Wednesday, January 21, 2009

Bailando con Barack


Más allá del acto protocolario, más allá del juramento solemne (en el que por cierto se le enredaron las palabras al nuevo presidente) y más allá de los 2 millones de individuos apostados en el National Mall, anoche me atrapó particularmente el baile de Barack Obama y su esposa Michelle, como parte de los festejos de investidura en el Washington Convention Center.

Si bien siempre he criticado la sobrada hipocresía de los políticos y su obsesión por convertir sus desastres de pareja en una imagen inmaculada, he de admitir que en estas escenas que seguí por televisión, percibí algo extraño e inusual en la mirada de la nueva pareja presidencial de EU: amor... y nerviosismo.

El buen Barack, ataviado con esmoquin negro y pajarita blanca, lanzó a su mujer como 87 piropos mientras bailaban "At Last". Tal vez por ello la pisó en repetidas ocasiones, lo que, de antemano, me hizo creer en ellos. La inconsistencia y las fallas no le están permitidas a un mandatario expuesto ante millones de telespectadores. Por eso mismo, repito, les creo.

Parecían tan nerviosos como en una noche de bodas. Se veían, se hablaban al oído como si se propusieran una travesura y reaccionaban con risas desgarbadas. Se encapsulaban y dejaban Guantánamo, Wall Street, Iraq y Afganistán a un lado de la pista. Y así, se mostraban inútiles para bailar en el tiempo en que pensé ilusamente que, por fin, un negro deslumbraría en la Casa Blanca con sus movimientos de cadera. Otro mito derrumbado.

Hoy Obama se levantó a las 6 de la mañana y reunirá a su equipo económico a las 15:15 horas y a los responsables militares a las 16:15. Pero desde ayer, luego de mostrarnos el cochambre en su modo de bailar, le creo a este espigado fanático de los White Sox.

Thursday, January 8, 2009

El dueño de la fábrica


Sí, le tuve miedo por años.

Sus llegadas de noche a casa me inquietaban. El ruido de la llave en la puerta me hacía apagar la tele y la luz, correr a la cama, cerrar los ojos y dormir despierto. Temía escucharlo discutir con mi madre, así que ponía candado al cuerpo, ayudado por la oscuridad. Tal vez por ello me acostumbré a dormir bocabajo.

¿Qué habrán sido? Ocho, nueve años... Todo bajo la guía de un tipo enérgico, dominante y gritón, pero en extremo vulnerable. Su nerviosismo dibujado en los dedos, su miedo a fallar y su incapacidad para expresarse representaban entonces parte de las fisuras familiares dentro de una casa cada vez más grande, con más focos y mejores muebles. La carencia material era una anomalía. La serenidad... también.

Banquero con gesto adusto y siempre tenso por el creciente éxito en el trabajo, cuando mi padre sonreía el aire era doblemente placentero. Nos hablaba del Concierto para piano No. 2 de Rachmaninoff como si fuese el propio ruso leyendo las partituras. Subía el volumen, aderezaba el desayuno y el amarillo del domingo se tornaba más brillante.

Me llevaba a jugar futbol en el club y desde la grada gritaba con tal fuerza que el árbitro se hartaba y a menudo lo mandaba sacar de un lugar donde se estila expulsar jugadores y no aficionados. Así era. Un león indomable, peinado de raya. Su millar de reconocimientos en el trabajo lo certificaban, pero atesoraba más la admiración y crecimiento de su gente. De él, los banqueros tejían una biografía apasionante. Surgía Don Ramón.

En casa, chuleaba a mi madre y le besaba las mejillas (el amor a ella siempre estuvo intacto), pero eso no evitó el fin del matrimonio, con todo y los incontables recuerdos de los años fértiles. Intentos hubo... y muchos, pero también heridas... y muchas. A veces, ni siquiera dos ángeles pueden convivir.

Vistió un suéter beige en nuestra última noche como familia de cinco. Recuerdo a mis hermanos y a mi madre sentados en la sala escuchando los motivos de mi padre, mientras yo miraba las cortinas, estático. Los anteojos de él se interponían entre su dolor y nuestras reacciones, diversas todas, íntimas todas. Se le cortaba la voz en dos y el corazón en ocho.

Luego nos dio un abrazo cuya fuerza juntó nuestras mejillas hasta desfigurarlas, y se despidió con problemas porque nunca aprendió a llorar y jalar aire al mismo tiempo. Era un dóberman deshecho. Mi madre subió a la recámara y mi hermana Lore se fue a su casa. Mi hermano Alex y yo permanecimos en la sala, descarrilados y reticentes a hablar de nuestra nueva realidad: yo volverme el hombre de la casa y él mi reemplazo.

Pero lejos del nido, nos abrigó con terciopelo. Nunca tan amoroso, nunca tan entrañable, nunca tan nuestro. Brotaron los racimos de "te amo", las caricias de esas manos irregulares a las que yo temía sin razón, y hasta las burlas por su predilección hacia Alex. Por qué mentir: los padres tienen a sus consentidos, pero están diseñados para negarlo.

Mon se volvió ese héroe de muchos modos extraordinario, mi llamada telefónica cada mañana y ejemplo frecuente con el cual ilustro las pláticas con mis amigos (ellos pueden confirmarlo). El hombre que siempre nos ha aconsejado ser duros con el problema y gentiles con la persona, y que nos pide por igual rumbo y fuerza porque, si falta uno, sobra el otro. Aquél que ve en el rencor el sentimiento más ruin, en la sonrisa el resguardo más eficaz y en el perdón el regalo más especial.

El hombre dedicado a amar, y a quien en sus ratos libres... le agrada ser amado.

Según la sabiduría castellana, el trabajo no consiste en soltar a los leones, sino en regresarlos a su jaula. El viejo de casi 60 años sabe que, del modo que sea, sus leoncitos siempre volvemos a él.

Los deberes se han cumplido.

Monday, January 5, 2009

Risas (toma #56)


Hace escasas noches, la elegantísima Pau nos reunió en torno a una computadora para correr un video de 2:17 minutos. En instantes y sin hesitar un ápice, reí y reí y reí y sigo en estado de carcajada sostenida varios días después, dolor de estómago incluido.

Es probable que varios ya lo hayan visto, pero al menos para mí fue nuevo. Además, un inicio de año entre risas es siempre sano y estimulante, así que valga, pues, esta belleza.

Ya después contaré la anécdota de la mamá de Pau, sucedida esa misma noche, y con la cual me reí siete veces más.

Tuesday, December 30, 2008

La vida en "slow"


- La serpiente mueve la cabeza hacia atrás. En menos de un chasquido, tirará a morder. El miedo es su primera gota de veneno.
- Se susurra la palabra equivocada. Pasan brevísimos instantes antes de escuchar la respuesta airada.
- La mujer baja su sostén y se diseca el instante en que, ya desabrochado, está a punto de caer. Rendición lenta que acelera el pulso. Terciopelo subterráneo.
- La portada del plátano de Velvet Underground. Andy Warhol y sus ideas que hacen imaginar mil perversiones por segundo.
- El beso entre amantes. La lengua, sin aviso, se entromete. Pasará poco para que todo se torne eléctrico.
- El gol en contra. Nadie quiere creerlo hasta ver que la red sí se mueve.
- Las camisetas mojadas. Cae el chorro de agua... y a esperar a que la humedad haga su parte.
- El pie en la alberca. La primera vez que uno se hunde, quiere tentar piso. Baja, baja y no encuentra. Ironía: se mete al agua buscando tierra.
- El acantilado. Antes del brinco, la adrenalina siempre se avienta primero.
- La quemadura súbita. Aunque uno no quiera, sabe que debe comenzar a arder. Y se predispone porque acepta, de antemano, el dolor. Sucede en el amor, ¿no?
- El orgasmo. La única eternidad torpe y viscosa que, en cuanto nace, ya está moribunda.

Monday, December 22, 2008

El jorobado


Todo empezó con una apuesta: "Este árbol no pasa cinco días más sin caerse".

Palabras más, palabras menos, eso le dije a mi amigo Alfredo hace 20 años, mientras él abogaba por la fiereza del tronco agachado con la seguridad de alguien que me aventajaba con 7 años de estudios. Tomamos las bicicletas y cada quien volvió a su casa.

Alfredo nunca me cobró la apuesta (algo tan costoso como un frutsi) porque semanas después, mientras emulaba a un malabarista, resbaló del cofre del auto de su primo y cayó sin evitar que su cabeza rebotara en la banqueta de la calle San Gabriel. Murió esa noche, poco antes de cumplir 17.

Han pasado dos décadas, y el parque del árbol jorobado se ha convertido en "mi lugar". Dentro de un mundo en el que a muchos les fascina narrar sus predilecciones, yo me regodeo en ocultar esta guarida, y regreso a menudo para llevar a ella mi silencio como lo hacen los pájaros que transportan discretos una brizna de paja en el pico. Una especie de escondite que obliga a recordar que nada es tan dañino como secar las imágenes de la infancia. Ahí se languidece. Ahí comienza la vejez.

Cierto que todo ha cambiado. La fábrica cuya pared trasera corta el perímetro del parque suma un lustro en abandono, tiene vidrios rotos, insectos zigzagueantes y está lista para debutar como leyenda y albergar sus primeros fantasmas de playeras rasgadas. Del otro lado, la fila de casas que dan al terreno dejaron de ser inmensas y ahora son meros cuadritos, aunque se empeñen en decirme de que miden lo mismo que en 1988. En la caseta del guardia, ya sellada, algún espectro debe estar cumpliendo una década de siesta, y el pasto, siempre verde, se ha vuelto una zona residencial de cocodrilos.

Pero el árbol jorobado... sigue en pie, y carga de significado los días perdidos, reforzando mi creencia de que el olvido es el homicida de la infancia... y el tiempo su autor intelectual. Aquí vivo de niño, aquí suelto las amarras y traigo mis raciones de preguntas sobre mis antiguos amigos Daniel, Armando, Gerardo, Emmanuel y Mayda. Lo único que detesto es que Alfredo se nos haya colado en la fila y haya pedido cripta mucho antes de lo conducente. Sería irónico decir que se pasó de vivo, al dejarme con una apuesta sin pagar, un frutsi sin destinatario y un amigo sin fase adulta.

Cada que regreso al parque, respondo a un siniestro estímulo que me inculca ganas de llorar. Sucedió hace dos semanas, pero para esta clase de fetiches de la mente, a veces hay que embotellar lágrimas, masticar hielos y refrescar el presente… justo antes de que el pasado comience a incendiarnos.

Friday, November 28, 2008

El bolchevique


Hace 20 años y 1 día murió mi abuelo Ramón. Yo tenía 10 años y mi hermana Lawrence, quien padeció el amargo derecho de enterarse primero por tener 12, se encargó de distraerme jugando conmigo en el pequeño patio de la casa de San Gabriel.

Como es evidente, los nietos no estuvimos en la habitación en la que mi abuelo congeló la mirada con un semblante que no estaba encendido como en la alborada de su vida. Y durante dos décadas no hemos hecho más de cinco preguntas acerca de aquella transición familiar en la que la batuta pasó a manos de mi abuela Carmela. Los hijos (mi padre, mi madre y mis tías) estuvieron ahí. Según dicen, mi tía Tere cerró las compuertas del dolor y los demás lloraron en nombre de ella, agradeciéndole su fuerza en momentos en los que es inusual que una palmera enfrente así a un huracán.

Cuando mi padre nos comunicó la peor noticia de su vida con ojos rojos, nariz taponeada y lentes empañados, creo no haber reaccionado como debía. Guardé silencio, no lloré, miré las paredes de la casa y entendí todo en los domingos subsecuentes, cuando palpé que ya no asistía con mi abuelo y mi primo Fer al Sanborn's de los azulejos, donde las vastas meseras le servían café y lo saludaban con un gentil "Buenos días, Don Ramón".

Ya lo dije alguna vez: impecable tipo. Peinado hacia atrás, manos y seguridad en los bolsillos, sonriente al mundo y galante a las mujeres; con la mirada coqueta escondida tras los anteojos negros y el piropo atrevido, medido y exacto, como si las alabanzas las mandara hacer también con su sastre. Para las casadas, era de alto riesgo sostener una conversación con él por más de dos minutos sin que terminaran lamentando su estado civil. La cortesía, en altas cantidades, puede volverse afrodisíaco.

Era Carrillo, pero también Monter, misterioso apellido por el que un primer mito ubicó nuestro origen familiar en Cartagena y de golpe nos hizo cercanos a la idiosincrasia costera de Colombia. Y justo cuando creíamos que el coqueteo de la familia, en su versión masculina, provenía de este límite del Mar Caribe, mi tía Becky nos arrebató el sueño sudamericano y, sin mucha documentación, brindó en nombre del abuelo judío que nos hacía "paisanos".

Versiones y desmentidos, fuera lo que fuera, mi abuelo tenía para todos. Él era lo que queríamos que fuese. Yo pude tildarlo de bolchevique y lo habría aceptado a cambio de un abrazo. Su placer estribaba en alegrar a todos y su regocijo personal lo experimentaba a solas. Cuántas fiestas en la planta baja, cuánta satisfacción en el viejo de lentes, recostado junto a sus libros en el piso de arriba. Preparar festines y no probarlos fue su especialidad.

A las 5 de la tarde, estaban sus hijos reunidos, y porque en su vida la puntualidad fue como el cepillo de dientes, en su muerte también planeó todo con pulcritud y sin retardo. Si bien nadie lo hubiese entendido, para él vivir más habría implicado la primera micra de exceso.

A la mañana siguiente ya no despertó temprano, ya no jugó ajedrez ni puso en jaque a aquel grupo de eruditos y amigos con los que a menudo explicaba el mundo irregular.

A la mañana siguiente (hace justo 20 años) las meseras de los azulejos ya no sirvieron café en la mesa inmediata al muro de la entrada.

Wednesday, November 19, 2008

The One I Love


Mientras yo termino el show de R.E.M. afirmando que la banda ha regalado una noche apoteósica en su último concierto del Accelerate Tour, mi madre tiene otra forma de darle conclusión a la gélida velada musical: "Ya sé que el vocalista (Michael Stipe) es gay, pero está muy bien".

Ya que mis orejas no están autorizadas para escuchar tales afirmaciones de boca de mi santa madre (a quien yo le he colocado una aureola de por vida en la que ni siquiera concibo mi nacimiento por un acto de chacalería de mi padre), sólo podré decir que de las más de dos horas de concierto, ella invirtió algo así como 13 minutos en observar detenidamente a Stipe. Yo escuchaba y ella lo analizaba; yo cantaba y ella lo observaba; yo aplaudía y ella lo estudiaba de la calva al tobillo.

Noche helada y acelerada. Ha sido apenas el segundo concierto al que voy a solas con mi madre en la vida, y vale la pena la experiencia rara. Uno se emociona y grita al son de las más grandes de R.E.M. y al voltear a verla y buscar su complicidad, ella sólo me agarra del brazo tersamente y me susurra: "Ay mi vida, estás muy contento en TU concierto". No es exactamente el tipo de respuesta-torbellino que uno necesita en pleno estallido de emociones, pero a la vez, recoge el lado maternal que uno jamás desestima. Al contrario, me vuelvo feto un ratito.

"¡Mom, ésta es mi favorita!", le digo escupiendo adrenalina con el inicio de "Drive". Cual debe ser, yo espero que escuche con atención los próximos 4 minutos. Muy bien, ese tiempo ella lo usa para voltear a ver la grada y luego me recompensa con un: "Mi vida, ¿ya viste que hay como 30 butacas vacías en aquella esquina?". Después bosteza, ve si tiene mensajes en el cel, lo cierra, me sonríe y me da un beso en la mejilla. Sí, ha metido mi adrenalina a la secadora. El final de la canción me agarra pajareando y buscando mi exaltación debajo del asiento.

Pasa una hora. He recuperado mi energía y estoy en absoluta complicidad con un nerd del asiento inmediato que se ha arremangado la camisa y cree que baila mejor que Michael Stipe. Empieza "It's The End Of The World As We Know It", el auditorio saca chispas y yo tomo del brazo a mi madre para que se pare a cantar. Como pan de Dios que es, accede, pasan unos segundos y luego se acerca a mi oreja: "Mi vida, ¿por qué te tatuaste el antebrazo? Qué ganas de sufrir... ¿para qué hacen estas cosas?, ¿ya has pensado qué hacer si te arrepientes en un futuro?".

Antes de que pueda responder, ella ya le tiró de nuevo el ojo a Stipe: "De verdad, qué bien está el flaquito que canta, ¿eh?". "¡Mamá, ya te dije que es gay!". "Pues sí, pero... ¿y eso qué?, ni modo que me vaya a hacer caso, ¿verdad?". "Pues obvio no, pero además ya está bien traqueteado". "Ay, ¿y yo qué?... ni que tuviera 18 años. Al contrario, está como me lo recetó el doctor y es como de mi edad". "¡¡¡Mamá!!!!". "Oh bueno, sólo quiero uno como él y ya".

Me da un beso en la mejilla y con eso disuelve suavemente mi reclamo. Son casi las 12, es momento de partir. El concierto ha sido memorable y la mujer que me ha aguantado 9 meses, y 30 años más, se despide de mí. Me pide que me tape bien, me sube el cierre del chaleco como lo hacía en antaño y me dice que no vuelva a salir sin una buena chamarra. Al final, redondea todo con la mentira menos mentirosa de la historia: "Estuvo increíble, mi vida".

Tiernísimo cuasidesenlace. Y digo casi porque, 20 minutos después, en mi celular aparece 1 unread message: "Tqm Luigi, mucho, mucho....... y qué guapo estaba el flaquito".
SETLIST
Living Well Is The Best Revenge - I Took Your Name - What's The Frequency, Kenneth? - Fall On Me - Drive - Man-Sized Wreath - Ignoreland - Disturbance At The Heron House - Hollowman - Imitation Of Life - Electrolite - The Great Beyond - Everybody Hurts - The One I Love - Find The River - Let Me In - Bad Day - Horse To Water - Orange Crush - It's The End Of The World As We Know It (And I Feel Fine)

Supernatural Superserious - Losing My Religion - I Believe - Country Feedback - Life And How To Live It - Man On The Moon

Friday, November 7, 2008

Las 44 preguntas retóricas





- ¿Por qué 44 preguntas?
- ¿Todos tenemos nuestro "Rosebud"?
- Si los gatos tienen 7 vidas, ¿los puede superar un infiel crónico?
- ¿Hay fidelidad entre los infieles?
- ¿Qué hacemos más en la vida: respirar o parpadear?
- ¿Por qué el conductor de un auto le baja al radio cuando está buscando una dirección?
- ¿Existen sueños incumplidos que debiéramos festejar por no haberlos logrado?
- ¿Por qué el sexo es un tema tan contagioso?
- ¿Por qué a estas alturas la gente sigue contagiándose a través del sexo?
- ¿Con una mirada se puede contagiar sexo?
- ¿Por qué existen los zzzipi-zzzapozz?
- ¿Es más fácil recordar el peor día que el mejor día de nuestra vida?
- ¿Hay relaciones biodegradables?
- ¿Por qué la gente se agacha bajo una pertinaz lluvia?
- ¿Alguna vez se piensa en la edad exacta en la que uno morirá?
- ¿Tras los problemas naturales, deben seguir siendo 4 estaciones al año?
- ¿Qué tan difícil "debe" ser el amor?
- ¿Amamos a nuestros perros porque atesoramos su silencio?
- ¿Hay personas pirata?
- ¿Por qué El David lo tiene chiquito?
- ¿Podríamos llenar una cubeta con sueños húmedos?
- ¿Alguno habrá sido el esperma equivocado?
- ¿Si le contamos a una sola persona nuestra vida privada, ya es pública?
- ¿Cuál es el logo más distintivo entre las bandas de rock?
- ¿Por qué todos piensan en la lengua de The Rolling Stones?
- ¿Qué es más fácil exprimir... naranjas o gente?
- Si sabemos por dónde se expulsa el deseo, ¿en qué parte se aloja?
- ¿La noche es un día oscuro o el día es la parte más iluminada de una noche?
- ¿Existe el amor porno?
- ¿Por qué da hipo?
- ¿Por qué Queen siempre tocaba We Are The Champions después de We Will Rock You?
- ¿El mito de los negros será realmente el más grande de la mitología sexual?
- ¿Por qué las abuelas usan el término "catrín"?
- ¿Por qué hace más frío antes y después... que durante la nevada?
- Si todo en la vida es aprendizaje, ¿cuándo terminan los ensayos?
- ¿Por qué el apagón en un concierto es un punto catártico, si todavía no arranca el show?
- Además de este servidor, ¿cuántos boobívoros hay en el mundo?
- ¿Hay crueldad más cruel que la de un niño?
- ¿Así como en los toros, hay humanos "de lidia"?
- ¿En algún capítulo Matute, Tom o el Coyote lograron su cometido?
- ¿La adolescencia es un boceto?
- ¿Por qué si hay mujeres buenas y mujeres buenísimas, las segundas son menos buenas que las primeras?
- ¿Es ésta la última pregunta?
- Si es así, ¿por qué me sigo preguntando tantas cosas?