
Pasé el primer día del año con mi madre.
Aun con el desvelón previo por el cambio de década, llegué temprano a su casa y me recibió con un desayuno propio de alguien a quien jamás le gustó cocinar: huevo con tostaditas, una bolsa de conchas de vainilla y un vaso con leche. Es, y siempre ha sido, el desayuno simple que me salpica de felicidad. Mi padre, el muy amado Dueño de la fábrica, siempre se ha esforzado por llevarnos a los mejores restaurantes a consumir desayunos exquisitos y muy diversos, pero debo admitir que a mis 31 nada me pone tan de buenas como ingerir estas simplezas en el nido de mi madre. El "desayuno habitual" acompañado por ella es como los zapatos preferidos, el cepillo más cómodo, la loción predilecta o la posición en la cama con la que a uno más le place dormir.
Transcurridos 20 minutos, fui al cuarto de televisión a ver los tazones colegiales, mientras ella subía a bañarse. La noté de muy buen ánimo si se considera que, horas antes y de modo inexplicable, esta madre mía pasó el Año Nuevo sola y en su cuarto, lejos de todos, recibiendo un par de llamadas e ignorando el resto. Así es ella, insondable, incomprensible.
No sorprende. Mi madre ha pasado un lustro extrañando a mi padre y lamentando su salida de la casa. El divorcio y la lejanía, la gota a gota de recuerdos acumulados en 28 años de matrimonio y ese golpeteo emocional que atormenta a las parejas rotas acentuado por lo que yo llamo "extraña familiaridad" (lo que unirá siempre a dos amantes, aunque estén lejos)... han edificado la tormentosa rutina de esta güerita de ojos verdes, nariz tapada, sonrisa enternecedora e introspección destructiva.
Nadie niega que es hermosa, todos se lo han dicho, todos lo creen... menos ella. El último lustro ha sido una vorágine de coplas y coplas del mundo hacia su persona, sin efecto. Eso y la muy evidente y punzante desolación por la falta de una pareja a su medida. Siempre habló de mi padre como molde perfecto, pero las frecuentes peleas que de ellos recuerdo me hacen dudar.
Como sea, mientras veía ayer los tazones, sonó el teléfono una, dos, tres veces. No quise contestar porque desde hace 5 años ninguna llamada que entra a esa casa me tiene como objetivo.
Pensé que se cortaría el ring, pero de pronto escuché el azotón de una puerta en el piso de arriba, y los pasos de alguien que corría con ritmo acelerado y trompicado, acaso desesperado y desbandado. Mi madre alcanzó a contestar.
La espié con ojos de topo desde la escalera y la vi de pie, dando cientos de vueltas sobre un mismo pedazo de suelo. Mentón abajo, ojos abiertos, cabello empapado, sonrisa plena y sólo interrumpida al hablar. Jamás conocí a mi madre quinceañera... hasta ayer.
Fueron 8 minutos de plática a larga distancia con Luis, su nueva pareja y su primer novio desde que mi padre la conquistó en 1974. Un señor de aproximados 60, completamente canoso y enteramente educado; esbelto, aficionado al futbol americano y al detalle clásico que incluye flores y la apertura de la puerta del coche, casi extinta.
En fin. Nunca había pasado la mayoría de las horas del 1 de enero con mi madre. Y menos... siendo 16 años mayor que ella.