
Desde Marilyn Monroe y Kim Novak hasta Monica Bellucci y Leonor Watling, las mujeres que más añicos han hecho mi cabeza y han puesto en severo predicamento mi sistema sanguíneo tienen tres ineludibles características: cejas pobladas, ojos que hablan hasta gritar y, ante todo, boobies apoteósicas.
Sin embargo, quienes me conocen de años atrás saben bien que mis momentos catárticos han tenido su epicentro en una chaparrita, flaquita, pecosa y no frontalmente virtuosa irlandesa que responde al nombre de Dolores O'Riordan. Bueno, ni siquiera este nombre debería volverme loco, pero el verla me pone tan, pero tan de buenas, que usualmente termino mal.
Prácticamente con ella, por ahí de 1993, clausuré mi gusto infantil por los Hot Wheels e inauguré oficialmente mi gestión de enamoradizo exacerbado y devoto del sexo opuesto. Fue una lumbrera, una revelación el que, acaso, no haya sido una actriz porno o una dama de la vida galante la que cogiera por vez primera mi atención de puberto. Fue ésta, fue Dolores... y esa voz, esa flacucha voz....
Si bien esto ayudó a que en los años siguientes me gustara significativamente The Cranberries, a la vez comprendí que el cuarteto musical era una suma de tres y una, o mejor dicho, de ella y los demás. O mejor dicho: ella, yo, y los demás.
Güera o pelona, cabello negro o rojizo, greñuda o casi rapada, mis hormonas jamás dejaron de licuarse en torno a esta delicia de doncella cuyo ángulo sexy aún no logro encontrar, especialmente cuando uno la ve brincando como gnomo pulguiento en el escenario. Sinceramente, no me importa. El que no tenga sueños líquidos por su culpa me hace sentir que todavía me queda un poco, una pizca y una morusa... de amor inocente.
Y esta noche del 2 de septiembre de 2007 (14 años después de haberla escuchado por primera vez), la susodicha tuvo la decencia de venir por fin a tierra tenochca a traerme gallo. Yo, muy obediente, acomodé el calendario para no faltar a la cita con Lolita, y hasta le dije a mi amadísima esposa que todo intento de violación hacia mis huesitos los agendara en cualquier horario anterior a las 7 PM de hoy y posterior a las 9 AM de mañana (por aquello de no estar echando guayabo y al mismo tiempo pedir que respirara al ritmo de "Zombie").... What's in your head!!!!
Cubiertas mis demandas, fui noble y al lugar de la serenata llevé a mi norteña, a mi hermano Alex y a mi primazo Edgar. Creo que desde que viajábamos en el coche los tres se dieron cuenta de que ya iba yo en estado catatónico, y que cualquier intento por sabotear mis emociones previas al concierto sería premiado con un elegante "'¿No quieres ir?, no vayas, esto es Ping Pong de dos sin reta".
Como buen novio, llegué a la cita una hora antes. Dolores andaba apenas maquillándose, así que maté minutos en tres actividades básicas: caminar 940 veces en torno a un cuadrito cuarteado de la explanada del Auditorio Nacional, hacerme manicure con los dientes y llamar a mis mejores amigos para narrarles a detalle la etapa previa a la primera serenata que no llevo, sino que me traen. Ninguno contestó el maldito celular.
Por fin, a las 7 de la noche con 8 minutos, O'Riordan ordenó que se esfumara la luz y la sala quedó en penumbra para iniciar el recital con exclusivísima dedicatoria al que escribe. "Amor, creo que se le olvidó la falda a Dolores", fue la primera frase romántica que aventé al ver a la hermosísima irlandesa tomar el escenario, acompañada por el trío Colibrí versión Dublín. "¡Hola querido México!", gritó antes de arrancarse con "Zombie" y creyendo que me siguen apodando "México".
En fin. Ya para la segunda rola de la serenata, Dolores se había quitado el saco y andaba enseñando chamorro color Gasparín (fue cuando mi norteña me explicó que no es que no trajera nada abajo, sino que su short, onda teveíta, era sumamente corto). Dedujimos que tampoco traía bra, aunque en ese punto coincidimos por unanimidad en que no lo necesitaba. Aquí radica la muestra de que es amor puro y limpio el que en mí despierta esta veterana de 36 primaveras. Y yo, aun sin boobies qué mirar, desfallezco.
Por ahí de las 8 de la noche le pidió al maestro Juan Penas irlandés que nos dejara solos para interpretarme al oído el "tuuubira, tuuubira" de "When You're Gone", mi favorita, el más grande momento del gallo, su súplica para que yo la perdonara por años y años de ausencia. El clímax, la silenciosa intensidad, la reconciliación.
Superados esos momentos en que uno balbucea y repite como baboso "Ya me puedo morir, ya me puedo morir", vino el final y la despedida que se escurrió dolorosamente y sin avisar. Se manifestó el cliché y al prenderse las luces me encontré congelado, con los ojos titubeando, las manos entrelazadas (tipo señora que le está rezando a San Charbel) y mirando la puerta por la que Lolita se metió y ya no volvió. La vieja táctica del adiós sombrío e intempestivo que, por ser sutilmente rápido, no permite que entendamos que la fémina se ha vuelto a marchar.
Amores de verdad, Dolores de verdad. Y esa voz... esa flacucha voz...






