Friday, September 21, 2007

Diez años... sin llorar


Le agarré su mano y traté de hablarle, pero estaba completamente entubada y eso me hizo flaquear. Si ella casi no podía mirarme, yo apenas era capaz de susurrar algo, así que ese día, como nunca antes, nuestra conversación fue particularmente complicada. Aquel día que se convirtió con las horas... en el último.

Ese 21 de septiembre de hace 10 años cayó en domingo y tanto mi hermana Lawrence como yo fuimos de los afortunados en todavía ver a mi abuelita Esther llenando de aire flácido el tubo que entraba por su boca, cuyo tamaño y grosor me hacía que el solo mirarla me causara dolor físico. Difícil creer que ese monstruoso conducto que se empañaba y se aclaraba fuera su única forma de seguir aquí, con nosotros, mirando en tandas interrumpidas a mi hermana, luego a mí y, después, al techo. Cuando volteaba para arriba, hacía un gesto. El cáncer golpeando y golpeando. Las muecas eran la voz de los espasmos.

Tomé la mano de mi abue y le dije algunas cosas. Seguramente quise darle ánimo. Si ella soltó una lágrima, eso no lo supe y no lo sabré. Tal vez esa gota que resbaló y mojó el tubo por fuera era eso, una lágrima, tal vez no. Según yo, ella no podía escucharme bien, pero igual apretujé con cuidado su mano izquierda, la de las venas saltonas. Si en el resto de su cuerpo había rigidez a causa de los espasmos, al menos a esa mano se aferraba la última dosis de suavidad de alguien que siempre me dijo "Luigi, te quiero mucho".

Nos marchamos cerca del mediodía y hacia las 4 de la tarde vino la funesta llamada. Mi padre supo todo de este lado del auricular. Mi madre tan sólo supo que mi abue había empeorado. Entendible mentira. Siempre hemos pensado que es mejor decir "media muerte" que "muerte". Uno se hace a la idea y creemos que postergando mitigaremos un poco el dolor.

Al llegar a la clínica, todo estaba más oscuro que en la mañana. Con el sol se habían marchado mi abue Esther y mi entendimiento. A mis 19, ya bastante crecidito, apenas contemplaba la partida de un ser querido de una forma vivencial. Ocho años antes mi abuelo Ramón se había ido, pero el golpe lo canalizó de un modo raro mi niñez, sin que eso significara que no hubiese llorado como escuintle que era.

Todavía pude mirarla y, sin duda, se veía mucho más tranquila que en la mañana. Dormida, sin calor, sin tensión, sin espasmos en el esternón, sin tener que estar soplándose mis caricias sobre las venas saltonas de la mano izquierda, la mano suave a la que el cáncer no pudo ni quiso invadir. Le dejó al menos un rincón sin sufrimiento por dónde respirar.

La miré y no lloré. La estudié y traté de comprender la relación de los temores y de lo que de pronto se convierte en la nueva realidad. Pero ante todo, agradecí eternamente a Dios verla una última vez sin ese tubo en la boca y sin los ojos vidriosos que le pedían ayuda al techo.

Hoy,10 años después de la partida de mi abue, sigo sin llorar por aquella tarde. Cierto que algo me golpea por dentro, pero para eso, prefiero pensar que mi mano izquierda es fuerte y es la que siempre me hace respirar y recordar los grandes instantes con ella. Los que no tienen techo.

Monday, September 10, 2007

El triunfo de las gorditas


La única actividad que una fémina cumple cabalmente desde la cuna y casi la muerte es ese macabro repaso del cuerpo de otra representante de su especie. Ellas le denominan “barrerse” y lo hacen con tal soltura que hasta al viento le da miedo cruzarse en pleno acto. No vaya a ser que lo tachen de celulítico.

Para las doncellas de nuestra generación (pegándole a los 30’s) fue relativamente fácil ejercer esta profesión viboresca en los años en que Madonna estaba bajo los reflectores como diva dominante. Para todas era sencillo tacharla de “piruja”, “zorra” o “ninfómana”. Enrollarse no costaba trabajo.

Pero en 1998… todo cambió. El multitudinario viboreo femenino se enfrentó a una nueva amenaza cuando de hombre a hombre corría una sola pregunta: “¿Ya viste a la chaparrita que canta ‘Baby One More Time’ con faldita de colegiala y medias encima de la rodilla?

La "Barre-Señal" apareció en el firmamento y despertó al monstruo anacondesco de la especie mujeril. ¿Quién fregados era esta curvilínea tontita que respondía al nombre de Britney Spears, que invadía MTV y que traía no menos que apendejados a todos los trípodes del globo?

Las coralillos, las boas, las de cascabel y especialmente las de celulitis y estrías acudieron al llamado de la sangre y dispusieron la estrategia para destruir con urgente inmediatez la amenaza. Se informaron de que ésta no era una Madonna cualquiera, sino que cantaba como niña babosa y se movía como monumental mujer. Objeto incomprensible y, por ende, no tan fácilmente aniquilable. El apocalipsis de las feas. La “buena nueva” de los garañones en el amanecer del milenio.

Cuando parecía que nada podría empeorar las cosas para la gran anaconda femenina, Britney se dio el lujo de demostrar que aún faltaban gambetas para causar el colapso total de sus detractoras: 1) Se puso un traje de látex rojo para cantar “Oops, I did again” (el título fue tan aplaudido por los sementales como aborrecido por las damiselas), 2) En una entrega de MTV se colgó un enorme y amarillento pitón en los hombros y unificó portadas alrededor del mundo, y 3) Un año después, superó toda expectativa al plantarle, frente a millones de televidentes, un cariñoso kiko con salivita a Madonna, hecho con impacto planetario y que logró lo que nadie antes pudo: provocar que le hirviera la sangre tanto a hombres como a mujeres. Todo... de un lengüetazo.

No hubo, en ese entonces, poder humano que la detuviera, mucho menos mujer que sombra le hiciera. Britney acababa de poner a sus pies a toda la tribu masculina, y de rodillas al perredismo de su propia especie. Tacharla de “revolucionaria” en el arte del marketing carnal era quedarse corto.

Jessica Simpson, Lindsay Lohan y Mandy Moore fueron colocadas en escena como un intento de diversificar el efecto Britney, pero se quedaron a medias y ninguna evitó los raspones de la ineludible comparación con respecto a quien empezó este relajito. Spears consiguió, con ello, que la gran anaconda femenina le quebrara los huesitos a sus malas copias y no a ella. Había desviado la atención, había vencido a la víbora de mil cabezas.

Por desgracia, y al estilo de Cleopatra, Britney acabó consigo misma, se casó, se embarazó, se rapó y gestó “el motivo” que nunca antes había dado para ser apedreada sin clemencia ni piedad. Peor aún, anoche regresó a la vida pública y lo hizo de la manera menos conveniente: mandó a su pancita por delante y después entró ella para cantar en los Premios MTV.

Sí, nutrió al reptil. Lo alimentó y, con ello, devolvió a la vida la convicción envidiosa que reza que no hay mujer que se salve de poner en su abdomen la consistencia de un budín de tapioca. Ahora todas las que la repudiaban la quieren porque ya es una de ellas. El imperecedero instinto de unión entre mujeres, el cobijo y el aprecio, mientras ninguna quiera pasarse de viva (o de buena).

La emancipación de la celulitis, el reinado de Britney que duró nueve años y los hombres que lloramos porque la princesa, con todo y látex, oops... ha muerto.

Sunday, September 2, 2007

Dolores


Desde Marilyn Monroe y Kim Novak hasta Monica Bellucci y Leonor Watling, las mujeres que más añicos han hecho mi cabeza y han puesto en severo predicamento mi sistema sanguíneo tienen tres ineludibles características: cejas pobladas, ojos que hablan hasta gritar y, ante todo, boobies apoteósicas.

Sin embargo, quienes me conocen de años atrás saben bien que mis momentos catárticos han tenido su epicentro en una chaparrita, flaquita, pecosa y no frontalmente virtuosa irlandesa que responde al nombre de Dolores O'Riordan. Bueno, ni siquiera este nombre debería volverme loco, pero el verla me pone tan, pero tan de buenas, que usualmente termino mal.

Prácticamente con ella, por ahí de 1993, clausuré mi gusto infantil por los Hot Wheels e inauguré oficialmente mi gestión de enamoradizo exacerbado y devoto del sexo opuesto. Fue una lumbrera, una revelación el que, acaso, no haya sido una actriz porno o una dama de la vida galante la que cogiera por vez primera mi atención de puberto. Fue ésta, fue Dolores... y esa voz, esa flacucha voz....

Si bien esto ayudó a que en los años siguientes me gustara significativamente The Cranberries, a la vez comprendí que el cuarteto musical era una suma de tres y una, o mejor dicho, de ella y los demás. O mejor dicho: ella, yo, y los demás.

Güera o pelona, cabello negro o rojizo, greñuda o casi rapada, mis hormonas jamás dejaron de licuarse en torno a esta delicia de doncella cuyo ángulo sexy aún no logro encontrar, especialmente cuando uno la ve brincando como gnomo pulguiento en el escenario. Sinceramente, no me importa. El que no tenga sueños líquidos por su culpa me hace sentir que todavía me queda un poco, una pizca y una morusa... de amor inocente.

Y esta noche del 2 de septiembre de 2007 (14 años después de haberla escuchado por primera vez), la susodicha tuvo la decencia de venir por fin a tierra tenochca a traerme gallo. Yo, muy obediente, acomodé el calendario para no faltar a la cita con Lolita, y hasta le dije a mi amadísima esposa que todo intento de violación hacia mis huesitos los agendara en cualquier horario anterior a las 7 PM de hoy y posterior a las 9 AM de mañana (por aquello de no estar echando guayabo y al mismo tiempo pedir que respirara al ritmo de "Zombie").... What's in your head!!!!

Cubiertas mis demandas, fui noble y al lugar de la serenata llevé a mi norteña, a mi hermano Alex y a mi primazo Edgar. Creo que desde que viajábamos en el coche los tres se dieron cuenta de que ya iba yo en estado catatónico, y que cualquier intento por sabotear mis emociones previas al concierto sería premiado con un elegante "'¿No quieres ir?, no vayas, esto es Ping Pong de dos sin reta".

Como buen novio, llegué a la cita una hora antes. Dolores andaba apenas maquillándose, así que maté minutos en tres actividades básicas: caminar 940 veces en torno a un cuadrito cuarteado de la explanada del Auditorio Nacional, hacerme manicure con los dientes y llamar a mis mejores amigos para narrarles a detalle la etapa previa a la primera serenata que no llevo, sino que me traen. Ninguno contestó el maldito celular.

Por fin, a las 7 de la noche con 8 minutos, O'Riordan ordenó que se esfumara la luz y la sala quedó en penumbra para iniciar el recital con exclusivísima dedicatoria al que escribe. "Amor, creo que se le olvidó la falda a Dolores", fue la primera frase romántica que aventé al ver a la hermosísima irlandesa tomar el escenario, acompañada por el trío Colibrí versión Dublín. "¡Hola querido México!", gritó antes de arrancarse con "Zombie" y creyendo que me siguen apodando "México".

En fin. Ya para la segunda rola de la serenata, Dolores se había quitado el saco y andaba enseñando chamorro color Gasparín (fue cuando mi norteña me explicó que no es que no trajera nada abajo, sino que su short, onda teveíta, era sumamente corto). Dedujimos que tampoco traía bra, aunque en ese punto coincidimos por unanimidad en que no lo necesitaba. Aquí radica la muestra de que es amor puro y limpio el que en mí despierta esta veterana de 36 primaveras. Y yo, aun sin boobies qué mirar, desfallezco.

Por ahí de las 8 de la noche le pidió al maestro Juan Penas irlandés que nos dejara solos para interpretarme al oído el "tuuubira, tuuubira" de "When You're Gone", mi favorita, el más grande momento del gallo, su súplica para que yo la perdonara por años y años de ausencia. El clímax, la silenciosa intensidad, la reconciliación.

Superados esos momentos en que uno balbucea y repite como baboso "Ya me puedo morir, ya me puedo morir", vino el final y la despedida que se escurrió dolorosamente y sin avisar. Se manifestó el cliché y al prenderse las luces me encontré congelado, con los ojos titubeando, las manos entrelazadas (tipo señora que le está rezando a San Charbel) y mirando la puerta por la que Lolita se metió y ya no volvió. La vieja táctica del adiós sombrío e intempestivo que, por ser sutilmente rápido, no permite que entendamos que la fémina se ha vuelto a marchar.

Amores de verdad, Dolores de verdad. Y esa voz... esa flacucha voz...

Sunday, August 26, 2007

Uno de estos días te cortaré en pequeños trozos


Escena 1: A finales de los 80 un amigo (de esos altotes y aprovechados) me platica la historia de Jack The Ripper y me enseña una revista donde se resaltaba el centenario de este considerado primer Serial Killer de la historia. En una página aparecían las siguientes líneas, escritas con una especie de tinta roja y fechadas el 25 de septiembre de 1888:

"Querido Jefe, desde hace días oigo que la policía me ha capturado, pero en realidad no me han encontrado. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo de gritar. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo... Atte. Jack".

Aparte de quedarme tieso del miedo y traumado a mis escasos 10 años de edad, con esta vivencia inicia oficialmente mi interés por el destripador que aterrorizó Whitechapel entre 1888 y 1891. Con el paso de los años, encuentro que a este compadre del escalpelo filoso, al que se le atribuye la muerte de cinco prostitutas londinenses, nunca lo pescaron y, mucho menos, descubrieron su identidad.

Escena 2: Hace apenas unos días, mi amiga Claud quiere ponerme a prueba y me manda por mail un par de párrafos para que yo demuestre si realmente soy un conocedor de los asesinos seriales. Con la primera línea que leo, me es suficiente. Le respondo de inmediato su correo diciéndole que se trata de "Son of Sam" (David Berkowitz), dándole la ficha de este sádico lunático que, con su pistolita calibre .44, sembró pánico en Nueva York entre 1976 y 1977.

Escena 3: Entro a un Mixup con mi madre y, en los monitores de la tienda, vemos que están pasando la película de un asesino cuya máscara estaba hecha con la piel de sus víctimas. Mi antecesora le pregunta al que atiende que cuál es el título de tan desagradable cinta, y salgo yo con el currículum vitae completito de Ed Gein, el carnicero de Plainfield. El gerente de Mixup se me queda viendo feo y mi madre me regaña (a mis casi 30 añotes) con un titubeante: "¡Cómo puede ser que te sepas esas cosas tan feas!". Para calmarla y borrarle esta imagen, su lindo hijo le picha un Cd de Barry White y sale con ella del brazo, cantándole suavecito "Can't get enough of your love babe".

Escena 4: Estamos Mara y yo tiradotes en el cuarto y echando tele en una apacible mañana de agosto. En TV Azteca pasan una sección de asesinos seriales y adelantan: "Después de comerciales, les presentaremos las fechorías de Richard Speck, un criminal que en una sola noche mató a ocho enfermeras". Mara, una monada como siempre, avienta un bostezo y luego dice muy quitada de la pena: "Ah, ya sé quién es. Es el loquito bruto que por no percatarse de dejar a una novena con vida, fue acusado por ésta y capturado por la policía". Me quedo perplejo. Mi longeva debilidad por el tema, mis libros que exploran la mente criminal y mis documentales en DVD sobre los asesinos más célebres de la historia han contagiado a mi norteñita y la han hecho una experta en el universo de los matones. Ahora comprendo que no haya puesto un "pero" cuando esta semana le dije que fuéramos al cine a ver "Mr. Brooks".

Pues bien, pasados estos cuatro capítulos, no me excuso ni puedo ocultar que me intrigan las historias de ciertos personajes cuyas mentes, acciones y motivos he sido incapaz de entender y explicarme.

Habrá quien diga que todo individuo tiene un asesino encerrado en el cuerpo y que sólo algunos lo dejan salir por completo, mientras a otros apenas se les escapan inofensivas sombras de ese instinto tan humano e inhumano a la vez. La paradoja que es preferible negar.

Por cierto, el título del presente no es mío. Pertenece a "One of these days I'm going to cut you into little pieces", canción escrita por Pink Floyd en 1971, y la cual intentaba explicar el único momento en que un integrante de la banda sintió verdaderos deseos de cortar en pedazos a alguien que le resultaba sencillamente... extirpable. ¿Una inofensiva sombra que se le escapó?

Tuesday, August 14, 2007

Se repite el penal


Nunca falta.

Desde que se me encomendó una función especial en mi chamba la semana pasada, me concentré en buscar la mejor forma de exponer lo investigado y ponerlo en práctica frente a la plana mayor de la empresa. La cita estaba prevista para hoy a las 12:00 en "el salón de los meros meros" y yo me sentía como Charlie Sheen en su papel de "Wall Street". Parecía que me iba a parar a hablar largo y tendido (y nervioso) frente a Michael Douglas, pero multiplicado por 14. Una cosa sencilla.

Hoy que me levanté, le di un titubeante beso a mi amada, me metí a bañar y se me cayó tres veces el jabón, me pasé la toalla sobre el occipucio 20 veces y me dejé los pies empapados al momento de ponerme los calcetines.

En el camino casi me llevo a una viejita que atravesaba la calle, me pasé un alto y, ya en el Periférico, me percaté que no había prendido el estéreo, algo imposible para mí. Fue entonces cuando recordé que debía calmarme y, para ello, sí, lo confieso, saqué un disco del concierto de Yanni en el Taj Mahal para poner "Waltz en 7/8". Sentía como si el Namasté me invitara a inhalar profundo y como si la cuerda del violín de la rola me dijera: "Ya güey, cálmate, más te vale que dejes los nervios en la cajuela, porque si no, te vas a pandear gacho frente a la plana mayor". Un sabroso apocalipsis.

Al llegar a la chamba y después de ir 3 veces al baño, no faltó el ojaldra de sistemas que me animó: "¿Traes una presentación hecha en Mac?. Lo más seguro es que se desconfigure". Pese al foul personal y al flagrante intento de intimidación de este "Gates tolteca", Dios es grande y mi presentación resistió los embates de una PC, la cual la recibió con un mísera variación en los acentos. Una simple gripe binaria.

Con puntualidad (y nervios), me acerqué a la salita de juntas donde, de antemano, estaban los de la plana mayor. "Luis, colócate donde quedes a la vista de ellos y, cuando yo toque el vidrio y te haga una seña, entras". Esa fue la instrucción que me había dado el buen Juan Edgar, encargado de que toda exposición salga a tiempo y en forma.

12:01 horas en el reloj y Juan Edgar toca el vidrio y me hace la seña de que es momento de tirar el penal. Me perfilo, inhalo, exhalo, tomo la manija de la puerta, abro, pongo medio pie en la salita y... "Luis, ¿nos permites por favor?, ahora te llamamos".

Con muchísimo gusto (y ganas de tirarle un cabezazo a Juan Edgar tipo Zidane), doy las gracias por nada y regreso a mi lugar de origen, o sea, al mundo del "ya casi expones". Yo soltando adrenalina gratis. Es como un gol en una Final, pero qué creen, dice el árbitro que alguien (Juan Edgar) se metió al área y que el tiro se repite.

12:02, 12:03, 12:04 y yo rotando sobre mi propio eje, con mis apuntes en mano y esperando que el árbitro pite para, ahora sí, cobrar el penal. De pronto.... alguien me llama, pero el sonido no proviene de la sala de juntas, sino del pasillo opuesto: "Qué pasó mi cuate, ¿hora de juntas?".

Quien me busca es ni más ni menos que...., bueno, no me sé su nombre, pero es un bigotón de intendencia que siempre interrumpe sus deberes cuando en la televisión se está transmitiendo un partido del América. O sea, éste cambia de plumaje más que de corte de cabello y su mostacho parece una alita de águila extendida y que vuela feliz sobre cada sonrisa que esboza. "Sí", contesto seco, antes de regresar a mis apuntes. "¿A poco no se pasa el 'Tuca' cuando dice que Pumas es mejor que América?", me dice.

No es que yo sea mamila con este "compa", pero es que en verdad, entre los minutos que me quedan y mis nervios, no hay margen de dar mi versión extendida de la rivalidad azulcremas-felinos. "Sí, se pasa el 'Tuca'", es lo único que respondo.

"Porque verá joven, yo pienso que América es mejor en todo, o usté dígame ¿en qué es mejor Pumas?. Nosotros somos mejores, ellos ni en CU nos han ganado en 3 años... bla bla". Si pongo el "bla" es para abreviar seis minutos de un tratado de superioridad americanista que acabaría, me cae, con todo experto de Los Protagonistas y de La Jugada.

Por fin, Juan Edgar (Materazzi) toca el vidrio, me dice que pase (que se cobre el penal) y yo me perfilo. Entro y expongo. Todo fluye bien y, al salir media hora después, al primero que le regalo una sonrisa es al "bigotitos", quien, noble, y no histérico como yo, me saluda cordial y me enseña su escapulario... sostenido por un cordón azul y amarillo.

"Así es mi hermano, 'Tuca' está loco. Somos mejores".

Thursday, August 9, 2007

Juré que era casada... mi esposa


La primera vez que la vi aposté a que era casada. Ella solía venir a trabajar como apoyo de deportes a las sesiones de madrugada del Mundial del 2002. Recuerdo sus bucles güeritos, abultados, eran rizos que apuntaban a todos lados y a ninguno (seguro no apuntaban a mí). Bostezaba y bostezaba, traía unos converse de distinto color cada día y lucía orgullosa una playera de la Selección. Sí, medio fachas.

Cinco años después, efectivamente ella está casada... ¡pero conmigo!. No, no le apliqué bajín a ningún caballero. No, en ese entonces no estaba ella dándole besitos a algún garañón. No, no me la chacaleé. No, jamás imaginé que sería eventualmente mi esposa. Es más, la norteñita y yo llegamos a confesarnos, en una salida de cuates, que jamás nos meteríamos en esa burbuja psicodélica ancestral denominada "matrimonio". Chocamos vasos, lo juramos en nombre de la bendita soltería y aquí estamos hoy, durmiendo de cucharita los dos grandes mentirosos cuyas promesas valieron pa' puro queso. Para comprender el valor real de un juramento solteril, sólo se requiere romperlo a la primera noche de vinito, jamoncito serrano y unas cuantas gotitas de guayabo.

De ser una dupla de amigos decentes, mi güerita y yo pasamos a consumidores del vicio. Nos fumamos caricias, aprendimos de memoria nuestros lunares, nos inyectamos elevadas dosis de complacencia y el mundo horizontal se nos empezó a hacer particularmente sabroso. Placeres inconfesables. Tanto placer como ver quién de los dos tenía los tobillos más bonitos. Ocio de pareja, ocio del bueno.

Las sesiones de urgencia y las dudas existenciales dejaron de atolondrarme cuando pronuncié mis votos ante el sacerdote y me di cuenta de que mi convicción al hablar la estaba haciendo chillar bien canijo (estuve a nada de decirle que no hiciera dramas enfrente de la gente). Aquella noche de bodas en Cocoyoc me hizo algo que ni el castellano (ni Google) nomás no me ayudan a definir. Sólo sé que ella dejó de ser mi última visita nocturna para convertirse en mi primer parpadeo del amanecer. Ningún romanticismo tan puro como mirarla entre lagañas. El verdadero amor es cotidiano. Esa es mi tesis a casi tres años de casado (cazado).

Dejé de dormir con las manos metidas en los boxers y me hice al hábito de, mejor, rascar la almohada. Dejé de poner seguro en el baño durante la ducha y dejé de salir de la regadera sin importarme si alguien entraba y practicaba patinaje con el jabón en el piso. Además, comencé a doblar mi ropa y a fingir que soy ordenado. La pantomima duró dos meses.

Hoy que cumple 31 años mi calzonuda norteña, la celebro a lo grande y me festejo a mí mismo por mi único gran acierto en esta vida de fajines, toquines y trajines, acierto que me hizo retirarme como casanova de siete centavos y debutar como marido de un mujerón. Me sigo burlando de mis poses cuando el poli de la casa me pregunta "¿Señor, necesita que le ayude con el súper?" (otra farsa: seré mandil, pero no hago el súper). Y lo de "señor" lo traduzco como un antídoto a mi cara de niño.

En fin. Probé lo ajeno, me dijeron que ya era "mío", según el acta matrimonial y la decisión de Dios, y ya me gustó. Aunque entre más es ella mía, menos soy yo mío. Soy otro. Una mitad de ella me hace vivir sobrado (incluso en mi peso) y digo con inestimable dicha que me echo dos latas diarias de cultura tijuanense y no me provoca reflujo. Recuperé mi capacidad de sorpresa, la pierdo cada noche y la retomo con algún chascarrillo de su jolgoriosa forma de hablar ("Marido, llévame al 'Starbacks'"). No sé qué es lo que menos me gusta, si el tonito del "Estarbocks" (como pronunciamos los chilangos) o lo de "Marido" (mi cara de niño saca tres arrugas al recibir tan bonita palabra de mi güerota).

En fin, llegué puntual al matrimonio, hoy celebro los 31 de mi norteñaza, y pienso seguir entregando mi fidelidad y mi ropa mal doblada a quien me recuerda, por más que me enterque en lo contrario, que estoy químicamente enamorado de la que juré estaba casada con otro hace años.

Ya lo dijo un gran amigo: "Jamás los visualicé a ustedes juntos cuando solteros. Hoy que los veo casados, no los imagino separados".

Tiene razón. Aunque no puedo roncar a placer ni rascarme con descaro en la cama, tiene razón.

Monday, July 30, 2007

Los traficantes


21:34 horas. En pleno cierre de la edición de deportes, un amigo (llamémosle el Señor G) se me acerca y, cuidando sus espaldas de sombras femeninas, baja la voz y me habla al oído: "¿Ya viste las fotos de Irán Castillo como Dios la trajo al mundo de la revista H?".

Como si yo hubiese solicitado más detalles, me toma del brazo, me lleva dos pasos lejos de los fisgones y se baja los anteojos para verme directo por encima de ellos. Mirada de anciano raboverde: "¿Sí me escuchaste o me andas huyendo, maricón?. Te pregunto que si ya tienes las fotos de Irán". Este tio cree que no entiendo lo que es una fruta sin cáscara. "No hermano, no he tenido el placer de verlas".

El Señor G se queda impávido y luego retoma el habla. "Mañana vienes, mañana te veo, mañana las tienes". Siento como si me fueran a vender anfetaminas. Pasan un par de compañeras de trabajo y mi amigo les sonríe con ese cinismo que me hace apreciarlo casi de modo entrañable. "Ya me oíste fresita, tal y como pediste, mañana tienes las fotos de esta mamita". Si bien es cierto que no me negué, tampoco recuerdo haber solicitado algún cargamento fotográfico.

23:48 horas. Han pasado más de dos horas desde que el Señor G me ofreció 200 gramos de `crack´ originario de Irán, y me encuentro sentado y tranquilo frente a mi computadora. Sin aviso ni advertencia, percibo una respiración a mis espaldas. Volteo y encuentro a otro buen compadre (llamémosle el Joven E). También trae anteojos y la misma mirada que esconde intenciones y lubrica secretos. Su rasposa voz de catacumba me hace ofrecerle una mentita.

"Mi estimado", comienza elegante. "No es que yo sea un sabueso que ande husmeando, pero con todo y la discreción de cierto personaje hace rato, escuché que te ofrecía las fotografías de una nena que salía en la novela Clase 406, ¿estoy en lo correcto?". "No veo novelas juveniles, pero sí, me ofrecieron ese polvito", le contesto muy quitado de la pena.

"Muy bien", continúa mi desinteresado benefactor. "Debido a que te considero buena bestia y ya que estamos en una chamba muy estresante, me he permitido enviar a tu mail un paquete que fluye discretamente en la red y que cayó en mis manos por casualidad (ajá). Quizá te alegre la semana, así que abre tus carpetas".

El Joven E ni siquiera se despide. Se acomoda con el índice sus anteojos y me deja una palmada en el hombro antes de marcharse en silencio. Signo inequívoco de que confía en que abriré mi correo electrónico en un lapso no mayor a dos minutos y sin pájaros en el alambre.

Cumplo la misión y en mi monitor aparecen 20 fotos provenientes de las más recónditas e inhóspitas regiones de Irán. Es la primera información valiosa que recibo en el día, y después de un rápido vistazo, sustituyo esta ventana por mi carpeta de canciones de I-Tunes. Justo a tiempo, pues aparece de pronto una compañera (a la que llamaremos Doña N), quien me dice muy mona: "¿Aquí a estas horas?, híjole, me cae que tú sí trabajas". Yo le agradezco el halago a mi hipocresía con una sonrisota que me brota directamente de la cáscara y que me sabe deliciosa. "Gracias, es que ando checando unos pendientes".

Apago mi máquina (y también mi computadora) y me marcho con la misma mirada que tenían "G" y "E". La fraternidad masculina, esa sociedad secreta que profesa la ayuda mutua y se remonta a los amaneceres medievales, ha florecido y una vez más se ha abrazado a sí misma. Todos somos compas, hermanos, masones. Yo no sé ni dónde viven estos dos y, sin embargo, nótese el monumental desinterés para conmigo.

"Cochinos, caldufos". Dos términos con los que a las féminas les conforta compactarnos cual si fuésemos una gran plastilina hormonal. Puede que tengan razón, pero habrá que reconocer que la elegancia, sutileza y generosidad de la gran logia masculina son loables. ¿Alguna damisela le dice a otra doncella "hermana" o "comadre"?

Los hombres, conocidos o extraños entre nosotros, jamás dejamos al prójimo desamparado. La sangre llama. No nos culpen cuando, en realidad, esta fraternidad (y sus acciones) se sublima gracias y sólo gracias a ustedes, hermosas mujeres.

Los abraza desde las entrañas y sin cáscara... el Señor I.

Monday, July 9, 2007

52 años


Éste va dedicado a Cristóbal Colón, a Xavier López "Chabelo" y a Gustavo Pedro Echaniz, ya que estos tres personajes han sido apodos que durante años el zángano que escribe le ha colocado a su sacrosanta madre.

"¡¡¡Quéeeee!!!, no manches. ¡¿Así le dices a tu mamá, grandísimo irrespetuoso?!". Sí, así es. Todo ha ido conforme a los cortes de cabello que ha usado mi mamacita linda, pero ya lo explicó mejor mi papá alguna vez: "Lo peor es que a Rocío (nombre verdadero de mi madre) le fascina que éste la vacile y le ponga apodos".

Si mi progenitora me soporta es porque se ríe con mis bromas pesadas, y si se ríe con mis bromas pesadas es porque, amén de mis hermanos, desde el cascarón me propuse ser el consentidote. "¡Oye mamá, pero Luis hizo lo mismo y no lo regañas!", decía mi lindísima hermana Lawrence cuando niños. "¡Mamá, pero a Luis sí lo dejas hacer esto y lo otro y a mí que ni se me ocurra porque ufff, así me va!", fue un posterior reclamo de Alex, mi hermano menor.

Y a mí me mataba de la risa que ella les contestara con una elegantísima frase: "A todos los trato igual y a él también lo regaño"… Apoteósica respuesta, monumental. Madre, te quiero por hacer de mí un "consen" recalcitrante. El que jamás lo hayas admitido es otro asunto. Atesoro tu ruidoso silencio.

Pero proclamarme "consen" (término requetecajeteante para los dos querubines que tengo por hermanos) me costó mucho. Ya puedo oir a Lawrence leyendo esto y diciendo "Hijo del mal. Espérame mi'jita, que estoy leyendo a tu tio y es un cínico".

No me importa. Pagué tributo... y con sangre. Hubo dos episodios en mi niñez que colocaron suficiente dosis de sufrimiento para, al final, convertir al marinerito, segundo de la tripleta de hijos, en el capitán de los ojos de mi madre.

1) Inicios de los 80. Mi mamá lleva agarrada de su mano derecha a mi hermana Lawrence (versión de cinco años y menos morenita que en la actualidad), y en la izquierda trae dos objetos: un caballito de madera y yo (versión tres años y con mi mismo tono leche descremada de la actualidad). En fin. Bajamos los cuatro personajes con algo de dificultad por las escaleras de nuestro entonces edificio cercano a Viaducto cuando de pronto, un desliz. No sé quién pega un caderazo, da un paso en falso y saca de balance a mi madre. Ella alcanza a salvar a dos de tres, o sea, a la mayoría. Sujeta a mi hermana, agarra el caballito de madera y... Dios me acompañe en mi rápido descenso por los escalones. Ningún chavito ha dado tantos taconazos con su barbilla como yo. Acabo de hacer historia, pero esperen, que todavía no acabo de caer. Reboto en el descanso del piso dos y... un pequeño desbalance (¡no se quiten sus cinturones hasta que el vehículo se haya detenido por completo!), retomo el desplome. Sigo dando vueltas y zapateados con el mentón, la nariz y el occipucio hasta que, por fin, el muro del piso uno marca el desenlace de este lance que es el enlace de mi cabeza con un trance. Tengo míseros tres años y ya hablo ruso y eslovaco al mismo tiempo, con un ojo cerrado y el otro desviado. Parezco cíclope. Ni qué decir del implante de silicón copa DD que me crece en la frente. De lejos escucho la voz de mi mamá y de cerca la veo llegar dizque muy afligida con mi hermana en un brazo y el caballito de madera, botado de la risa, en el otro.

2) Mediados de los 80. Lawrence y yo estamos jugando en un pasillo del condominio de Rancho del Arco. Ella anda cante y cante alguna nacada de Los Chamos, mientras yo me entretengo con un balón. Según yo, tengo el control de las dimensiones del espacio, pero en un desafortunado sprint tras el esférico, veo lastimosamente que éste rebota en la pared y mis pies no bajan la velocidad. Alcanzo a observar el material de mi demolición y caigo en la cuenta de que no traigo cinturón de seguridad. Instantes después, intercambio banderines con el muro de tirol. Yo le entrego un tercio de mi boca y a mí se me obsequia la cantidad proporcional de hinchazón. Tengo labio leporino. Mi hermana Lawrence, antes que checar si tengo o no signos vitales, empieza a tocar el timbre como loca (parece que se está electrocutando). Y mi madre, entre la lavadora, la aspiradora, la llave del agua y su LP de Mocedades, tarda como dos días en abrir la puerta. Yo ya hasta me acomodé en el piso y me empiezo a divertir haciendo bombitas de sangre. Para cuando abre mi mamá, dizque muy afligida, mi labio está destinado a la aguja.

En fin. Pasados los martirios, el "consen" se consolidó en los años posteriores, desplazando incluso a los feroces caballitos de madera. Ahora me hace sombra mi sobrina Reni, pero entiendo que la babita del nieto opaca las arrugas del hijo.

Quise hablar de mi hermosa güerita de León, Guanajuato (chiiiaale) porque da la casualidad de que hoy cumple 52 años y porque justo por estos minutos, pero hace 30 años, estaba echando guayabín guayabesco con mi sacrosanto padre (¡sumen bien!, tengo 29 y cumplo en abril), con la intención de traer al mundo al que escribe.

Pero este zángano que le ha dado zapes, le ha metido el pie y la ha apodado "Chabelo" y "Colón", siempre le agradecerá haber hecho de la casa un hogar, haber puesto aromas agradables en la mesa que siempre espera a todos aunque ya no esté completa, y haberme dado refugio y una cálida caricia desde el primer tango que armé.

"Mi vida, pide por mi salud", me dijo hoy justamente. Sin duda, madre. Todos los días, y sin excepción, este zángano envía la plegaria.