
Le agarré su mano y traté de hablarle, pero estaba completamente entubada y eso me hizo flaquear. Si ella casi no podía mirarme, yo apenas era capaz de susurrar algo, así que ese día, como nunca antes, nuestra conversación fue particularmente complicada. Aquel día que se convirtió con las horas... en el último.
Ese 21 de septiembre de hace 10 años cayó en domingo y tanto mi hermana Lawrence como yo fuimos de los afortunados en todavía ver a mi abuelita Esther llenando de aire flácido el tubo que entraba por su boca, cuyo tamaño y grosor me hacía que el solo mirarla me causara dolor físico. Difícil creer que ese monstruoso conducto que se empañaba y se aclaraba fuera su única forma de seguir aquí, con nosotros, mirando en tandas interrumpidas a mi hermana, luego a mí y, después, al techo. Cuando volteaba para arriba, hacía un gesto. El cáncer golpeando y golpeando. Las muecas eran la voz de los espasmos.
Tomé la mano de mi abue y le dije algunas cosas. Seguramente quise darle ánimo. Si ella soltó una lágrima, eso no lo supe y no lo sabré. Tal vez esa gota que resbaló y mojó el tubo por fuera era eso, una lágrima, tal vez no. Según yo, ella no podía escucharme bien, pero igual apretujé con cuidado su mano izquierda, la de las venas saltonas. Si en el resto de su cuerpo había rigidez a causa de los espasmos, al menos a esa mano se aferraba la última dosis de suavidad de alguien que siempre me dijo "Luigi, te quiero mucho".
Nos marchamos cerca del mediodía y hacia las 4 de la tarde vino la funesta llamada. Mi padre supo todo de este lado del auricular. Mi madre tan sólo supo que mi abue había empeorado. Entendible mentira. Siempre hemos pensado que es mejor decir "media muerte" que "muerte". Uno se hace a la idea y creemos que postergando mitigaremos un poco el dolor.
Al llegar a la clínica, todo estaba más oscuro que en la mañana. Con el sol se habían marchado mi abue Esther y mi entendimiento. A mis 19, ya bastante crecidito, apenas contemplaba la partida de un ser querido de una forma vivencial. Ocho años antes mi abuelo Ramón se había ido, pero el golpe lo canalizó de un modo raro mi niñez, sin que eso significara que no hubiese llorado como escuintle que era.
Todavía pude mirarla y, sin duda, se veía mucho más tranquila que en la mañana. Dormida, sin calor, sin tensión, sin espasmos en el esternón, sin tener que estar soplándose mis caricias sobre las venas saltonas de la mano izquierda, la mano suave a la que el cáncer no pudo ni quiso invadir. Le dejó al menos un rincón sin sufrimiento por dónde respirar.
La miré y no lloré. La estudié y traté de comprender la relación de los temores y de lo que de pronto se convierte en la nueva realidad. Pero ante todo, agradecí eternamente a Dios verla una última vez sin ese tubo en la boca y sin los ojos vidriosos que le pedían ayuda al techo.
Hoy,10 años después de la partida de mi abue, sigo sin llorar por aquella tarde. Cierto que algo me golpea por dentro, pero para eso, prefiero pensar que mi mano izquierda es fuerte y es la que siempre me hace respirar y recordar los grandes instantes con ella. Los que no tienen techo.






