Sunday, March 15, 2009

El ventilador


Ie, ie, ie, ie, ie.

El ruido de ventilador que dejé prendido toda la noche se parece a un robot tartamudo, jodiéndome desde el techo.

Muy pocas veces despierto en estas condiciones de sábanas enredadas y babas largas. He dormido como elefante y al abrir los ojos soy un esperpento sin una pizca de elegancia. Si mis boxers no se aferraran a mí, no sé qué pasaría.

La tele se quedó prendida y en un canal de cable un par de incautos ofrecen una bomba de vacío para los días de penumbra sexual. Bomba de vacío, bomba de vacío. Estas paradojas: uno tiene que hacer vacío para llenarse un poco.

Y yo digo... ¿tener buenas erecciones o mejores elecciones en la vida?, ¿alargar pellejo o miseria?

Ie, ie, ie, ie, ie, ie, ie, ie, ieeeeeeeeeeeeeeee....

APAGAR.

Sunday, March 8, 2009

No te pongas sentimental


Para muchos, el tie break que define el pase de la adolescencia a la juventud se juega entre los 15 y los 17. A esas alturas de la vida, todo lo irrelevante es demasiado importante y lo inusual puede resultar una experiencia inolvidable. Fallas un punto y crees que has perdido el partido. Te dan un beso francés y sientes que la saliva es auténtico sexo suministrado oralmente a través de un gotero pintado con lipstick. Todo se magnifica.

Tal vez por esos acentos cortesía de la edad es que no he olvidado aquella fiesta de hace 12 años. Una carne asada en un amplísimo y bien cortado jardín de Villa Verdún.

Ahí, sobre el pasto, un amigo pronunció una de las frases más memorables en la historia de la viscosidad: “Qué discazo. Todo mundo está fascinado... parecemos 70 clítoris erguidos”. Inusuales palabras para describir un momento ciertamente peculiar. Se trató de la única fiesta a la que he ido en la que el anfitrión decidió ambientar las 11 horas de convivencia con las notas de un solo disco repetido 100 veces: el OK Computer, de Radiohead.

Desde “Airbag” hasta “The Tourist”, los 3209 segundos de esta obra fundamental remojaron nuestras orejas sin parar. Hablamos de un álbum en el que uno pasa la mitad del tiempo bajo bombas y la otra mitad entre ruinas. Un manual de supervivencia para esos suicidas noventeros que preferían la vida apagada de Yorke que la muerte ruidosa de Cobain.

Aquel sábado soleado, este disco de extrema belleza musical y de terroríficas imágenes atrapadas en las letras, tenía escasas semanas de haber salido a la venta. “Paranoid Android” había sido elegido como sencillo, pero nosotros representábamos con “No Surprises”... lo complicado.

Dedicado por completo a mirar a mi alrededor, comprobé que en aquel festín muchos bebían y pocos platicaban. Con ligeros movimientos corporales todos parecíamos nadar en líquido amniótico, con expresiones de placer mesurado y con oídos atentos al conjunto de sonidos que pocos años después serían catalogados por la crítica musical como los mejores 53 minutos de la década. En efecto, un discazo.

Supongo que por ello ninguno de los que estábamos en el jardín se quejó del repertorio cíclico conforme se despedía el día y llegaba la noche. Nadie replicó, nadie le pidió al dueño de la casa que cambiara el compacto, y nadie se hartó de la voz en espiral de Thom Yorke, esa que entre más frágil esté, suena mejor.

Recuerdo la particular fascinación que causó “Fitter Happier”, un tema breve en el que una voz distorsionada por un ordenador Mac exhortaba al individuo a no perder la capacidad de llorar en las películas y a seguir dando besos con grandes cantidades de saliva.

Con este tipo de sugerencias atípicas, en combinación con el suministro inagotable de alcohol y con una noche cuyo cielo se mantuvo inexplicablemente rojizo hasta la madrugada, ¿quién podría olvidar aquella fiesta de los muchos clítoris erectos? Ciertamente… yo no.

Jamás fui ni soy ni seré fanático de cepa de Radiohead, pero sé que en la vida de quienes sí lo son hay mucha lluvia, viento y un estado de perpetua combustión. Los días fracturados son comunes, así como una sensación diferente en las papilas que los hace saborear la melancolía y ser infelizmente dichosos. También sé que hoy en día “Creep” es tan abortable para ellos como el movimiento de cola de un french poodle.

Exactamente en una semana asistiremos al primero de dos conciertos que esta banda de Oxford ofrecerá en un inmueble gigantesco, en el que (ilusamente) espero que interpreten "Let Down".

Será una buena oportunidad para entrar en trance, para excitarse en seco y para desaparecer completamente… y nunca ser encontrado.

Wednesday, March 4, 2009

'Cucumelo' agujerado


Como el nombre de mi amigo le parecía sumamente aburrido, ella decidió apodarlo 'Cucumelo'. "Dizque por alucinógeno y adictivo", me cuenta el maltrecho David. "Pero, en fin, ya me puedo quitar el apodo", añade.

Acabamos de entrar en un bar para hablar de su rota vida amorosa. Llevo mucho tiempo de no verlo y al abrazarlo con motivo de su visita relámpago a la ciudad, palpo que su pechito está agujerado. Así vive esta noche uno de mis grandes hermanos.

"Luisito, escribe de este momento porque te lo digo: hoy será el último día en que sufriré tanto por una...", se interrumpe para evitar calificativos rasposos. Y da luz verde a la autopsia.

Zapatos de punta, camisa a rayas y chamarra de cuero. David luce desolado, su mundo está apagado y su mirada trae un foco fundido. Y es el mesero quien la paga por interferir con el brazo para limpiar la mesa. "Chiquitín, venimos no sólo a chupar, también a platicar, ¿nos dejas?". Y le enseña dientes de sierra. Ni en cinco vidas mi amigo acumularía tanto enojo como hoy. El amor le ha dejado radiación en la piel y carga desdén desde los talones. Aquel "cuadril" femenino (como solía llamar a las pompas de su ex) le sigue triturando la mente: "Se las dio a otro imbécil, ¡cómo superas eso!". No le tengo respuesta; prefiero pedir un vodka de lejos para que el mesero no vuelva a meterse en líos.

"Un cuerno es peor que un apretón de guirnaldas". Voz alta, mirada baja, y prosigue: "Hay mujeres que, de verdad, andan armadas". Llega mi vodka y el mesero huye antes de que le dibujen una mentada de madre en alta definición. David da otro largo trago a su cerveza y gesticula con el puchero de quien chupa 150 limones. Sin soltar el tarro, entrelaza los dedos y observa cómo el líquido deja de moverse. Le duele realmente. Me da tiempo de morderme las uñas.

Se ha rapado recientemente y luce una ínfima capilla de cabello, como si le hubiese caído ceniza en el cráneo. Los bucles color mostaza que recolectaban éxito... tardarán en crecer. Y aún así, este efecto skinhead le merece miradas cercanas. Mal momento: en la vida del pelón llueve fuerte y muy pocas cosas importan. Siempre que veía curvas agraciadas entonaba su "Oh la la" pegajoso, pero hoy hasta su instinto carnívoro ha quedado guardado en el locker.

"Era una relación tan, pero tan absurda como encontrar una florecita en Hiroshima después del bombazo. Pero, bueno.... qué se le va a hacer, uno rebuzna y sigue rebuznando". Yo sólo le respondo que si bien el amor muchas veces es una enfermedad que se contagia vía sexual, hay cura. Con los años uno pierde velocidad, pero gana panorama.

Aunque en su dolor podría caber una ciudad entera, al menos arroja una broma: "Ayer recibí un mail que decía 'Aumente su masculinidad y acabe con la impotencia'. Iba a escribirles para preguntar cuánto cobran por lo segundo…". Humor glacial, pero ya me basta con que sea humor. Eso sí, ha hilado varios sorbos mentirosos, su cerveza se acabó hace rato y queda claro que debajo de esa forma de sujetar el tarro vacío subyace una inconsistente introspección. Me da risa que, de tanta desesperación, quiera jalarse los cabellos que no existen.

De las bocinas del lugar sale "Guaranteed", joya de Eddie Vedder que convierte cualquier amor en ácido sulfúrico. Para el ambiente de un bar.... ninguna pieza como ésta. Tanto... que mi amigo "Cucumelo" deja de sonreir y la escucha sin pronunciar palabra. En verdad que es un torero cogido, desaliñado y sangrante (estimo que incluso con unos cuatro kilos menos). Sin embargo, con todo y esa tristeza proyectada en su rostro, un gay sin mangas ni calcetines se le ha quedado viendo a tres metros. Los malditos efectos de un cráneo fálico.

En fin. Transcurridos varios meses tras aquel cuerno, el pelón aún no se oxigena y sigue emulando la discusión final con Ariza (la culpable). Se trató de una alegata frente a frente, pero con una puerta entre ambos. Supongo que cualquier voz se oye distinta detrás de un tablón de madera y una chapa cerrada con seguro. Ella rogaba desde el otro lado; él nunca abrió.

Y esta noche... con tantos y tan amargos días detrás, simplemente le pido a David que se rinda y que deje ir al fantasma... con todo y "cuadril".

"Hermano, gracias por bajar conmigo un rato al infierno", suelta el pelón al despedirse.

"¡Bah!", tan solo le contesto, sin aclararle que en el infierno jamás nos cobrarían tres vodkas y seis cervezas. Allá los vicios son gratuitos, los amores imprevistos, y los borrachos... bien vistos.

Thursday, February 26, 2009

¿El ojo de Dios?


De ser así, entonces al menos sé (por fin) que el ojo de Dios mide 20 billones de kilómetros de ancho.

¿Será el motivo por el que nunca me he sentido solo, aunque lo haya estado?

Tuesday, February 10, 2009

Port Imperial


Una vista majestuosa desde Port Imperial, un viaje inolvidable, un aire gélido y rico, una caminata a ese puente escondido en Central Park, un karaoke desafinado, una desvelada desaliñada, una fumada sabor uva, una perla misteriosa, un paseo por el Soho sin Soho, una cena fantástica, una cámara roja, un trayecto en claustrofobia, un taxista comodino, un perro en tres patas, un viento que corta el aliento, un colchón en el piso, una guitarra sin usar, una primicia musical, una mezcla de negros y rojos, una alfombra quemada, una gripa entercada, un pozole neoyorquino, un hotel en Greenwich, una charla de 11 minutos, un autógrafo feo, una disputa por la cuenta, unas quesadillas nerviosas, una obra con sombrillas, unas alitas exquisitas, un anfitrión sin igual, una norteña encendida, una morena risueña y un sueño largamente esperado... finalmente cumplido.

Llega la última noche en Nueva York.....

Wednesday, January 28, 2009

Syd


- "¿Señor Barrett?"
- "Sí".
- "He venido a visitarlo".
(No hay respuesta).
- "¿Sigue usted pintando?
- "No, no estoy haciendo nada. Sólo cuido este lugar por el momento".
- "¿Por el momento?, ¿está pensando en mudarse?
- "Bueno, es obvio que no estaré aquí por siempre... Adiós".

Esta conversación entre el periodista Tim Willis y el mítico Syd Barrett no duró más de 30 segundos. El final de la misma fue abrupto, tal cual sucedió con todos los reporteros que intentaron acercarse al fundador de Pink Floyd, recluido en su casa de Cambridge desde 1982, dedicado a pintar, a cuidar su jardín, a ir de compras en bicicleta y a no responder los saludos de sus vecinos.

Según Willis, esta visita que le hizo a Barrett en octubre de 2002 resultó impactante. Se topó con un hombre calvo, diabético y excedido en peso, que respondió a su llamado hasta el tercer timbre y lo recibió en trusa, con voz gruesa y mirada oscura. Nunca abrió la puerta por completo y, si acaso, dejó ver un sillón gris arrumbado en la entrada. Un viejo opuesto al taciturno y carismático adolescente que enloquecía a las groupies empuñando su Fender Telecaster en el club UFO de Londres, a mediados de los años 60.

"Lo mejor que uno puede hacer es no molestarle". El consejo que el periodista había recibido parecía ser el adecuado. La última entrevista que concedió Syd Barrett se dio en 1971, tres años después de haber sido expulsado de Pink Floyd por su colapso mental derivado del consumo de ácidos, especialmente LSD, y que fraguó una de las historias más trágicas y fascinantes en la historia del rock. Mi historia preferida. Mi ídolo.

Barrett escribió en 1967 las letras de The Piper At The Gates Of Dawn, disco debut ubicado entre la fantasía y la psicodelia, entre los laberintos de la infancia y las travesuras de los gnomos. La única ocasión en que Pink Floyd balbuceó como niño.

La historia de la banda no hubiese sido la misma sin los meses intermedios del '67, tiempo en el que Barrett frecuentó el apartamento de su novia Sue Kingsford para "alimentarse" con LSD y activar con ello su propia bomba de relojería. Entre mayo y julio, su comportamiento mutó y su número de parpadeos por minuto descendió considerablemente. Las actuaciones durante la gira sufrieron una metamorfosis y el cuarteto debió adaptarse como su fuese trío durante varias noches al ver que Syd a menudo se quedaba inmóvil, con su guitarra colgando del cuello, la mirada perdida y sin hacer sonar una sola nota.

"And I'm wondering who could be writing this song".
"Jugband Blues", del álbum A Saucerful Of Secrets (1968).


La desintegración fue manifiesta y el vívido recuerdo que tiene Roger Waters de noviembre de aquel año confirma el colapso mental de su amigo: dentro del camerino del Cheetah Club de Santa Mónica, Barrett mezcla un frasco de Mandrax con una jarra de Brylcreem y un poco de ácido. Derrama el contenido sobre su cabeza, se cuelga la guitarra y sale al escenario. La imagen se torna terrorífica, ya que con el calor, la sustancia comienza a escurrirse sobre su rostro, dando la impresión de que es su piel la que se derrite. Los gritos provenientes de las primeras butacas reflejan la contundencia de su descomposición.

"There's someone in my head, but it's not me".
"Brain Damage", del álbum Dark Side Of The Moon (1973).


El despido llegó en enero de 1968 y no fue sino hasta siete años después que un hombre afeitado de cabello y cejas, gordo y demacrado se presentó en los estudios Abbey Road, donde irónicamente Pink Floyd grababa "Shine On You Crazy Diamond" (tema homenaje a Barrett). El sujeto se sentó frente a la banda con una bolsa y un cepillo de dientes en la mano. Al cabo de unos instantes en silencio, el baterista Nick Mason rompió en llanto, mientras los demás miraban perplejos. Acto seguido, el irreconocible Syd se levantó y salió para no volver a verlos jamás.

"Now there's a look in your eyes, like black holes in the sky".
"Shine On You Crazy Diamond", del álbum Wish You Were Here (1975)


Tras el regreso a Cambridge, la vida del adulto y viejo Barrett fue una isla. El contacto humano fue una casualidad, y el acecho de cientos de fans y periodistas, en busca de un tesoro exclusivo, fue constante, pero estéril. En la red se pueden hallar más fotografías de sus meses como líder de Floyd que de sus últimos 30 años de vida. Si acaso se conoce un video, sin sonido, donde se le captó caminando por una zona conocida como The Mill. http://mx.youtube.com/watch?v=eUXD-D0WEi4&feature=related

"Hello, is there anybody in there? Just nod if you can hear me".
"Comfortably Numb", del álbum The Wall (1979).


Seguridad Social de Gran Bretaña reconoció a Barrett como enfermo mental y le pagó una pensión hasta su fallecimiento en julio de 2006 a causa de la diabetes.

Mientras que sus ex compañeros de Pink Floyd siguen recordándolo en sus conciertos como solistas (su sola aparición en las pantallas gigantes desata alaridos y euforia), la hermana de Barrett, Rosemary, reveló que en sus últimos años él prefería escuchar a los Rolling Stones que a su ex banda. Según dice, "See Emily Play" fue el único tema de su autoría por el cual en 2001 esbozó una tibia sonrisa al escucharlo en un documental de la BBC.

En 1967, Syd pasó uno de tantos atardeceres descansando en el bosque, y fijó su atención en una niña que jugaba a pocos metros de él y de quien, se dice, quedó perdidamente enamorado, mucho más que de las 11 mujeres con las que los registros lo relacionaron. ¿Su nombre?... Emily. ¿Su apellido?... Nunca se supo.

"Float down a river forever and ever, Emily, Emily".
"See Emily Play" (1967).

Monday, January 26, 2009

Reyes plátano


No pertenecí a la generación silenciosa de los jóvenes felices ni tampoco a la de los ruidosos suicidas que por amor siempre se disparan con coplas, pero jamás con un revólver. A lo sumo, fui parte de un seminal grupo de adolescentes, digamos, con cáscara.

Creyendo que desde niño uno empieza a envejecer, desembarqué pronto mis ideas de romanticismo en las niñas de faldas escolares. Ni serenatas ni flores. Lo mío eran los recados a lápiz y los suspiros mal alineados en una nariz que seguía siendo deforme y moquienta.

Organicé tropas de poemas precoces ante la imposibilidad de ser un adolescente sin dolor. Nadie me había explicado que en la compra de los amores falsos no se obtiene reembolso. Creía, según mis referencias, que si uno no sufre en la vida, no crece, así que malentendí los oleajes de la edad y denominé "horrible soledad" al tiempo en que aún no besaba a nadie. Me sentía solo sin siquiera haber estado acompañado antes. Inocencia primigenia.

Mi primer beso llegó a los 15 y fue muy breve. Demasiada espera para tan poca saliva, así que cinco minutos después, conseguí batir mi marca con el doblez azotado e inexperto de los labios y hasta aderecé el instante con mi mano derecha haciéndola de peine en la nuca de ella. Había copiado esta técnica de una película de Laurence Olivier. Ah... y también respeté la regla de los ojos cerrados.

Ante mi grupo de amigos, narré las comedias y tragedias de la pérdida de la infancia, y particularmente les hablé de aquel exquisito nerviosismo bajo el cual se intuye que si los besos copan más minutos, y la mujer respira más fuerte, se activará la precontingencia y el primer "acostón" llegará sin aviso. Mentira completa. Tardaría años en ello, pero al menos imaginarlo ya representaba un buen alimento para mi mente.

Mi primera vez, muy a la usanza de la masculinidad inmadura, fue como separar de tajo lo aburrido de lo fascinante, lo seco de lo mojado y el pasado del presente, así como adquirir la "obligación" de que, después del debut, uno tiene que ser exponencialmente mejor. ¿Por qué? Nadie entre mis amigos con cáscara supo contestarme, pero estos clanes normalmente exigen a sus integrantes precoces... ser criaturas prodigio y reyes plátano, para festejar con alcohol y con crónicas atiborradas de detalles (color y hasta forma del brassiere). Es curioso, pero nunca en estas conversaciones alguno narró un fracaso entre sábanas, un acelerón entre piernas femeninas o una "salida en falso". Todos triunfamos, incluidos los que no.

Pero el tiempo también se enfría, y al paso de los años, mis compinches y yo, los reyes plátano, sustituimos las tertulias de detalles extremos por encuentros menos informativos. La intimidad, conforme llegaron las primeras canas, fue guareciéndose en nuestro sentido común. Desaparecieron de las pláticas los héroes con torrentes mitológicos y la virilidad digna del cine porno, además de los falsos relatos sobre las 10 horas ininterrumpidas. Adiós cáscaras.

Sí, con los años, dejamos de obligarnos a ser dioses del colchón, mutamos hacia charlas acerca de lo sensato o insensato de procrear y, especialmente, dejamos de vernos en el espejo de perfil para medirnos la panza, mientras la sobamos y nos decidimos a comer menos.

Ahora los reyes plátano ya nos permitimos, incluso, hablar del amor.

Thursday, January 22, 2009

Liquidez


Sangre, lágrimas, semen, sudor, saliva, lubricación, bilis, vómito.

¿Podría calibrarse un tipo de relación o romance de acuerdo a la presencia y ausencia de estos líquidos que despide el cuerpo?

- La imagen es una muestra microscópica de sólo uno de los fluidos -