
Muchas veces bajé en silencio a la sala a media noche para husmear en la pila de libros que mi abuela tenía tan ordenados y cuidados como dentadura de modelo veinteañera. Pero estaba lejos de encontrar ahí mi objetivo.
Su colección de Agatha Christie, incluidos 62 libros seriados de las ediciones de los años 30, 40 y 50, es decir los originales, estaba ni más ni menos que en el cuarto de Carmela, atrincherada en el buró que se situaba entre la cama y la ventana ahumada. Tras la apertura de sus dos puertitas aparecían empastados en blanco y en fila vertical los motivos de fortuna de mi escritora predilecta, la creadora de los únicos asesinatos humorísticos de la historia, la amante de Poirot (¿habrá existido este hombre bajo otra identidad?), la autora más leída después de La Biblia y Shakespeare.
Una vez que mi abuela comprendió mis intenciones y la obsesión con la cual tropezaba aquellas noches, puso fin a mis búsquedas a hurtadillas y decidió prestarme los ejemplares de Agatha para leerlos, digamos, a cucharadas, uno a uno, sin prisa y con la estricta encomienda de que, una vez resuelto el crimen, le devolviese cada libro en la mano. Ella se encargaría de colocar la muela en el lugar correcto de la dentadura. Nada de abrir yo la boca del buró.
Consumir los relatos en aquellos años de mi niñez resultó casi una intoxicación. La penúltima página siempre fue la mejor porque el sabor de Agatha radicaba en el misterio, dejando que la resolución fuese mero condimento. Los besos y los finales de los libros se parecen mucho: los puedes saborear poco antes de que se concreten.
En el comedor de mi abuela vi a la joven artista estrangulada, en su sala quise saber quién hundió el cuchillo en el cuello de Lord Edgware, sentado en la escalera traté de entender la relación entre la ouija y el asesinato de Joseph Trevelyan al interior de una pequeña ciudadela de la campiña inglesa. En ciertas noches, cené rápido para regresar a la cama y saber quién mató a John Christow. No menos urgencia me causó comprobar si Rosemary Barton en verdad se suicidó o si alguien la envenenó con cianuro.
Pasé mis 10, 11 y 12 años cumpliendo la regla de no empalmar historias, y a Carmela la hice prometerme que, el día que quisiera deshacerse de Agatha, me convertiría en beneficiario de esta herencia literaria, la única firmada con sangre, mucha sangre, demasiada sangre, chorreado de sangre.
Por desgracia, a la abuela se le olvidó mi encargo, y hace no mucho me confesó que, en un arranque de desesperación por la mudanza, decidió regalar todas esas ediciones añejas de mi autora predilecta.
Entonces sí... sentí que alguien, súbitamente, me había asesinado. De noche, lejos de quien pudiera escuchar, un golpe ahogado, sin que la sangre se notara. Sin rastro y con la orquesta tocando.