilación acolchonada: "Yo lo adoro, pero es como mi hermano. Podría pasar en chones frente a él sin que se ponga loco". Pocas respuestas causan que los testículos se peleen tan rabiosamente al estilo Caín y Abel como ésta. Es como un misil en cuya punta va pegada la calcomanía de "Hello Kitty".

El "lindo", con su estridente vida interior, tiene prohibido acercarse a menos de dos centímetros de los labios de su amiga. Una versión sui generis de la libertad condicional. Pero eso sí, ha de ser agujerado por cuantos besos reciba ella de galancitos o chacales. Por tres razones, él siempre será más masoquista que el mismísimo Maximiliano al momento de ser fusilado: su ejecución será sin capucha, con ojos abiertos y fingiendo una sonrisa cuando todo es adverso. Mirando a su amiga como una cuestión legendaria. Concreta, pero imposible. Real, pero imaginaria.

Una prisión con vista al mar.