
La vida, como una clase de matemáticas, tiene horas de teoría y minutos de práctica. Siempre tarda más la teoría, pero siempre importa más la práctica.
Bendecido y privilegiado a lo largo de mis casi 32 años, yo he contado con esa teoría, pero cristalizada en ejemplos prácticos con mi padre, el cada vez más celebre Dueño de la fábrica, el hombre más admirado por mi adolorida cabeza, mis ojos de necio y mis orejas de elefante, sin duda mi mejor virtud. Sí, por increíble que parezca, siempre le he escuchado. Suelo fallar, pero intento volver a las bases, a los consejos del viejo hoy necesitado de consumir fibra como nunca antes. Difícil misión para el morenito que prefiere una quesadilla derretida del mercado que una caja de cereal vitaminado.
Al ver que mucha de la teoría se ha escapado de mi cabeza quizá por la edad, los consejos de oro permanecen ahí, y en el peor de los casos, yacen dormidos en muchos de mis escritos, en los cajones, en la computadora o apuntados en una servilleta. No se han perdido. Sobreviven, perduran y respiran.
Mi padre ha sido un toro durante más de 60 años, ha embestido en el ruedo y ha descansado sobre la tierra, siempre vigilante, siempre velando, siempre con una oreja en la almohada y la otra atenta al mundo, a nosotros. Ha sido duro de día, pero blando y tierno de noche.
No lo niego, desperté esta madrugada entre lágrimas. Vi la persiana que se dividía en dos partes, un antes y un después. Y lloré más. No, papá, no lloro por miedo al futuro, de hecho, el futuro ha llegado y estamos sobre él, montados, en pleno, se mueve mucho, pero lo gozamos, lo padecemos y lidiamos con la bestia. A veces es mansa, a veces enfurece, como todo.
Lloro porque te amo. No porque te necesite, sino porque me hace falta gozarte. Más que el consejo de vida, requiero discutir contigo el partido de futbol. Más que la encomienda o la reprimenda, requiero tu risa, requiero un cómplice en las bromas. Más que dejarme acariciar por ti, prefiero vacilarte. Más que las palabras en cada llamada, requiero el sonido de la voz que en automático sana. Más que mostrarte nuestra calma como hijos, requerimos tu tranquilidad como padre.
Los deberes están cumplidos, y quien te necesita en verdad, no se basa en el "para", sino en el "por". Por quien eres, y no para lo que estás. Tu mejor tú, por inverosímil que te suene, es sin corbata. En la teoría, la mitad del mundo te admira y la otra mitad te ama. En la práctica, la mayoría te ama.
Hoy te lloré papá... supongo por lo tanto que he reído contigo. Tu teoría me pediría no llorar, pero en la práctica somos tan sólo semejantes.
La única diferencia entre padre e hijo, quizá, es que mientras ninguno lo muestra, ninguno deja de ser bravucón y ninguno evita despertar de madrugada, yo sé escribir mejor que tú, aunque tú sepas hablar mejor que yo.
Cada quien lo suyo. Lo dijiste tú... alguna vez. Tú sabes dar... y yo he sabido recibir. Tú sabes hablar... y yo he sabido escuchar. Así que vive tranquilo.
Y, por favor, si quieres regalarme algo de cumpleaños, come fibra.