
Hace poco más de un mes le detectamos una nubecita azulosa en el ojo derecho a Joshua, mi golden retriever que ha sido mi mejor amigo desde que dormía en una caja de televisión y se orinaba feliz de la vida en mi regadera, hace casi 11 años.
El veterinario lo analizó, hizo pruebas de luz a las cuales reaccionó y luego lo sometió una cirugía en el que le fueron retiradas un par de bolitas. La convalecencia fue aparentemente buena, mi perro ha estado activo, pero esta semana volvió a brotar una ligera nube azul en su ojo. A mí, en tanto, se me volvió a nublar todo y me siento fuera de foco.
Nuestra ruta habitual inicia en la curva de Mantúa, tomamos Cannes, Josh se apodera del penúltimo árbol antes de dar vuelta en Carrara, avanzamos en línea recta, provoca al furioso perro negro que casi se degolla con la reja, continuamos, tomamos San Remo a la izquierda, cruzamos Siracusa y volvemos a Mantúa desde su otro extremo. Poco antes de llegar a casa, un boxer macho, tan sólo de ver que se aproxima mi gran amigo, comienza a morder y a tratar de romper la manguera de sus dueños. Antes, Joshua le respondía ladrando fuerte; ahora parece un viejo relajado y sabiondo al cual le tiene sin cuidado marcar territorios que nunca fueron suyos.
La llegada a casa de mi madre no cambia. Una última gotera en el árbol que nunca reclamó ser bañado en oro durante 10 segundos, y vamos adentro. Avanza tranquilo, toma agua y se queda mirándome desde el patio hasta saber que entro con bien. Podrá ya no ser joven, pero Joshua nunca ha perdido su vocación de vigía. Como no le basta mi agradecimiento por ello, una manzana (de preferencia roja) sella el equilibrio de nuestra amistad.
Porque soy un miedoso y porque sufro de cataratas pasadas que me remontan a la ocasión en que Josh fue atropellado y tuve pánico de perder a mi mejor amigo, hoy estoy más callado que nunca. Quizá estoy aprendiendo a ser como él cuando está en su casita: meticuloso, reflexivo y silencioso. Las matemáticas caninas no corresponden a las nuestras y por eso, aunque yo le llevo 19 años de vida, él tiene algo así como 47 años más que yo.
Si yo le pedí un sinfín de veces que no chillara, cómo le hago ahora para ser congruente y no berrear al verlo mal. En este mundo, hay dos expresiones que a mí en particular me resultan entrañables: el llanto dibujado de un mimo y el pesar de alguien por el sufrimiento de su mascota. Dolores silenciosos que poco se comprenden.
Este fin de semana, Josh y yo no tomaremos nuestra habitual ruta de paseo, ya que saldremos rumbo al veterinario para que le hagan un nuevo estudio en el que se intentará confirmar si su ojito es un simple foco fundido y o si es que se está apagando.
Lo más irónico es que mi amigo, siempre entusiasta, se trepará al coche con el mismo gusto de los paseos que terminan en una manzana (de preferencia roja), mientras que yo, más joven y más sano de los ojos, iré nublado y confundido... como perro sin dueño.
A Thousand Hours...






