
Sí, le tuve miedo por años.
Sus llegadas de noche a casa me inquietaban. El ruido de la llave en la puerta me hacía apagar la tele y la luz, correr a la cama, cerrar los ojos y dormir despierto. Temía escucharlo discutir con mi madre, así que ponía candado al cuerpo, ayudado por la oscuridad. Tal vez por ello me acostumbré a dormir bocabajo.
¿Qué habrán sido? Ocho, nueve años... Todo bajo la guía de un tipo enérgico, dominante y gritón, pero en extremo vulnerable. Su nerviosismo dibujado en los dedos, su miedo a fallar y su incapacidad para expresarse representaban entonces parte de las fisuras familiares dentro de una casa cada vez más grande, con más focos y mejores muebles. La carencia material era una anomalía. La serenidad... también.
Banquero con gesto adusto y siempre tenso por el creciente éxito en el trabajo, cuando mi padre sonreía el aire era doblemente placentero. Nos hablaba del Concierto para piano No. 2 de Rachmaninoff como si fuese el propio ruso leyendo las partituras. Subía el volumen, aderezaba el desayuno y el amarillo del domingo se tornaba más brillante.
Me llevaba a jugar futbol en el club y desde la grada gritaba con tal fuerza que el árbitro se hartaba y a menudo lo mandaba sacar de un lugar donde se estila expulsar jugadores y no aficionados. Así era. Un león indomable, peinado de raya. Su millar de reconocimientos en el trabajo lo certificaban, pero atesoraba más la admiración y crecimiento de su gente. De él, los banqueros tejían una biografía apasionante. Surgía Don Ramón.
En casa, chuleaba a mi madre y le besaba las mejillas (el amor a ella siempre estuvo intacto), pero eso no evitó el fin del matrimonio, con todo y los incontables recuerdos de los años fértiles. Intentos hubo... y muchos, pero también heridas... y muchas. A veces, ni siquiera dos ángeles pueden convivir.
Vistió un suéter beige en nuestra última noche como familia de cinco. Recuerdo a mis hermanos y a mi madre sentados en la sala escuchando los motivos de mi padre, mientras yo miraba las cortinas, estático. Los anteojos de él se interponían entre su dolor y nuestras reacciones, diversas todas, íntimas todas. Se le cortaba la voz en dos y el corazón en ocho.
Luego nos dio un abrazo cuya fuerza juntó nuestras mejillas hasta desfigurarlas, y se despidió con problemas porque nunca aprendió a llorar y jalar aire al mismo tiempo. Era un dóberman deshecho. Mi madre subió a la recámara y mi hermana Lore se fue a su casa. Mi hermano Alex y yo permanecimos en la sala, descarrilados y reticentes a hablar de nuestra nueva realidad: yo volverme el hombre de la casa y él mi reemplazo.
Pero lejos del nido, nos abrigó con terciopelo. Nunca tan amoroso, nunca tan entrañable, nunca tan nuestro. Brotaron los racimos de "te amo", las caricias de esas manos irregulares a las que yo temía sin razón, y hasta las burlas por su predilección hacia Alex. Por qué mentir: los padres tienen a sus consentidos, pero están diseñados para negarlo.
Mon se volvió ese héroe de muchos modos extraordinario, mi llamada telefónica cada mañana y ejemplo frecuente con el cual ilustro las pláticas con mis amigos (ellos pueden confirmarlo). El hombre que siempre nos ha aconsejado ser duros con el problema y gentiles con la persona, y que nos pide por igual rumbo y fuerza porque, si falta uno, sobra el otro. Aquél que ve en el rencor el sentimiento más ruin, en la sonrisa el resguardo más eficaz y en el perdón el regalo más especial.
El hombre dedicado a amar, y a quien en sus ratos libres... le agrada ser amado.
Según la sabiduría castellana, el trabajo no consiste en soltar a los leones, sino en regresarlos a su jaula. El viejo de casi 60 años sabe que, del modo que sea, sus leoncitos siempre volvemos a él.
Los deberes se han cumplido.