
Nos sentamos uno junto al otro en la fuente de Piccadilly Circus... y guardamos silencio. Vimos que la brisa nos salpicaba y recorrimos unos metros a la derecha. Tomamos asiento... y de nuevo guardamos silencio.
Hermanos durante casi 20 años y sin algo qué decir en nuestra última noche en Londres. Maldita pena de familia, maldito miedo a la "soledad de dos" y a asumir la hermandad con todas sus letras. Parecía preferible evadirnos con el bullicio y con la gente que al pasar y pasar siempre sirve para distraer y vulnerar el más elemental sentido de profundidad. Para que la franqueza se esfume basta la fuerza magnética del mundo exterior. Ese movimiento atroz que llena de nada.
Por algún motivo, en esta última noche que pasaríamos mi familia y yo en Inglaterra a mitad del año, fui por Alex a su cuarto de hotel para salir y, así, contar con un cómplice de nostalgias, las que siempre y sin excepción florecen en el extranjero. Quise cocinar una velada especial junto a mi hermano y comernos Londres de un mordisco; quise planear una charla ajena, en un sitio ajeno y bajo una noche ajena a nuestro pasado de indiferencia.
Pero ya en Piccadilly, el ruido de la fuente era más que nosotros. Parecíamos estatuillas que no se miraban por temor a decirse algo con la mirada que pudiese derivar en un legítimo testimonio de sinceridad. Aún con tanto qué decir por otro tanto que nos callamos durante años, seguíamos en silencio y elucubrando con el interior del otro. Mientras yo le atribuía un dejo de vergüenza infantil que le impedía expresarse, él me traducía como el hermano mayor que, por simple cronología, debía hablar primero. Surcábamos las entrañas, pero ninguno mostraba destellos fuera de parpadeos insolubles y soplidos mecánicos.
Yo quería decirle cuánto cariño mudo le he profesado desde que a mis 10 años cargué al bebé que ahora era un flacucho joven sentado a mi lado, pero sólo alimenté mi ansiedad con un taloneo que me hacía fingir frío y sentirme inútil. Fui aún más hipócrita cuando lo conminé a sacar la cámara fotográfica para ser más turistas y menos hermanos. Él, fiel a mi ejemplo de evasor del interior, empezó a disparar y a atrapar instantes con cada descarga. Así logramos una noche más difusa, más fría. Si acaso las fotos salieron bien.
Lo único distinto era que, por vez primera, los hermanos estábamos cerca. Bloqueados y borrosos, pero cerca. Esta noche se colgaba de miles de noches pasadas que se atoraban en las laringes de dos mudos con voz. Y nuestra lengua pendía de un presente que lo único que tenía de presente es que no se sentía en ese momento. Paradoja del tiempo.
Deseaba confesarle a Alex cuánto lo extrañaré, cuánta ausencia me abrazará y cuántos pedazos de carencia me caerán encima cuando se marche en definitiva a Europa, anhelo suyo de ayer, de hoy y de aquí hasta que suceda. Quería llenar sus orejas con las palabras correctas para que supiera que siempre lo abrazo sin besos porque mi pena me domina, y que nunca le siembro una caricia porque vivo equivocado, creyendo que un coscorrón me auxiliará en mi afán de esconder cursilerías.
Una noche de melancolía sugerida en Londres, en la que al menos pudimos escuchar lo que nunca dijimos. Una pizca de nostalgia que no se basó en lo que callamos, sino en lo que fuimos entonces... uno junto al otro.
Una hora tras la cual dejamos la esquina de Piccadilly vacíos de palabras, pero saciados por alguna extraña comida londinense que consumimos de un mordisco y de la cual, por desgracia, no tenemos foto.





