Thursday, October 11, 2007

El 'Aura Affair'


"Felipe cae sobre el cuerpo desnudo de Aura, sobre sus brazos extendidos de un extremo al otro de la cama, igual que el Cristo Negro que cuelga del muro de su faldón de seda escarlata, sus rodillas abiertas, su Corona de brezos montada sobre la peluca enmarañada. Aura se abrirá como altar...".

Éste es un fragmento de la novela "Aura" (de Carlos Fuentes) que el entonces secretario del trabajo Carlos Abascal subrayó e hizo llegar en 2001 a la dirección del Instituto Félix Rougier, enojado porque su hija, quien cursaba tercero de secundaria, hiciera esta lectura a petición de su maestra de Español, Georgina Rábago. En pocas palabras, desde la óptica de Abascal, esta profesora "pervertía menores".

Yo me enteré porque fue uno de los escandalitos de aquel año, pero estaba más ocupado en otras cosas que en darle seguimiento al pleito de la "Miss" y al boom comercial de "Aura". Yo juraba que, para entonces, Carlos Fuentes ya debía estar echándose una copita de vino (y algo más) con la maestra para contratarla como cabeza publicitaria de sus obras subsecuentes, pues las librerías no se daban abasto. "Estoy tentado a darle el 10% de mis ganancias de 'Aura' a Abascal por ser mi mejor promotor", declaraba Fuentes.

Pues bien, el 2001 terminó. El secretario del trabajo, abucheado por la mitad del País, no logró quemar a la maestra Rábago en la hoguera, pero al menos consiguió que fuera despedida de la escuela de su hija.

Días después, ¿saben dónde apareció la profesora expulsada? En el jardín de mi casa, pues a mi buen amigo Ariel se le ocurrió llevarla a una fiesta mía.

Abrigo negro, lipstick vampiresco, cabello morado casi negro, mayor que yo por un año. De botepronto, a la señorita de lo "moralmente inadecuado" no le localicé tintes peligrosos, mucho menos pensé que era ese estandarte de la lujuria que el secretario del trabajo instauró en el inconsciente colectivo de la época. De hecho, mi inconsciente individual me dijo que debía invitarla a salir. Pero ella se me adelantó.

Ariel me aconsejó llevar el partido con ella como lo hace un abanderado de futbol (desde afuerita y en silencio) y no establecer un vínculo serio con la Rábago. A este consejo le hice caso en un 5% y, por ende, las consecuencias se reflejaron en el 95% restante.

Dos meses y medio de relación, tres problemáticas salidas al Worka (porque la fémina no entendía que no íbamos al bar del Pirulí y que por ende las dos colitas en la cabeza estaban prohibidas en el manual del cadenero del antro), una fiesta de gays-lesbianas donde ella se sentía como en comida familiar, otra fiestecita donde la mota era lo más fresón entre el coctel de alucinógenos que ahí se servían sin charola, regaños de madrugada de mis padres en los que me repetían la de "¡Esta casa no es hotel!", un escándalo vial por un choque de mi noviecita (quien negaba culpa cuando el otro afectado tenía la puerta hecha añicos... estando estacionado), y, especialmente, la gota que derramó el vaso y en la que me detengo porque merece narrarla a gallo-gallina:

Hotel Mayan Palace Acapulco. Julio de 2002. No recuerdo el día, pero eso importa menos que la penosa circunstancia. Estoy a punto de perder los estribos y también la membresía del tiempo compartido de mi señor padre. La Miss Rábago, tras un agarrón de pareja, grita despavorida al interior de la habitación, camina en reversa hacia el balcón y amenaza con tirarse si tronamos. Trae unas tijeras Mi Alegría en la mano derecha y con la izquierda se jala el cabello con ahínco (creo que está alterada). Hace ruiditos. Grrr, grrrrrr, ¡grrrrrrrrrr! Es algo así, pero más feo.

Mi amigo Ariel, ahí presente, le pide elegantemente que haga el favor de no salpicar cuando quede sembrada en el césped (cinco pisos más abajo), pero ella contesta con tales gritos que me hacen considerar llamar a un padrecito exorcista. No reacciono. Me le quedo viendo como esperando a que una hormiga le meta el pie y ella caiga con todo y el chamuco y las tijeras de punta chatita.

Al final, no lo hace y la damisela cierra muy mona la ventana, como diciendo que es hora de irnos a la camita. Ha sido puro drama y, quién sabe cómo, pero cinco minutos después mi cuate Ariel (el "Ghostbuster") la tiene encerrada en otro cuarto. Se oyen unos ruiditos y el rechinido de sus colmillos, pero sólo eso. Si la vampiresa no pudo atravesar la ventana, menos podrá con la puerta.

Pasado este encuentro cercano con Nosferatu, mi amigo me regaña: "Luis, te han quitado la paz. Es tu culpa, te lo advertí. Esta mujer que está encerrada no es para andar ¿te acuerdas que te lo dije?". Mi mente remembra al abanderado de futbol y le da la razón, esperando al día siguiente un tranquilo regreso a México, con las maletas en el asiento de atrás y la Miss Rábago bien dobladita en la cajuela.

Y hablando de dar la razón, al magnánimo Carlos Abascal le ofrezco un millar de disculpas. Es cierto, la mentada profesora es cosa seria... y, sí: pervierte menores.

Sunday, October 7, 2007

La noche en que el mundo se deshizo


Cuando tenía escasos 17 años Héroes del Silencio se convirtió en mi banda favorita (de habla hispana). Recuerdo haber ido a verlos en el '96 a un lugar tan siniestro y en el que se rendía culto a la hipnosis y a las serpientes como el Cine Ópera, donde mi padre me dejó, me dio la bendición antes de bajar del coche y, cuando vio qué tipo de gañanes con mirada de zombies entraban al mentado recinto, me preguntó si era "correcta" la dirección del "recital" no sin antes bendecirme otras siete veces por aquello de morir apuñalado entre la chusma al ritmo de "Maldito Duende".

Mi máximo había sido, justo en ese año, un apoteósico show de ellos en el Palacio de los Deportes durante la gira de Avalancha, la cual marcó el fin de la banda (nunca entendí por qué puse en riesgo a mi cuate Lalo al invitarlo al último concierto en México, sabiendo que lo más rudo que él había escuchado en su vida era Locomía). Pero bueno, ahí quedó la historia de Héroes, haciendo de mi devoción hacia ellos un huevo en hibernación durante los últimos 11 años. Largo tiempo... hasta que en febrero lo imposible se hizo posible.

Gira de reencuentro con exclusivísimos 10 conciertos alrededor del mundo, dos de ellos en el Foro Sol, donde jamás imaginé que mis heroicos zagarozanos, con todo y un monstruoso stage que incluiría 25 canciones en el repertorio, podrían congregar a más de 60 mil fans por show. Pero así fue, y el duende cumplió con un par de veladas que fueron toda, toda magia. Pocas vivencias tan entrañables como ver a tus ídolos con las arrugas que no pintaban antes y que te hacen sentir que has sido, ante todo, leal.

La primera noche ataviado de blanco, la segunda de negro. La primera cantando a todo desde las gradas, la segunda gritando a metros de Bunbury. La primera noche grandiosa, la segunda... de leyenda. En la primera un momento precioso, en la segunda... la vulgaridad. En la primera un estanque a tope, en la segunda el instante en que encontré mi alma perdida que había arrojado al mar. En la primera un oscuro derecho a la delicia, en la segunda la pregunta de si todo fue un sueño o una grandiosa mentira.

Ayer, mientras este ya no tan joven vivía la última noche con sus Héroes al saber que no habrá una próxima vez en la que hagamos de la tarde una mano que tiembla, descargué el ruido y la furia, teñí de color sangre mis sueños y le pedí a una sirena que volviera al mar... para no escaparse nunca más.

Fue cuestión de empezar porque sí. Fue cuestión de no mirar atrás porque el cielo no es mío y porque, una y otra vez, habrá que empezar despacio a deshacer y deshacer y deshacer... el mundo.

Por haber extendido el sabor del universo.... brindo el silencio.

Friday, September 28, 2007

El mamón


"Tienes cara de mamón; te me hacías de lo más mamón".

Aunque El Corredor jamás se ha caracterizado por incrustar en sus textos palabras que desarticulen el "Jogo Bonito" del lenguaje de Guanajuato (correctísimo como el Cristo de Silao), en esta ocasión no tuve opción y puse las palabritas que me han repetido últimamemente muchos amigos, conocidos y quienes brindan conmigo hasta en el desayuno.

Sí. Percibo una cruzada en mi contra (particularmente contra mis gestos, muecas, facciones y no sé qué diablos más) organizada por Dios sabe quién, pero que ha derivado recientemente en un ataque frontal, persistente y sistemático en el que se me dice que quienes me conocen pensaban que era mamón al principio y quienes no me conocen seguro me lo dirán cuando me conozcan. En resumen: soy un maldito mamón a sus ojos.

En mi defensa diré lo siguiente: ciertamente no me interesa conocer y tratar con toda la humanidad, pero eso tampoco significa que sea el Scrooge de la Asociación de Colonos de San Bernabé esquina con Cruz Blanca, al cual los demás entes le valen una soberana sardina. No. De hecho, cuando llego a quitar el parabrisas, dejo que la lluvia me empape... y rico.

Hace algún tiempo, estábamos mi amigo Mike, mi cara de mamón y yo platicando (los tres bien bolsones) a pleno rayo del sol en un estacionamiento del sur de la ciudad. Ningún tema en particular, así que todavía más a gusto la plática. No recuerdo el motivo por el que en algún momento dije algo en voz alta que alcanzó a escuchar un metiche (llamado Polo), quien de pronto irrumpió en la conversación sin previa invitación.

"¡No lo critiqueees, instrúyeeeloo!" (tono de voz de cabecilla naquete de la última butaca de la Barra Monumental un domingo en el Azteca). Mike y yo nos quedamos callados, pero quien sí respondió fue mi cara de mamón: "Ah. Qué onda güey" (tono de sepulturero consumado, que lo único que está solicitando en ese preciso instante es que el tal Polo se evapore, se esfume y se haga inmaterial con todo y sus dientotes de tiburón martillo a medio morir, de esos molares que se ven por más que el pedazo de metiche intente cerrar la boca).

No, no es mamonada. Simplemente hay gente que no puede conquistarte si viene vestido con playera del tucán de Poco-Loco, pantalones beige de vestir, calcetines de Adidas y mocasines a los que el güey cree que les tiene que conseguir unas agujetas bonitas. Ni qué decir de los lentes de Beto el Boticario. ¡¿Qué en su familia nadie le avisa?! Este compadre no la libra ni con un trabajo integral de hojalatería y pintura.

Mi amigo Mike me apoya, pero él es buena onda, no tiene cara de mamón y cuida la forma, la forma y después la forma, a pesar de que el objeto de estudio sea "amorfo", como Polo.

Sí, lo admito. Con el tal Polo no sólo no quité el parabrisas. De hecho lo centré, aceleré, me lo llevé, metí reversa, le subí al radio, lo volví a centrar, lo volví a arrollar y, ya después, le pedí una disculpa, pero pues... ya no reaccionó.

Por lo demás y con los demás, suelo ser... ¿cómo decirlo?... meramente precavido. Tal vez porque sé que, una vez nadando en aguas abiertas, me dejo hacer cosquillas hasta por el más pequeño de los ajolotes. Y todos los ajolotes que me rodean, incluyendo a quienes leen la presente "carta del mamón", me resultan indispensables, aunque pocas veces se los haya dicho.

Friday, September 21, 2007

Diez años... sin llorar


Le agarré su mano y traté de hablarle, pero estaba completamente entubada y eso me hizo flaquear. Si ella casi no podía mirarme, yo apenas era capaz de susurrar algo, así que ese día, como nunca antes, nuestra conversación fue particularmente complicada. Aquel día que se convirtió con las horas... en el último.

Ese 21 de septiembre de hace 10 años cayó en domingo y tanto mi hermana Lawrence como yo fuimos de los afortunados en todavía ver a mi abuelita Esther llenando de aire flácido el tubo que entraba por su boca, cuyo tamaño y grosor me hacía que el solo mirarla me causara dolor físico. Difícil creer que ese monstruoso conducto que se empañaba y se aclaraba fuera su única forma de seguir aquí, con nosotros, mirando en tandas interrumpidas a mi hermana, luego a mí y, después, al techo. Cuando volteaba para arriba, hacía un gesto. El cáncer golpeando y golpeando. Las muecas eran la voz de los espasmos.

Tomé la mano de mi abue y le dije algunas cosas. Seguramente quise darle ánimo. Si ella soltó una lágrima, eso no lo supe y no lo sabré. Tal vez esa gota que resbaló y mojó el tubo por fuera era eso, una lágrima, tal vez no. Según yo, ella no podía escucharme bien, pero igual apretujé con cuidado su mano izquierda, la de las venas saltonas. Si en el resto de su cuerpo había rigidez a causa de los espasmos, al menos a esa mano se aferraba la última dosis de suavidad de alguien que siempre me dijo "Luigi, te quiero mucho".

Nos marchamos cerca del mediodía y hacia las 4 de la tarde vino la funesta llamada. Mi padre supo todo de este lado del auricular. Mi madre tan sólo supo que mi abue había empeorado. Entendible mentira. Siempre hemos pensado que es mejor decir "media muerte" que "muerte". Uno se hace a la idea y creemos que postergando mitigaremos un poco el dolor.

Al llegar a la clínica, todo estaba más oscuro que en la mañana. Con el sol se habían marchado mi abue Esther y mi entendimiento. A mis 19, ya bastante crecidito, apenas contemplaba la partida de un ser querido de una forma vivencial. Ocho años antes mi abuelo Ramón se había ido, pero el golpe lo canalizó de un modo raro mi niñez, sin que eso significara que no hubiese llorado como escuintle que era.

Todavía pude mirarla y, sin duda, se veía mucho más tranquila que en la mañana. Dormida, sin calor, sin tensión, sin espasmos en el esternón, sin tener que estar soplándose mis caricias sobre las venas saltonas de la mano izquierda, la mano suave a la que el cáncer no pudo ni quiso invadir. Le dejó al menos un rincón sin sufrimiento por dónde respirar.

La miré y no lloré. La estudié y traté de comprender la relación de los temores y de lo que de pronto se convierte en la nueva realidad. Pero ante todo, agradecí eternamente a Dios verla una última vez sin ese tubo en la boca y sin los ojos vidriosos que le pedían ayuda al techo.

Hoy,10 años después de la partida de mi abue, sigo sin llorar por aquella tarde. Cierto que algo me golpea por dentro, pero para eso, prefiero pensar que mi mano izquierda es fuerte y es la que siempre me hace respirar y recordar los grandes instantes con ella. Los que no tienen techo.

Monday, September 10, 2007

El triunfo de las gorditas


La única actividad que una fémina cumple cabalmente desde la cuna y casi la muerte es ese macabro repaso del cuerpo de otra representante de su especie. Ellas le denominan “barrerse” y lo hacen con tal soltura que hasta al viento le da miedo cruzarse en pleno acto. No vaya a ser que lo tachen de celulítico.

Para las doncellas de nuestra generación (pegándole a los 30’s) fue relativamente fácil ejercer esta profesión viboresca en los años en que Madonna estaba bajo los reflectores como diva dominante. Para todas era sencillo tacharla de “piruja”, “zorra” o “ninfómana”. Enrollarse no costaba trabajo.

Pero en 1998… todo cambió. El multitudinario viboreo femenino se enfrentó a una nueva amenaza cuando de hombre a hombre corría una sola pregunta: “¿Ya viste a la chaparrita que canta ‘Baby One More Time’ con faldita de colegiala y medias encima de la rodilla?

La "Barre-Señal" apareció en el firmamento y despertó al monstruo anacondesco de la especie mujeril. ¿Quién fregados era esta curvilínea tontita que respondía al nombre de Britney Spears, que invadía MTV y que traía no menos que apendejados a todos los trípodes del globo?

Las coralillos, las boas, las de cascabel y especialmente las de celulitis y estrías acudieron al llamado de la sangre y dispusieron la estrategia para destruir con urgente inmediatez la amenaza. Se informaron de que ésta no era una Madonna cualquiera, sino que cantaba como niña babosa y se movía como monumental mujer. Objeto incomprensible y, por ende, no tan fácilmente aniquilable. El apocalipsis de las feas. La “buena nueva” de los garañones en el amanecer del milenio.

Cuando parecía que nada podría empeorar las cosas para la gran anaconda femenina, Britney se dio el lujo de demostrar que aún faltaban gambetas para causar el colapso total de sus detractoras: 1) Se puso un traje de látex rojo para cantar “Oops, I did again” (el título fue tan aplaudido por los sementales como aborrecido por las damiselas), 2) En una entrega de MTV se colgó un enorme y amarillento pitón en los hombros y unificó portadas alrededor del mundo, y 3) Un año después, superó toda expectativa al plantarle, frente a millones de televidentes, un cariñoso kiko con salivita a Madonna, hecho con impacto planetario y que logró lo que nadie antes pudo: provocar que le hirviera la sangre tanto a hombres como a mujeres. Todo... de un lengüetazo.

No hubo, en ese entonces, poder humano que la detuviera, mucho menos mujer que sombra le hiciera. Britney acababa de poner a sus pies a toda la tribu masculina, y de rodillas al perredismo de su propia especie. Tacharla de “revolucionaria” en el arte del marketing carnal era quedarse corto.

Jessica Simpson, Lindsay Lohan y Mandy Moore fueron colocadas en escena como un intento de diversificar el efecto Britney, pero se quedaron a medias y ninguna evitó los raspones de la ineludible comparación con respecto a quien empezó este relajito. Spears consiguió, con ello, que la gran anaconda femenina le quebrara los huesitos a sus malas copias y no a ella. Había desviado la atención, había vencido a la víbora de mil cabezas.

Por desgracia, y al estilo de Cleopatra, Britney acabó consigo misma, se casó, se embarazó, se rapó y gestó “el motivo” que nunca antes había dado para ser apedreada sin clemencia ni piedad. Peor aún, anoche regresó a la vida pública y lo hizo de la manera menos conveniente: mandó a su pancita por delante y después entró ella para cantar en los Premios MTV.

Sí, nutrió al reptil. Lo alimentó y, con ello, devolvió a la vida la convicción envidiosa que reza que no hay mujer que se salve de poner en su abdomen la consistencia de un budín de tapioca. Ahora todas las que la repudiaban la quieren porque ya es una de ellas. El imperecedero instinto de unión entre mujeres, el cobijo y el aprecio, mientras ninguna quiera pasarse de viva (o de buena).

La emancipación de la celulitis, el reinado de Britney que duró nueve años y los hombres que lloramos porque la princesa, con todo y látex, oops... ha muerto.

Sunday, September 2, 2007

Dolores


Desde Marilyn Monroe y Kim Novak hasta Monica Bellucci y Leonor Watling, las mujeres que más añicos han hecho mi cabeza y han puesto en severo predicamento mi sistema sanguíneo tienen tres ineludibles características: cejas pobladas, ojos que hablan hasta gritar y, ante todo, boobies apoteósicas.

Sin embargo, quienes me conocen de años atrás saben bien que mis momentos catárticos han tenido su epicentro en una chaparrita, flaquita, pecosa y no frontalmente virtuosa irlandesa que responde al nombre de Dolores O'Riordan. Bueno, ni siquiera este nombre debería volverme loco, pero el verla me pone tan, pero tan de buenas, que usualmente termino mal.

Prácticamente con ella, por ahí de 1993, clausuré mi gusto infantil por los Hot Wheels e inauguré oficialmente mi gestión de enamoradizo exacerbado y devoto del sexo opuesto. Fue una lumbrera, una revelación el que, acaso, no haya sido una actriz porno o una dama de la vida galante la que cogiera por vez primera mi atención de puberto. Fue ésta, fue Dolores... y esa voz, esa flacucha voz....

Si bien esto ayudó a que en los años siguientes me gustara significativamente The Cranberries, a la vez comprendí que el cuarteto musical era una suma de tres y una, o mejor dicho, de ella y los demás. O mejor dicho: ella, yo, y los demás.

Güera o pelona, cabello negro o rojizo, greñuda o casi rapada, mis hormonas jamás dejaron de licuarse en torno a esta delicia de doncella cuyo ángulo sexy aún no logro encontrar, especialmente cuando uno la ve brincando como gnomo pulguiento en el escenario. Sinceramente, no me importa. El que no tenga sueños líquidos por su culpa me hace sentir que todavía me queda un poco, una pizca y una morusa... de amor inocente.

Y esta noche del 2 de septiembre de 2007 (14 años después de haberla escuchado por primera vez), la susodicha tuvo la decencia de venir por fin a tierra tenochca a traerme gallo. Yo, muy obediente, acomodé el calendario para no faltar a la cita con Lolita, y hasta le dije a mi amadísima esposa que todo intento de violación hacia mis huesitos los agendara en cualquier horario anterior a las 7 PM de hoy y posterior a las 9 AM de mañana (por aquello de no estar echando guayabo y al mismo tiempo pedir que respirara al ritmo de "Zombie").... What's in your head!!!!

Cubiertas mis demandas, fui noble y al lugar de la serenata llevé a mi norteña, a mi hermano Alex y a mi primazo Edgar. Creo que desde que viajábamos en el coche los tres se dieron cuenta de que ya iba yo en estado catatónico, y que cualquier intento por sabotear mis emociones previas al concierto sería premiado con un elegante "'¿No quieres ir?, no vayas, esto es Ping Pong de dos sin reta".

Como buen novio, llegué a la cita una hora antes. Dolores andaba apenas maquillándose, así que maté minutos en tres actividades básicas: caminar 940 veces en torno a un cuadrito cuarteado de la explanada del Auditorio Nacional, hacerme manicure con los dientes y llamar a mis mejores amigos para narrarles a detalle la etapa previa a la primera serenata que no llevo, sino que me traen. Ninguno contestó el maldito celular.

Por fin, a las 7 de la noche con 8 minutos, O'Riordan ordenó que se esfumara la luz y la sala quedó en penumbra para iniciar el recital con exclusivísima dedicatoria al que escribe. "Amor, creo que se le olvidó la falda a Dolores", fue la primera frase romántica que aventé al ver a la hermosísima irlandesa tomar el escenario, acompañada por el trío Colibrí versión Dublín. "¡Hola querido México!", gritó antes de arrancarse con "Zombie" y creyendo que me siguen apodando "México".

En fin. Ya para la segunda rola de la serenata, Dolores se había quitado el saco y andaba enseñando chamorro color Gasparín (fue cuando mi norteña me explicó que no es que no trajera nada abajo, sino que su short, onda teveíta, era sumamente corto). Dedujimos que tampoco traía bra, aunque en ese punto coincidimos por unanimidad en que no lo necesitaba. Aquí radica la muestra de que es amor puro y limpio el que en mí despierta esta veterana de 36 primaveras. Y yo, aun sin boobies qué mirar, desfallezco.

Por ahí de las 8 de la noche le pidió al maestro Juan Penas irlandés que nos dejara solos para interpretarme al oído el "tuuubira, tuuubira" de "When You're Gone", mi favorita, el más grande momento del gallo, su súplica para que yo la perdonara por años y años de ausencia. El clímax, la silenciosa intensidad, la reconciliación.

Superados esos momentos en que uno balbucea y repite como baboso "Ya me puedo morir, ya me puedo morir", vino el final y la despedida que se escurrió dolorosamente y sin avisar. Se manifestó el cliché y al prenderse las luces me encontré congelado, con los ojos titubeando, las manos entrelazadas (tipo señora que le está rezando a San Charbel) y mirando la puerta por la que Lolita se metió y ya no volvió. La vieja táctica del adiós sombrío e intempestivo que, por ser sutilmente rápido, no permite que entendamos que la fémina se ha vuelto a marchar.

Amores de verdad, Dolores de verdad. Y esa voz... esa flacucha voz...

Sunday, August 26, 2007

Uno de estos días te cortaré en pequeños trozos


Escena 1: A finales de los 80 un amigo (de esos altotes y aprovechados) me platica la historia de Jack The Ripper y me enseña una revista donde se resaltaba el centenario de este considerado primer Serial Killer de la historia. En una página aparecían las siguientes líneas, escritas con una especie de tinta roja y fechadas el 25 de septiembre de 1888:

"Querido Jefe, desde hace días oigo que la policía me ha capturado, pero en realidad no me han encontrado. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo de gritar. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo... Atte. Jack".

Aparte de quedarme tieso del miedo y traumado a mis escasos 10 años de edad, con esta vivencia inicia oficialmente mi interés por el destripador que aterrorizó Whitechapel entre 1888 y 1891. Con el paso de los años, encuentro que a este compadre del escalpelo filoso, al que se le atribuye la muerte de cinco prostitutas londinenses, nunca lo pescaron y, mucho menos, descubrieron su identidad.

Escena 2: Hace apenas unos días, mi amiga Claud quiere ponerme a prueba y me manda por mail un par de párrafos para que yo demuestre si realmente soy un conocedor de los asesinos seriales. Con la primera línea que leo, me es suficiente. Le respondo de inmediato su correo diciéndole que se trata de "Son of Sam" (David Berkowitz), dándole la ficha de este sádico lunático que, con su pistolita calibre .44, sembró pánico en Nueva York entre 1976 y 1977.

Escena 3: Entro a un Mixup con mi madre y, en los monitores de la tienda, vemos que están pasando la película de un asesino cuya máscara estaba hecha con la piel de sus víctimas. Mi antecesora le pregunta al que atiende que cuál es el título de tan desagradable cinta, y salgo yo con el currículum vitae completito de Ed Gein, el carnicero de Plainfield. El gerente de Mixup se me queda viendo feo y mi madre me regaña (a mis casi 30 añotes) con un titubeante: "¡Cómo puede ser que te sepas esas cosas tan feas!". Para calmarla y borrarle esta imagen, su lindo hijo le picha un Cd de Barry White y sale con ella del brazo, cantándole suavecito "Can't get enough of your love babe".

Escena 4: Estamos Mara y yo tiradotes en el cuarto y echando tele en una apacible mañana de agosto. En TV Azteca pasan una sección de asesinos seriales y adelantan: "Después de comerciales, les presentaremos las fechorías de Richard Speck, un criminal que en una sola noche mató a ocho enfermeras". Mara, una monada como siempre, avienta un bostezo y luego dice muy quitada de la pena: "Ah, ya sé quién es. Es el loquito bruto que por no percatarse de dejar a una novena con vida, fue acusado por ésta y capturado por la policía". Me quedo perplejo. Mi longeva debilidad por el tema, mis libros que exploran la mente criminal y mis documentales en DVD sobre los asesinos más célebres de la historia han contagiado a mi norteñita y la han hecho una experta en el universo de los matones. Ahora comprendo que no haya puesto un "pero" cuando esta semana le dije que fuéramos al cine a ver "Mr. Brooks".

Pues bien, pasados estos cuatro capítulos, no me excuso ni puedo ocultar que me intrigan las historias de ciertos personajes cuyas mentes, acciones y motivos he sido incapaz de entender y explicarme.

Habrá quien diga que todo individuo tiene un asesino encerrado en el cuerpo y que sólo algunos lo dejan salir por completo, mientras a otros apenas se les escapan inofensivas sombras de ese instinto tan humano e inhumano a la vez. La paradoja que es preferible negar.

Por cierto, el título del presente no es mío. Pertenece a "One of these days I'm going to cut you into little pieces", canción escrita por Pink Floyd en 1971, y la cual intentaba explicar el único momento en que un integrante de la banda sintió verdaderos deseos de cortar en pedazos a alguien que le resultaba sencillamente... extirpable. ¿Una inofensiva sombra que se le escapó?

Tuesday, August 14, 2007

Se repite el penal


Nunca falta.

Desde que se me encomendó una función especial en mi chamba la semana pasada, me concentré en buscar la mejor forma de exponer lo investigado y ponerlo en práctica frente a la plana mayor de la empresa. La cita estaba prevista para hoy a las 12:00 en "el salón de los meros meros" y yo me sentía como Charlie Sheen en su papel de "Wall Street". Parecía que me iba a parar a hablar largo y tendido (y nervioso) frente a Michael Douglas, pero multiplicado por 14. Una cosa sencilla.

Hoy que me levanté, le di un titubeante beso a mi amada, me metí a bañar y se me cayó tres veces el jabón, me pasé la toalla sobre el occipucio 20 veces y me dejé los pies empapados al momento de ponerme los calcetines.

En el camino casi me llevo a una viejita que atravesaba la calle, me pasé un alto y, ya en el Periférico, me percaté que no había prendido el estéreo, algo imposible para mí. Fue entonces cuando recordé que debía calmarme y, para ello, sí, lo confieso, saqué un disco del concierto de Yanni en el Taj Mahal para poner "Waltz en 7/8". Sentía como si el Namasté me invitara a inhalar profundo y como si la cuerda del violín de la rola me dijera: "Ya güey, cálmate, más te vale que dejes los nervios en la cajuela, porque si no, te vas a pandear gacho frente a la plana mayor". Un sabroso apocalipsis.

Al llegar a la chamba y después de ir 3 veces al baño, no faltó el ojaldra de sistemas que me animó: "¿Traes una presentación hecha en Mac?. Lo más seguro es que se desconfigure". Pese al foul personal y al flagrante intento de intimidación de este "Gates tolteca", Dios es grande y mi presentación resistió los embates de una PC, la cual la recibió con un mísera variación en los acentos. Una simple gripe binaria.

Con puntualidad (y nervios), me acerqué a la salita de juntas donde, de antemano, estaban los de la plana mayor. "Luis, colócate donde quedes a la vista de ellos y, cuando yo toque el vidrio y te haga una seña, entras". Esa fue la instrucción que me había dado el buen Juan Edgar, encargado de que toda exposición salga a tiempo y en forma.

12:01 horas en el reloj y Juan Edgar toca el vidrio y me hace la seña de que es momento de tirar el penal. Me perfilo, inhalo, exhalo, tomo la manija de la puerta, abro, pongo medio pie en la salita y... "Luis, ¿nos permites por favor?, ahora te llamamos".

Con muchísimo gusto (y ganas de tirarle un cabezazo a Juan Edgar tipo Zidane), doy las gracias por nada y regreso a mi lugar de origen, o sea, al mundo del "ya casi expones". Yo soltando adrenalina gratis. Es como un gol en una Final, pero qué creen, dice el árbitro que alguien (Juan Edgar) se metió al área y que el tiro se repite.

12:02, 12:03, 12:04 y yo rotando sobre mi propio eje, con mis apuntes en mano y esperando que el árbitro pite para, ahora sí, cobrar el penal. De pronto.... alguien me llama, pero el sonido no proviene de la sala de juntas, sino del pasillo opuesto: "Qué pasó mi cuate, ¿hora de juntas?".

Quien me busca es ni más ni menos que...., bueno, no me sé su nombre, pero es un bigotón de intendencia que siempre interrumpe sus deberes cuando en la televisión se está transmitiendo un partido del América. O sea, éste cambia de plumaje más que de corte de cabello y su mostacho parece una alita de águila extendida y que vuela feliz sobre cada sonrisa que esboza. "Sí", contesto seco, antes de regresar a mis apuntes. "¿A poco no se pasa el 'Tuca' cuando dice que Pumas es mejor que América?", me dice.

No es que yo sea mamila con este "compa", pero es que en verdad, entre los minutos que me quedan y mis nervios, no hay margen de dar mi versión extendida de la rivalidad azulcremas-felinos. "Sí, se pasa el 'Tuca'", es lo único que respondo.

"Porque verá joven, yo pienso que América es mejor en todo, o usté dígame ¿en qué es mejor Pumas?. Nosotros somos mejores, ellos ni en CU nos han ganado en 3 años... bla bla". Si pongo el "bla" es para abreviar seis minutos de un tratado de superioridad americanista que acabaría, me cae, con todo experto de Los Protagonistas y de La Jugada.

Por fin, Juan Edgar (Materazzi) toca el vidrio, me dice que pase (que se cobre el penal) y yo me perfilo. Entro y expongo. Todo fluye bien y, al salir media hora después, al primero que le regalo una sonrisa es al "bigotitos", quien, noble, y no histérico como yo, me saluda cordial y me enseña su escapulario... sostenido por un cordón azul y amarillo.

"Así es mi hermano, 'Tuca' está loco. Somos mejores".