
La primera vez que la vi aposté a que era casada. Ella solía venir a trabajar como apoyo de deportes a las sesiones de madrugada del Mundial del 2002. Recuerdo sus bucles güeritos, abultados, eran rizos que apuntaban a todos lados y a ninguno (seguro no apuntaban a mí). Bostezaba y bostezaba, traía unos converse de distinto color cada día y lucía orgullosa una playera de la Selección. Sí, medio fachas.
Cinco años después, efectivamente ella está casada... ¡pero conmigo!. No, no le apliqué bajín a ningún caballero. No, en ese entonces no estaba ella dándole besitos a algún garañón. No, no me la chacaleé. No, jamás imaginé que sería eventualmente mi esposa. Es más, la norteñita y yo llegamos a confesarnos, en una salida de cuates, que jamás nos meteríamos en esa burbuja psicodélica ancestral denominada "matrimonio". Chocamos vasos, lo juramos en nombre de la bendita soltería y aquí estamos hoy, durmiendo de cucharita los dos grandes mentirosos cuyas promesas valieron pa' puro queso. Para comprender el valor real de un juramento solteril, sólo se requiere romperlo a la primera noche de vinito, jamoncito serrano y unas cuantas gotitas de guayabo.
De ser una dupla de amigos decentes, mi güerita y yo pasamos a consumidores del vicio. Nos fumamos caricias, aprendimos de memoria nuestros lunares, nos inyectamos elevadas dosis de complacencia y el mundo horizontal se nos empezó a hacer particularmente sabroso. Placeres inconfesables. Tanto placer como ver quién de los dos tenía los tobillos más bonitos. Ocio de pareja, ocio del bueno.
Las sesiones de urgencia y las dudas existenciales dejaron de atolondrarme cuando pronuncié mis votos ante el sacerdote y me di cuenta de que mi convicción al hablar la estaba haciendo chillar bien canijo (estuve a nada de decirle que no hiciera dramas enfrente de la gente). Aquella noche de bodas en Cocoyoc me hizo algo que ni el castellano (ni Google) nomás no me ayudan a definir. Sólo sé que ella dejó de ser mi última visita nocturna para convertirse en mi primer parpadeo del amanecer. Ningún romanticismo tan puro como mirarla entre lagañas. El verdadero amor es cotidiano. Esa es mi tesis a casi tres años de casado (cazado).
Dejé de dormir con las manos metidas en los boxers y me hice al hábito de, mejor, rascar la almohada. Dejé de poner seguro en el baño durante la ducha y dejé de salir de la regadera sin importarme si alguien entraba y practicaba patinaje con el jabón en el piso. Además, comencé a doblar mi ropa y a fingir que soy ordenado. La pantomima duró dos meses.
Hoy que cumple 31 años mi calzonuda norteña, la celebro a lo grande y me festejo a mí mismo por mi único gran acierto en esta vida de fajines, toquines y trajines, acierto que me hizo retirarme como casanova de siete centavos y debutar como marido de un mujerón. Me sigo burlando de mis poses cuando el poli de la casa me pregunta "¿Señor, necesita que le ayude con el súper?" (otra farsa: seré mandil, pero no hago el súper). Y lo de "señor" lo traduzco como un antídoto a mi cara de niño.
En fin. Probé lo ajeno, me dijeron que ya era "mío", según el acta matrimonial y la decisión de Dios, y ya me gustó. Aunque entre más es ella mía, menos soy yo mío. Soy otro. Una mitad de ella me hace vivir sobrado (incluso en mi peso) y digo con inestimable dicha que me echo dos latas diarias de cultura tijuanense y no me provoca reflujo. Recuperé mi capacidad de sorpresa, la pierdo cada noche y la retomo con algún chascarrillo de su jolgoriosa forma de hablar ("Marido, llévame al 'Starbacks'"). No sé qué es lo que menos me gusta, si el tonito del "Estarbocks" (como pronunciamos los chilangos) o lo de "Marido" (mi cara de niño saca tres arrugas al recibir tan bonita palabra de mi güerota).
En fin, llegué puntual al matrimonio, hoy celebro los 31 de mi norteñaza, y pienso seguir entregando mi fidelidad y mi ropa mal doblada a quien me recuerda, por más que me enterque en lo contrario, que estoy químicamente enamorado de la que juré estaba casada con otro hace años.
Ya lo dijo un gran amigo: "Jamás los visualicé a ustedes juntos cuando solteros. Hoy que los veo casados, no los imagino separados".
Tiene razón. Aunque no puedo roncar a placer ni rascarme con descaro en la cama, tiene razón.






