Friday, July 20, 2012

Mirando aviones

El Astronauta miraba por la ventana en más de 150 ocasiones a la semana. Señalaba a cada partícula voladora, a cada avión brillante que hacía el medio círculo de ruta y no se desviaba de ella. Y él, parado sobre el sillón de la fascinación, aprovechaba los minutos prematuros y también los tardíos para mirar hacia arriba y no dejar de mirar. Jugar con lo que estaba tirado en el piso, en el mundo de acá, era tan poco, tan tan poco…

Pasado el tiempo, el pequeño interestelar mandó el mensaje de aviso y una de las estrellas bajó para indicarle coordenadas de los siguientes aeroplanos. Saludó al cosmos con el beso propio de un niño que todavía no había aprendido a tronar los labios, pero que ya sabía volar y mirar hacia arriba, como debe ser, como siempre debe ser.

De hecho, el pequeño Astronauta sigue sorprendiéndose de que los aviones no dejen de rozar las nubes, igual de noche que de tarde, que de día. Para él, a sus escasos 14 meses de vida, son las mejores imágenes del mundo entero, no hay nada que se le compare, nada que se le acerque. Devora esos trayectos que huelen, que se sienten y que le saben a algo mucho más rico que las papillas de pera. Y se pasma, se maravilla, se cae de emoción sobre el sillón. Así deberían morder los lobos, así deberían rugir los ojos, así deberían amar los hombres.

Tantos años después, anhelo que siga encantado con el cielo y con la inmensidad en la que vuelan los aparatos con alas. Que haya muchas nubes y suficiente espuma en sus sueños, que haya suavidad en su mirada despierta y altura en su alcance de hombre.

Para él es el mejor paisaje del mundo entero. Para nosotros… él lo es.

Monday, May 7, 2012

El Astronauta... un año después

Está acostado de lado, sobre su brazo derecho, su respiración es pausada, y los movimientos en sus párpados muestran que viaja por algún sitio sideral. Seguramente juega en sueños con la misma energía con que lo hace cuando vive de día en este mundo. No dejo de mirar sus brazos, lo fuertes que son, los suaves que son. Tampoco dejo de mirar sus mejillas y sus manos. Lo tiernas que son. Si alguna vez merecí algo, esto es mucho más que la suma de todos los merecimientos que pude tener.

Mi hijo representa la plenitud de mi vida, el olvido de mis lágrimas en los momentos negros y la confirmación frecuente de que la felicidad existe aunque cambie de forma y color. Hace exactamente un año, mi felicidad medía 50 centímetros. Ahora debe rondar los 75.

Soy padre de los ojos más coquetos, de las piernas más antojables, de la sonrisa más pícara y del niño más iluminado que jamás soñé. Soy el hombre que afirmó que no quería ser padre en cierto momento y ahora soy el hombre que no sabe cómo ser el mejor padre, mas lo intento a diario.

A las 11:47 horas del día que transcurrió hace justamente un año, entre la ruptura de la fuente, la confusión por no saber si mirar y dejarle a mis manos la encomienda de grabar a ciegas, y la comunicación indescifrable que sólo entienden los médicos, vi salir del vientre de su madre lo que nunca he dejado salir de mi corazón: nuestro bebé sano y fuerte, nuestro ángel robusto y ansioso, nuestro orgullo hecho piel y carne, gracias a Dios.

 Fui el primero en cargarlo, pero no logré calmarlo al grado en que pocos segundos después lo logró su madre. Situarlo simplemente sobre el pecho de ella hizo que el Astronauta sintiera la primera sensación de paz en este mundo de caos. No hubo comparación con la fotografía del instante. Aquella imagen de mi hijo, recostado con su mejilla derecha sobre el seno izquierdo de su madre y mirándola fijamente por minutos, mientras apretaba los labios más rojos que las manzanas de verano, me quebró de felicidad. Jamás fui tan afortunado, jamás dibujé en mis sueños un cuadro así. Jamás fui antes lo que fui ahí. Fue un nunca jamás tal que se convirtió en un para siempre. La culminación de mi vida como hijo y el comienzo de mi vida como padre.

A pesar de un hospital lleno, quedamos los tres solos en el universo. Cada quien entendiendo su nueva misión, todos debutantes. Una familia nueva, con pocos minutos de vida y todo un presente ya cayendo encima. Desde entonces, los tres hemos dormido pintados de un mismo color bajo las estrellas. Y nos ha bendecido el tono de la buena salud y de la serenidad, de la alegría y de la tranquilidad para narrar este primer año que es mágico en toda su circunferencia.

Nuestro hijo nos ha hecho mejores. Somos más elásticos, más fuertes y más resistentes al cansancio; somos más atentos y menos inexpertos. Todo se compensa con la certeza de que todo lo que hacemos debe tener, al menos, un buen fin. La vida lenta y superflua del pasado es ahora la vida rápida que no podemos parar, pero que gozamos aunque sea a grandes trotes a su lado. Los besos son infinitos y los abrazos incontables. Los tres gozamos del mismo color bajo las estrellas, y así nos reímos, y así vivimos y así dormimos.

Hoy se cumple un año de que aquel nunca jamás se convirtió en el mejor y más enternecedor de los parasiempres.

Tengo suerte. Sólo por contar con mi hijo adorado, creo ser más y mejor humano.

Wednesday, June 15, 2011

Friday, May 20, 2011

Hora de aterrizaje: 11:47


Ahora me levanto más tarde porque mis noches son un rompecabezas. El astronauta no llora como otros bebés, pero sí deja en claro cuándo tiene hambre realmente y cuándo busca brazos solamente. Linduras del chantaje que el ser humano, como las ganas de dormir, adquiere casi desde que sale del vientre. Sentirse amado, pero antes que ello, sentirse protegido, pero antes que eso, sentirse seguro.

Mi hijo nació a las 11:47 horas del pasado 7 de mayo. A dos cámaras... grabé el momento y el reloj. Pésimo pulso, pero afortunadamente la temblorina se notó menos que la grandeza de esos primeros minutos en que vi a mi hijo existir y vivir sin placenta de por medio, sin sueños ni barreras, sin imaginación ni especulación. Despeinado, con llanto de no tantos decibeles y con puchero integrado. Labios rojos como guasón y ojos oscuros, abiertos, desconcertados. Manos grandes, piernas anchas. Los primeros juicios, irremediables siempre.

Poco antes del mediodía, el astronauta yacía acostado, secándose y encueradito, sobre el pecho de su madre, una escena que no he olvidado y que, con salud suficiente, jamás olvidaré. De cualquier forma, disparé mil veces con la cámara, por si no gozo de dicha salud. Lo retiramos del seno materno y los doctores me apartaron pronto de él por el protocolo que implica oxigenarlo y protegerle. Los instrumentos de un hospital siguen siendo más blancos y puros que el cuidado de los padres, aunque nosotros les dediquemos la vida.

Aún ataviado como doctor, regresé al vestidor en el que me fue prestado el uniforme azul y en el silencio posterior a un momento catártico me solté a llorar. Ser padre es tan indescriptible como irónico, a veces uno puede romper en llanto justo en el día en que su hijo nace. Y llorar, incluso, más que él.

A la vez, comprendí en carne propia que las preocupaciones de la paternidad comienzan desde lo inimagibable y por lo impensable. Mi hijo permaneció con oxígeno todo el sábado y salió hasta que su ritmo respiratorio fue estabilizado poco antes de que se cumplieran 24 horas de su nacimiento. La primera victoria de mi campeón, tan fuerte como mis elogios pueden multiplicarse a causa de él. Lo admiro desde ya.

Lo visité en ese espacio de resguardo de día y de noche, siendo vigilado con sigilo. A través de ese vidrio que me brindaba confianza e impotencia a la vez, le dije que lo amo y él respondió con un balbuceo indiferente. Ya me lo iré ganando.

Por cierto, en aquella primera noche en incubadora, Rodrigo lució una especie de casco que, por el tamaño de su cabecita, lo hacía ver como un hombre espacial, un ser sideral, un viajero que acaba de arribar. Vaya... un hombre del más allá, un astronauta.

Thursday, April 21, 2011

Decir adiós


Me voy con los deberes hechos, me marcho con la lengua de fuera (dicen que es signo de felicidad) y con el corazón muy clavado en el esternón (dicen que es reflejo de intensas vivencias).

En esta etapa que termina... he de confesar que me largué tarde en ocasiones, llegué antes en otras, triunfé y fracasé, gané y perdí, pero al final del sendero... me hospedo en un estado de pertenencia que, como decía aquella canción, hace que me sienta acolchonado, contento, casi en estado vacacional y, sí, acaso consentido también. Me veo al espejo, lejos de hienas y cerca de animales bonachones que podría comparar con mis amigos, quienes me visitaron el viernes pasado para celebrar uno más de mis cumpleaños.

Es momento de decir adiós a la etapa vieja de la infancia y de nacer a la paternidad inocente. Viene Rodrigo a la vida y yo voy a ser papá. No es que sea menos hijo, es solo que seré más padre. De esos seres raros que imploran no rugirle en exceso a sus cachorros y, a la vez, no demeritar en la enseñanza. Eso me preocupa como a todos, pero, también como a todos, el instinto me guiará.

Ahora se trata de decir adiós al cuidado recibido y dar pie al cuidado dado. Quemé mis naves amorosas, artificiales o reales, mi pasado es un coctel de colores y sabores, y es momento de hacer tierra, de besar la arena continental y de vivir como esos nativos que conquistan la jungla, se postran en ella y construyen su hogar, con piedras y más piedras, por décadas y más décadas. Dios me brinde vida para ello.

Como cachorro que fui, le pido a Él me conceda años, salud y magnificencia para proteger a mi cachorro. Ser salomónico y dulce, ser justo y ser más terso aunque, paradójicamente, la vida me arrugue hasta hacerme anciano.

Que el viento no me doble ni me rompa, por la vida que me queda y el hijo que me necesita, desde el primer cargón hasta que deba despedirse el padre del hijo. Espero, para entonces, sus alas sean poderosas y largas para planear en la vida, para planear por los aires.

He sido bendecido en todos los años en que he sido hijo. Pero, ahora, digo adiós a mi infancia y hola a su infancia. Una toda mía, la otra a mi cargo únicamente. La última vez que nací no me di cuenta; la próxima vez que lo haga, seguro lo sabré a través de él.

Algún día le diré a Rodrigo: "No traigas a un cachorro que pienses dejar solo". Pero mientras tanto, comienza la cuenta regresiva para mirarlo y mirarlo, mimarlo y mimarlo, amarlo y amarlo.

Ha crecido la melena.

Monday, March 28, 2011

Radioactivity


Sellafield 2 will produce 7.5 tons of plutonium every year. 1.5 kg of plutonium make a nuclear bomb. Sellafield 2 will release the same amount of radioactivity into the environment as Chernobyl every 4.5 years. One of these radioactive substances (Krypton 85) will cause death and skin cancer.

Ojalá y Fukushima no sea próximamente parte de la introducción de este tema que Kraftwerk, la banda más innovadora de la historia, incluye siempre en sus conciertos.

"Radioactivity" es mi canción favorita de estos maestrazos. Si bien la letra no es precisamente hermosa, nunca ha sido más oportuna... que ahora.

Thursday, March 24, 2011

Sírvanse


Aquí se le presenta a la amable lectora (sí, es preferentemente un post para mujeres) el mapa que ha diseñado la página Targetmap con el tamaño medio de los penes en este agraciado desgraciado planeta, según el lugar donde uno viva y el color que le haya tocado.

Seguramente después de esto, las mujeres dejarán sus viajes piteros a Europa y querrán visitar Congo por 17.93 razones; de igual modo, todo lo que tenga que ver con Asia les resultará cero atractivo, ya que es el continente "peor dotado".

En América Latina, la cima le pertenece a los ecuatorianos con 17.77 cm, seguidos por los colombianos y los venezolanos, con 17.03 cm.

Y a México... no, no le fue nada mal. Lloren, malinchistas.

Tuesday, March 22, 2011

Enternecedoramente rudo


Es la añoranza, la ilusión, la melomanía, ¿o son las tres?