Hoy le festejo 10 años de ladridos al mejor y más baboso de mis amigos.
Como toda acta de nacimiento, el que yo haya creído que nació el 7 de noviembre de 1997 es cuestión de fe, pero lo verdaderamente significativo es que Joshua siempre ha estado ahí, salivando estoico a mi lado, agradecido por la comida y muy poco medido al conocer a mi gente (a algunos ha querido arrancarles el brazo, aunque sin mala intención).
Mi ex novia me lo regaló en aquella víspera de Navidad y a la fecha sigo gozándolo como la primera vez. Con los años ha sido más una vivencia que un regalito shalalalesco. Joshua, como buen animalito, ha permanecido noble, fiel, juguetón e incondicional. Tal vez yo le haya fallado en algunas tardes, pero él ha perdonado mis olvidos y crueldades con un fuerte lengüetazo que, si fuese crema, sería suficiente para afeitarme. La baba ha sido su abrazo y su mirada amielada el beso fraternal que nunca podrá darme.
No está educado, pero jamás lo ha necesitado (no aceptaré mi culpa enquistada en su pésima educación). Si bien no saluda con un pase redondo de cola a los caballeros o con una grácil gaonera a las damas que quieren chiquearlo, su ímpetu y energía me bastan. Que nadie le acerque el dedito porque tiene algo de alburero: ve salchichas en lugar de dedos. Más mexicano no se puede. Menos natural no lo querría como lo hago.
Joshua ha inyectado vida tanto en los años felices como en los momentos negros de la casa, cuando ésta era hogar. En la colonia empezaron a conocer a mi padre no sólo como magistral banquero, sino como un distinguido esquiador de asfalto que tenía a este lindo perrazo como lancha. Si uno los veía paseando, siempre podía encontrarse a mi viejo mirando al cielo, no sé si por los jalones del cachorrito o porque se encomendaba a Dios para aquel momento que pudiese ser el del fatídico desnuque. Mi padre dejaba más pelo en la calle que el perro.
Y con mi madre... ni decirlo. Su divorcio fue el hueso que Joshua lamió y lamió, tarde tras tarde, hasta que la herida empezó a menguar. "Cuando Joshua me falte, no sé qué voy a hacer", repetía ella con tanta razón que a la fecha no sé cómo fregados le haré para ladrar como mi amado cuatro patas lo ha hecho en los años en que la casa dejó de ser nido. Varios nos marchamos, pero él se mantiene ahí, mirando desde afuera la ventana de mi madre y parando las orejas cuando alguien mueve la bolsa de croquetas. Aún así, sigue siendo más atractivo el ruido del refrigerador; señal de que se acercan las salchichas de pavo que mi madre le obsequia muy a pesar del veterinario. Mamá de tres que se volvió de cuatro.
Mi gran amigo cumple una década y a esta hora sigue sin reclamar las noches de lluvia en que me fui de antro sin acomodar su casita para que pudiese refugiarse. También sigue sin pedir perdón por arrancar los frenos a aquella camioneta que mi padre compró, episodio tras el cual ordenó se le colocara una reja al patio para evitar más fechorías del cachorrito (la primera cosa que hizo el cuadrúpedo al ingresar a ese espacio enrejado fue escabullirse entre el quinto y sexto barrote, lo que puso morado el rostro de mi padre e hizo que considerara poner su cabeza en una tómbola organizada por vecinos frustrados y dueños de casa inoperantes).
Y mi hermana.... vive en paz. No hay rencor ni sed de venganza de mi perrito hacia ella, aun cuando fungió como patrocinadora oficial del único planchazo vía automóvil que le han propinado a este babosito. "¡¡¡Luis, ven a ver cómo Joshua puede andar en la calle sin cadena!!!", fue el grito salpicado de emoción de Lawrence segundos antes de que mi amigo también salpicara, pero con sangre y chillidos, el pavimento. Siempre nos pidió ir por sus huesitos; ahora lo hacíamos auténticamente.
Por fortuna la catástrofe tuvo un después y aquí estamos, caminando juntos por el mundo y, esperamos, orinando arbolitos por mucho tiempo más. Felicidades, Josh. Si te toca primero, prometo enterrarte, pero si yo la estiro antes, sé buen perro y, por una vez en la vida, pórtate bien y no escarbes.






