Monday, July 30, 2007

Los traficantes


21:34 horas. En pleno cierre de la edición de deportes, un amigo (llamémosle el Señor G) se me acerca y, cuidando sus espaldas de sombras femeninas, baja la voz y me habla al oído: "¿Ya viste las fotos de Irán Castillo como Dios la trajo al mundo de la revista H?".

Como si yo hubiese solicitado más detalles, me toma del brazo, me lleva dos pasos lejos de los fisgones y se baja los anteojos para verme directo por encima de ellos. Mirada de anciano raboverde: "¿Sí me escuchaste o me andas huyendo, maricón?. Te pregunto que si ya tienes las fotos de Irán". Este tio cree que no entiendo lo que es una fruta sin cáscara. "No hermano, no he tenido el placer de verlas".

El Señor G se queda impávido y luego retoma el habla. "Mañana vienes, mañana te veo, mañana las tienes". Siento como si me fueran a vender anfetaminas. Pasan un par de compañeras de trabajo y mi amigo les sonríe con ese cinismo que me hace apreciarlo casi de modo entrañable. "Ya me oíste fresita, tal y como pediste, mañana tienes las fotos de esta mamita". Si bien es cierto que no me negué, tampoco recuerdo haber solicitado algún cargamento fotográfico.

23:48 horas. Han pasado más de dos horas desde que el Señor G me ofreció 200 gramos de `crack´ originario de Irán, y me encuentro sentado y tranquilo frente a mi computadora. Sin aviso ni advertencia, percibo una respiración a mis espaldas. Volteo y encuentro a otro buen compadre (llamémosle el Joven E). También trae anteojos y la misma mirada que esconde intenciones y lubrica secretos. Su rasposa voz de catacumba me hace ofrecerle una mentita.

"Mi estimado", comienza elegante. "No es que yo sea un sabueso que ande husmeando, pero con todo y la discreción de cierto personaje hace rato, escuché que te ofrecía las fotografías de una nena que salía en la novela Clase 406, ¿estoy en lo correcto?". "No veo novelas juveniles, pero sí, me ofrecieron ese polvito", le contesto muy quitado de la pena.

"Muy bien", continúa mi desinteresado benefactor. "Debido a que te considero buena bestia y ya que estamos en una chamba muy estresante, me he permitido enviar a tu mail un paquete que fluye discretamente en la red y que cayó en mis manos por casualidad (ajá). Quizá te alegre la semana, así que abre tus carpetas".

El Joven E ni siquiera se despide. Se acomoda con el índice sus anteojos y me deja una palmada en el hombro antes de marcharse en silencio. Signo inequívoco de que confía en que abriré mi correo electrónico en un lapso no mayor a dos minutos y sin pájaros en el alambre.

Cumplo la misión y en mi monitor aparecen 20 fotos provenientes de las más recónditas e inhóspitas regiones de Irán. Es la primera información valiosa que recibo en el día, y después de un rápido vistazo, sustituyo esta ventana por mi carpeta de canciones de I-Tunes. Justo a tiempo, pues aparece de pronto una compañera (a la que llamaremos Doña N), quien me dice muy mona: "¿Aquí a estas horas?, híjole, me cae que tú sí trabajas". Yo le agradezco el halago a mi hipocresía con una sonrisota que me brota directamente de la cáscara y que me sabe deliciosa. "Gracias, es que ando checando unos pendientes".

Apago mi máquina (y también mi computadora) y me marcho con la misma mirada que tenían "G" y "E". La fraternidad masculina, esa sociedad secreta que profesa la ayuda mutua y se remonta a los amaneceres medievales, ha florecido y una vez más se ha abrazado a sí misma. Todos somos compas, hermanos, masones. Yo no sé ni dónde viven estos dos y, sin embargo, nótese el monumental desinterés para conmigo.

"Cochinos, caldufos". Dos términos con los que a las féminas les conforta compactarnos cual si fuésemos una gran plastilina hormonal. Puede que tengan razón, pero habrá que reconocer que la elegancia, sutileza y generosidad de la gran logia masculina son loables. ¿Alguna damisela le dice a otra doncella "hermana" o "comadre"?

Los hombres, conocidos o extraños entre nosotros, jamás dejamos al prójimo desamparado. La sangre llama. No nos culpen cuando, en realidad, esta fraternidad (y sus acciones) se sublima gracias y sólo gracias a ustedes, hermosas mujeres.

Los abraza desde las entrañas y sin cáscara... el Señor I.

Monday, July 9, 2007

52 años


Éste va dedicado a Cristóbal Colón, a Xavier López "Chabelo" y a Gustavo Pedro Echaniz, ya que estos tres personajes han sido apodos que durante años el zángano que escribe le ha colocado a su sacrosanta madre.

"¡¡¡Quéeeee!!!, no manches. ¡¿Así le dices a tu mamá, grandísimo irrespetuoso?!". Sí, así es. Todo ha ido conforme a los cortes de cabello que ha usado mi mamacita linda, pero ya lo explicó mejor mi papá alguna vez: "Lo peor es que a Rocío (nombre verdadero de mi madre) le fascina que éste la vacile y le ponga apodos".

Si mi progenitora me soporta es porque se ríe con mis bromas pesadas, y si se ríe con mis bromas pesadas es porque, amén de mis hermanos, desde el cascarón me propuse ser el consentidote. "¡Oye mamá, pero Luis hizo lo mismo y no lo regañas!", decía mi lindísima hermana Lawrence cuando niños. "¡Mamá, pero a Luis sí lo dejas hacer esto y lo otro y a mí que ni se me ocurra porque ufff, así me va!", fue un posterior reclamo de Alex, mi hermano menor.

Y a mí me mataba de la risa que ella les contestara con una elegantísima frase: "A todos los trato igual y a él también lo regaño"… Apoteósica respuesta, monumental. Madre, te quiero por hacer de mí un "consen" recalcitrante. El que jamás lo hayas admitido es otro asunto. Atesoro tu ruidoso silencio.

Pero proclamarme "consen" (término requetecajeteante para los dos querubines que tengo por hermanos) me costó mucho. Ya puedo oir a Lawrence leyendo esto y diciendo "Hijo del mal. Espérame mi'jita, que estoy leyendo a tu tio y es un cínico".

No me importa. Pagué tributo... y con sangre. Hubo dos episodios en mi niñez que colocaron suficiente dosis de sufrimiento para, al final, convertir al marinerito, segundo de la tripleta de hijos, en el capitán de los ojos de mi madre.

1) Inicios de los 80. Mi mamá lleva agarrada de su mano derecha a mi hermana Lawrence (versión de cinco años y menos morenita que en la actualidad), y en la izquierda trae dos objetos: un caballito de madera y yo (versión tres años y con mi mismo tono leche descremada de la actualidad). En fin. Bajamos los cuatro personajes con algo de dificultad por las escaleras de nuestro entonces edificio cercano a Viaducto cuando de pronto, un desliz. No sé quién pega un caderazo, da un paso en falso y saca de balance a mi madre. Ella alcanza a salvar a dos de tres, o sea, a la mayoría. Sujeta a mi hermana, agarra el caballito de madera y... Dios me acompañe en mi rápido descenso por los escalones. Ningún chavito ha dado tantos taconazos con su barbilla como yo. Acabo de hacer historia, pero esperen, que todavía no acabo de caer. Reboto en el descanso del piso dos y... un pequeño desbalance (¡no se quiten sus cinturones hasta que el vehículo se haya detenido por completo!), retomo el desplome. Sigo dando vueltas y zapateados con el mentón, la nariz y el occipucio hasta que, por fin, el muro del piso uno marca el desenlace de este lance que es el enlace de mi cabeza con un trance. Tengo míseros tres años y ya hablo ruso y eslovaco al mismo tiempo, con un ojo cerrado y el otro desviado. Parezco cíclope. Ni qué decir del implante de silicón copa DD que me crece en la frente. De lejos escucho la voz de mi mamá y de cerca la veo llegar dizque muy afligida con mi hermana en un brazo y el caballito de madera, botado de la risa, en el otro.

2) Mediados de los 80. Lawrence y yo estamos jugando en un pasillo del condominio de Rancho del Arco. Ella anda cante y cante alguna nacada de Los Chamos, mientras yo me entretengo con un balón. Según yo, tengo el control de las dimensiones del espacio, pero en un desafortunado sprint tras el esférico, veo lastimosamente que éste rebota en la pared y mis pies no bajan la velocidad. Alcanzo a observar el material de mi demolición y caigo en la cuenta de que no traigo cinturón de seguridad. Instantes después, intercambio banderines con el muro de tirol. Yo le entrego un tercio de mi boca y a mí se me obsequia la cantidad proporcional de hinchazón. Tengo labio leporino. Mi hermana Lawrence, antes que checar si tengo o no signos vitales, empieza a tocar el timbre como loca (parece que se está electrocutando). Y mi madre, entre la lavadora, la aspiradora, la llave del agua y su LP de Mocedades, tarda como dos días en abrir la puerta. Yo ya hasta me acomodé en el piso y me empiezo a divertir haciendo bombitas de sangre. Para cuando abre mi mamá, dizque muy afligida, mi labio está destinado a la aguja.

En fin. Pasados los martirios, el "consen" se consolidó en los años posteriores, desplazando incluso a los feroces caballitos de madera. Ahora me hace sombra mi sobrina Reni, pero entiendo que la babita del nieto opaca las arrugas del hijo.

Quise hablar de mi hermosa güerita de León, Guanajuato (chiiiaale) porque da la casualidad de que hoy cumple 52 años y porque justo por estos minutos, pero hace 30 años, estaba echando guayabín guayabesco con mi sacrosanto padre (¡sumen bien!, tengo 29 y cumplo en abril), con la intención de traer al mundo al que escribe.

Pero este zángano que le ha dado zapes, le ha metido el pie y la ha apodado "Chabelo" y "Colón", siempre le agradecerá haber hecho de la casa un hogar, haber puesto aromas agradables en la mesa que siempre espera a todos aunque ya no esté completa, y haberme dado refugio y una cálida caricia desde el primer tango que armé.

"Mi vida, pide por mi salud", me dijo hoy justamente. Sin duda, madre. Todos los días, y sin excepción, este zángano envía la plegaria.

Saturday, June 30, 2007

Concho y Pistachona



Táchenme de cínico, pero ahora entiendo por qué tardé nueve meses en tramitar la reposición de la placa delantera de mi coche.

Superado mi temor a la burocracia tenochca, ayer decidí hacer la renovación de la laminita que, lo juro, no vuelvo a extraviar (si eso sucede, me compro una bici de 3 mil pesos y a la tiznada).

A las 10:45 comenzó mi calvario. Fuimos Mara y yo a la delegación Magdalena Contreras y, apenas entrando, un señor como mafiosón me preguntó qué cosa iba a hacer. Le dije que a tramitar reposición de placa y me respondió cortésmente que eso debía sacarse en la esquina de Oaxaca y Periférico.

Fuimos a un centro de trámites vehiculares, donde, fólder en mano y repasando que no se me olvidara nada, me percaté de que había ocho módulos de recepción y tres fulanos atendiendo: Concepción Gutiérrez (hombre), Isabel María Martínez (mujer) y Santos Olivares (no era frase de Robin ni dos apellidos juntos, era nombre y apellido de un galanazo que se hacía rollito la oreja y comía pistaches para concentrarse mejor).

Me fue asignada Isabel María con un elegante "¡Chabela, atiende porfis al jovenazo de la gorrita que lleva un rato en la fila!". Pero ésta, calmuda como pocas, empezó a hacerme caso cuando terminó de echarse un buen trago de un Sidral Mundet cuya botella, de lo añeja que era, tenía como gis en el vidrio.

"Vengo a tramitar la reposición de mi placa", le dije a Chabelita, quien me solicitó mis papeles con el pistache en el diente y una escasa intención de resolver mi problema: "Mi’jo, junto a cada tenencia me tienes que juntar (quiso decir adjuntar) el boucher del pago".

"Oiga, pero en los requisitos no piden el boucher, basta con el comprobante de la tenencia", respondí. "Pues ni modo, se necesita comprobar que pagaste la tenencia", atacó. "¡Pero el talón de la tenencia es un comprobante en sí mismo!", contraataqué. "Mira mi’jo (un prolongado sorbo a su Sidral) ve a Gran Sur y pide una constancia de tus pagos de tenencia. Sale en 50 pesitos, más que afligirse, uste' aflójese que yo acá cierro hasta las 6".

Chabelita se apropió de mi odio más rápido de lo esperado y, así, sin entender que debiese hacer un "pago" que comprueba que "pagué" mis tenencias, Mara y yo enfilamos hacia Gran Sur (más bien sentí que enfilaba en bici y directito a la tiznada).

Llegamos a otro módulo poco antes de las 3 de la tarde. "Vengo a sacar la constancia de mis pagos de tenencia", le dije a una tal Gloria, quien amablemente me respondió: "Siéntese al fondo. Lo podríamos atender de una vez, pero ya va a hacerse el cambio de personal, así que mejor espere a las 3 y así lo atenderá una sola persona".

Cumplí con la espera, mientras Mara fue por unos duvalines para calmar la solitaria intestinal en un día de perros y, luego de 45 minutos de gestión, salimos con el "comprobante de los comprobantes" de mis tenencias.

Con la irritación dedicada a la mentada Chabelita que me mandó a hacer el trámite más increíble de mi vida, retornamos a las 4 de la tarde al módulo de los pistaches, donde en las ocho cajas ya sólo atendían dos: Chabelita y Concepción (Concho, para los cuates). Ambos... con su décima ronda de pistaches.

"Qué pasó mi’jo, a poco no es de volada Gran Sur pa' sacar la validez de las tenencias". Preferí no contestar y ahorrarme el recital de leperadas que la emperatriz de mi martirio sembró en mi laringe. Cambié todo por un seco y desabrido "Todo bien".

"Muy bien, tenemos todo ahora sí. ¿Gustas mi'jo?", me dijo la duquesa del cinismo, Chabelita, mientras sacaba un paquete de galletas arcoiris (las de bombones blancos y rositas). "No, gracias, provechito", contesté. "Ándale pues, entonces (mordisco a la galleta) espérame por favorcito allá al fondo".

15 minutos de espera y me vuelve a llamar. "¿Ya quedó?", pregunté harto. "No, todavía no, necesito que le eches un ojo a tus datos pa' ver si todo correcto". Le dije que sí y vino otra frase lapidaria: "Muy bien, ya quedó, ahora sólo me tienes que esperar allá otra vez y te vuelvo a llamar".

Fui a sentarme con Mara, quien ya para esas alturas se quería comer la silla de un bocado, por instinto de supervivencia. "Ya casi amor, ya casi", le dije con total duda de lo que estaba pronunciando.

De pronto, el último grito: "¡Luis!, ¡¡Luuuuiiiiissss!!". Mi mamá jamás me pegó un alarido semejante. Pensé que alguien estaba apuñalando a Chabelita (lo deseé), pero no. "Mi’jo, ya estás, ya vas", pronunció mi pesadilla con un castellano quijotesco, mientras me entregaba el documento por el que más he peleado en mis casi 30 años.

"A ver corazón (odio que me digan así), ya acabamos. Esto te sirve hasta septiembre por si algún poli te para. Si para ese mes no te ha llegado la placa, tienes que darte otra vuelta por acá".

Lo dicho. Si no llega mi placa para septiembre, una de dos: o me compro mi bici de 3 mil pesos o me convierto en un asesino productor de pistaches envenenados y galletas arcoiris con tachuelas.

Friday, June 15, 2007

Rebasando Europa por la derecha


Lo logramos. Acabamos de aterrizar en tierra azteca luego de una gran excursión de siete vertebrados por Europa.

A mi padre, mejor conocido como el "Dueño de la fábrica", ciertamente hay que ponerle una estatua no sólo por haber planeado este tour de dos semanas por Londres, París y Roma, sino por soportar a sus tres metafísicos críos (incluido el que escribe), todos con sus excentricidades bien empacadas en el equipaje.

Londres fue la primera y más extensa parte de la expedición. Pasamos allá seis días sin que nada nos faltara. Bueno, si acaso nos faltó valor para acabarnos los huevos revueltos con sabor a cortina que hacían de la especialidad del desayuno un intento de homicidio a discreción. Todos nos sobábamos la barriga por debajo de la mesa y usábamos el yogurt como Pepto Bismol emergente para mitigar nuestra guerra civil intestinal. El jugo de naranja pasaba de puntitas por el esófago para no tocar la yema que nomás no bajaba.

Fue ahí, en Londres, donde aproveché el ocio de un trayecto en taxi para enseñarle a mi sobrina Reni una canción de Molotov llamada "Por qué no te haces para allá", la cual, se distingue por ser vasta en el arte de la leperada. Para mi sorpresa, la nena empezó a memorizar versos tan pronto como mi hermana Lawrence (o sea su mamá) comenzó a odiarme por inculcarle tan soez melodía.

El resto de la expedición londinense fue un éxito. Mi mujer comandó con profesionalismo las sesiones de shopping en Oxford St., mientras que mi hermano Alex todo el tiempo buscó pareja con su cámara fotográfica. Yo, por mi parte, disfruté mucho de Inglaterra, ese país donde mi estatura me convierte en "nano".

En fin. Si el huevo revuelto inglés no afectó mi memoria, el 7 de junio dejamos el hotel y llegamos al aeropuerto para preparar la siguiente parada: París.

En la sala de esta terminal tuvimos ciertos inconvenientes. El primero fue un australiano con facha de Cocodrilo Dundee cuyo olor indicaba que se había cenado un lagarto, quien a su vez seguro se había empacado una docena de los terroríficos huevos que nos sirvieron en el hotel. Tufo insoportable. A mi padre se le empañaron los lentes y mi sobrinita empezó a recitar al revés la canción de Molotov para no llorar.

Esto sucedió en la sala 10 del aeropuerto justo cuando una empleada de British Airlines indicó en el altavoz que debíamos movernos a la sala 6. Lo hicimos en fa con tal de escapar del hedor del hombre cocodrilo.

No pasaron cinco minutos cuando un anuncio nos ordenó movernos, ahora a la sala 17. Mi padre, encolerizado, le iba a mentar la mamá a la sobrecargo del altavoz, pero su inglés demostró la carencia de malas palabras: "Hey you!, umm, ahh, well, bueno, a la goma…".

Trepamos al avión y, pa'cabarla de..., a un lado de nosotros se sentó el hombre cocodrilo con todo y su atroz olor. Alex huyó a la última fila y mi hermana Lawrence se arrimó a nosotros, así que fue mi padre quien puso a hibernar su respiración. Por fortuna, sobrevivimos y aterrizamos en París rebotando tres veces. No culpo al piloto. El avión venía tosiendo por tanto apeste.

Los días en Francia fueron una cosa elegante. Tremendo glamour, incluida la mañana en Montmartre, donde unos pintores estafaron a Lawrence y a mi padre del modo más sutil. Cuando vi que cada uno pagó 60 euros por un vil retrato a lápiz, yo les ofrecí cargar la carreola de Reni por 10 euros. El efecto de los vivales tepiteños es una onda mundial.

Nuestra última noche parisina la pasamos Mara y yo mirando la Torre Eiffel de cerca. Recuerdo haberle pedido a una mademoiselle que nos tomara una foto con esta lindura de hierro a nuestras espaldas. Para que me crean que el Efecto Tepito no es juego y que un acto de nobleza jamás puede ser 100% puro, esta tarada nos retrató bien monos, pero sin la torre en el encuadre. Para ser idiota no se necesita ir a París.

Nueve horas después, la mañana del 10 de junio, estábamos cómodos en los asientos verdiblancos de un avión de Alitalia que se parecía más bien al camión oficial de los Cañeros de Zacatepec. Los alerones peluditos de las aeromozas nos confirmaban la idea de que viajaríamos de París a Roma en un ambiente peculiar (y todavía dicen que las mexicanas tienen mostacho).

Volamos con éxito y la capital italiana nos recibió con los brazos abiertos (y el sope saludando). Aquí gozamos del hotel más moderno y el que me hizo sentirme Mr. Bean cuando, al llegar a nuestra habitación, quise prender la luz del baño y se jaló el excusado.

Qué decir de la secadora de pelo, que como aspiradora me amputó una patilla y me obligó a emparejar la otra para quedar como Forrest Gump en nuestra primera noche italiana. Habría brillado el romanticismo con mi amada si no hubiese sido por los huéspedes aledaños, quienes nos demostraron que el guayabo romano tiende al griterío sin rubor y al nalgueamiento sin piedad. Este vecino era de esos italianitos que se creen el esperma con el hilito más largo y zigzagueante.

En Roma hubo calor, hubo cansancio por las caminatas, hubo discusiones sobre si el Coliseo albergaba más gente que C.U. y hubo un intento de ligue hacia mi hermana de parte del mesero de un restaurante en Via della Vite, quien, por más pases a gol que le pusimos los dos hermanos alcahuetes (Alex y el que escribe), nomás no anotó. ¿No que los italianos muy acá?. Mucha pizza, poco queso.

El desenlace de estas dos divertidas semanas se dio ayer con el vuelo de regreso, donde por andar yo gritando como el Perro Bermúdez previo al aterrizaje en Tenochtitlán, invoqué a Oaxaca e hice que una pasajera echara completito el desayuno.

Antes de despedirme de todos, le pregunté a mi sobrinita Reni qué fue lo que más le había gustado de Europa. Ella, muy quitada de la pena, empezó a cantar algo de Molotov: "Si te duele lo que digo te sugiero que te avientes al pozoooo, con tu novio el maaariposo, el escuintle caquengue y babosoooo...".

Es bueno saber que, dentro de tanta aventura europea, nuestros niños atesoran algo orgullosamente tepiteño.

En unos años, Renata podrá cobrar 20 euros por mover la pancita y cantar esta obra maestra molotovesca al lado del Big Ben. Y su tio (el que escribe) la apoyará si se decide por esta hermosa profesión.

Tuesday, June 5, 2007

Escondido en Londres


El lado derecho de la cama. La habitación 311. Hotel St. Giles de la calle Tottenham. Mi mujer, a mi lado y viendo hacia la pared, lucha para respirar y sueña con su dolor de garganta. Yo miro a través de la ventana y veo cómo amanece Londres... sin poder explicarlo.

Mañana dejaremos este lugar y seguiremos dando vacaciones a nuestros pulmones por París y Roma. Pero por el momento estoy detenido, observo y trato de ver más allá. Alcanzo a ver el Big Ben. Cerca se extiende el corredizo de asfalto al que los londinenses bautizaron Charing Cross y que en la esquina de mi hotel mutó en Tottenham Court Road.

Esta zona es la resbaladilla por la que bajan a velocidad los ingleses fiesteros y los turistas que se les unieron en los "Pubs" en algún momento de la noche. Preferentemente vienen de Shaftersbury Avenue y de Leicester Square, porque ahora mismo, a las 4 de la madrugada, los de Soho todavía no tocan fondo en la botella.

Continuamente me pregunto el por qué dejé pasar tanto para regresar a la ciudad de mis amores. Si tanta fidelidad le he profesado con el tiempo, no comprendo haber tardado tanto para recobrar estas visiones amontonadas. El hombre que llora en Covent, el taxi con el conductor irreductible, el olvido de los complejos en Soho, los bostezos que obsequia Buckingham, los tesoros de Westminster, ese gran reloj, el raro aroma de St. James, la opacidad del Thamesis, el tener que esquivar gente en cada calle, la inmensidad donde eres igual buzo que delincuente o maestro sin que nadie opine, y el buscar infructuosamente las esquinas donde Jack hizo de las suyas y donde sigue escondido... desde hace más de un siglo.

En estos pocos días he recobrado hasta lo que había olvidado, y mientras Mara intenta respirar, sigo mirando de cerca lo que había quedado lejos. El monstruo clásico que hechiza, que huele a cerveza y que no concibe la siesta, ni siquiera la mía. Maldito, y a la vez, bendito insomnio.

Me encuentro exhausto porque, apenas anoche, volví a sentarme en Piccadilly. Y fue demasiado. Pensé que estar por fin donde uno desea estar es "no estar" porque, contradictoriamente, recuerdas miles de sitios más. Los lugares donde deseaste tanto el lugar donde ahora estás. Eso es Piccadilly para mí. Mi lugar preferido, donde recuerdo lo que siempre tengo y lo que parece no dejarme en paz.

Ignoro mi tercera visita a Londres. Ignoro cuándo sucederá, pero esta segunda ha sido maravillosa junto a mi amada, mis hermanos, mi sobrina y mi padre, el famoso "dueño de la fábrica" que nos bendice y nos tiene hoy aquí, alentando la memoria y buscando los momentos que se agitarán en la cabeza cuando queramos relegarlos. Nuestros propios momentos.

De pie, a un lado de la cama. Habitación 311. Mara ya respira mejor y mis seres queridos, un piso abajo, permanecen dormidos.

Los borrachos continúan bajando por Charing hasta Tottenham. Y mis recuerdos de esa primera vez se van esfumando con la niebla de la madrugada. Junio de 2007 y a Londres... sigo sin poder explicarlo. Se me esconden las palabras, no las encuentro. Deben estar metidas en algún callejón cercano, sin salir, sin asomarse.

Tal vez permanezcan ahí, como lo ha hecho el escurridizo Jack... desde hace más de un siglo.

Tuesday, May 22, 2007

Las noches de acrílico


"¿Cuándo despertaste hormonalmente? Y, ojo, no te estoy preguntando de tu primera vez. Tampoco soy metiche".

Nunca había oido pregunta tan directa de una amiga como Mely, y aunque quise evitarlo, encontré una respuesta.

Mis hormonas despertaron cuando yo tenía 12 años, en los tiempos en que vivíamos en la casa de Ravena. Yo era un chavito baboso que no sabía ni cómo peinarse (aún no lo sé) y quien pensaba que su primera novia llegaría por correo o como regalo de cumpleaños envuelta en celofán (todavía no prefería el látex).

A diferencia de muchos de mis contemporáneos, quienes con la Princesa Leia experimentaron sus primeros hormigueos sensoriales, yo quebré mi cascarón con la vecina de la casa de atrás. Insisto: no fue mi primera vez, sino sólo mi aprendizaje hormonal. Ahí inauguré el hornillo, aunque no cociné nada.

Nunca supe su nombre. Todo se reducía en aquel tiempo a dar las buenas noches a mis padres, entrar a mi cuarto, cerrar la puerta, y, entonces sí, a las 11:30 de la noche, mirar por la ventana y esperar a que apareciera esa imagen de la regadera aledaña.

Algunas féminas afirman que nosotros, los hombres, aprendemos desde larvitas a fijarnos más en el cuerpo que en la cara. En este caso, no es que yo lo hiciera, sino que así tenía que ser. La vecinita que entraba a ducharse cada noche era una silueta, un cuadro impresionista al que no se le podía ver el rostro gracias al material de acrílico de su regadera. Así pues, se me podía declarar inocente al menos de los cargos de voyeur espurio y embrión pervertido. El "no ver todo" es a lo que las mujeres llaman "lo bonito", lo "sensual". ¿Miento?

Pero esa imagen borrosa era suficiente. A esa edad, nuestro tabulador hormonal es sumamente limitado. Yo vi curvas y sentí que había dejado de oler a talco, que había perdido la virginidad ocular y que estaba listo para llevar mis extremidades al extremo. Adiós Hot-Wheels, bienvenida la vida y la cristalización de los consejos consanguíneos en efectos sanguíneos. De ser el carnal de mi hermano, ahora yo era "carnal" en mí mismo. Acababa de conectar por vez primera mis ojos al enchufe correcto y, efectivamente, todo se encendió y se sintió eléctrico.

Las noches de acrílico con mi vecina duraban 20 minutos. Sin haber debutado en una cancha oficial, ya podía presumir de tener jornadas placenteras de tal duración. Incluso, memoricé la rutina de esas veladas enjabonadas: primero los brazos, luego el cuello, después abajo de la cintura y al final el cabello. Para el shampoo subía los brazos y parecía que todo el esternón se distendía y que el acrílico se convertía en una gran placenta de agua con un feto bien formadito. Vaya imágenes. Por vez primera veía el mundo en tercera dimensión, en vivo y a todo vapor.

Cuando quise pasarme de vivo para ver más, normalmente me desvié el tabique nasal o me hice un chipote en la frente. Una ganga a cambio de tener mayor nitidez a través de mi rectángulo de vidrio. Presumo haber sido el primero en utilizar una pantalla de cristal líquido.

Hablaría más sobre estos episodios del amanecer de mi adolescencia si no fuese por el drástico desenlace que tuvieron: en alguna de esas noches, estaba muy bien postrado sobre mi ventana y en pleno show cuando de pronto entraron mi padre y su insomnio a mi cuarto. En algo tan repentino da más tiempo de decir "Fuck it" que "¡Veeerde!".

La intención era arrojarme a la cama y fingir la siesta, pero se me apareció el fantasma de Juan Escutia. Me enredé en la cortina y mi gran brinco se dividió en tres saltitos tipo avioncito cuyo colofón fue un violento encuentro de mi frente con el buró. Mi padre, por supuesto, vio mis piruetas y después miró por la ventana para coronar mi osote.

De esas noches y de aquella vecina, hoy sólo queda un chipote y un recuerdo borroso. Tal vez mi memoria, a estas alturas, esté hecha de acrílico.

Wednesday, May 16, 2007

El impostor


A mi amigo Lalo lo quiero por tres cosas básicas: 1) ser un tipo incondicional desde 1993, 2) ir siempre bien ataviado a nuestras fiestas de disfraces, y 3) salvarme el pellejo en el examen final de la materia de Macroeconomía hace 10 años.

Sobre los primeros dos puntos no ahondaré, ya que el buen Martínez (así se apellida mi hermano de las cejas pobladas) ha confirmado su valía como compinche, pero en lo que refiere al examen, he de narrar lo que sucedió.

Olvidemos antecedentes estériles. Es suficiente decir que yo, como estudiante del Tec en ese entonces, era un bueno para nada en lo que al cosmos macroeconómico se refiere. Lalo, en cambio, no es que fuese un sapiente consagrado en la materia, pero a cambio de ello he de admitir que el morenito danzaba con la sana costumbre de "entender" y no "memorizar".

Martínez estaba en un grupo con el bonachón profe Zermeño y yo en otro con el maldito tirano de Pizarro (hasta nombre de malo tenía), por lo que el examen final de Macro le tocó en lunes y a este servidor 24 horas después, tiempo suficiente para que me dijera qué tan despiadada habría de ser la forma de exterminar vividores como yo. Así pues, yo le pedí a mi hermano que, cuando saliese de la prueba en el CEI (Centro de Exterminio Institucional), llevara consigo un examen en blanco para poder estudiar con él toda la tarde, teniendo una hoja de real calibre. Lalito no me falló y, al momento de entregar su examen, cogió hábilmente otro en blanco, lo metió a su chamarra y lo llevó a mi casa (aparte de todo, lo hice venir a mi morada, maldito descarado, me odio y me admiro a la vez).

Seis horas después, ahí nos tienen en mi cantón, levantando la estampa clásica de los tiempos estudiantiles con mi cuate. Él preparando el speech para aleccionarme del mejor modo posible, y yo con los pies sobre la repisa, viendo qué disco ponía y comiendo donas Bimbo.

El examen con clave ME-07, con 10 incisos incluidos, debía ser resuelto por mí en un máximo de 50 minutos. De lograrlo, estaba del otro lado y listo para el examen, así que comenzamos. Lalo apagó la música, me pidió completa atención y arrancó la cátedra que entró por mis oídos, se desvió al esófago, dio dos brincos en mi tráquea, se coló al estómago, se agarró a trancazos con las donas Bimbo recién horneaditas por mis ácidos y finalmente se perdió en algún túnel de mi organismo. De pronto, el PIB nominal se convirtió en persistente comezón de mi duodeno.

Como se esperaba, Lalo resolvió su segundo examen ese día y yo sólo me aseguré de poner mi cara de "sí entendí" para evitarle una frustración mayor. Pero ni así lo logré y, ya aprovechándome un poco de su nobleza, le hice una última súplica.

Día siguiente. 7 de la mañana. Estoy sentado en el CEI para hacer el examen final junto a dos grupos más. Tres maestros para cuidarnos (incluido el mugre Pizarro), pero su labor no será necesaria, ya que hay 80 tipos de examen, desde el ME-001 hasta el ME-080. Imposible copiar. El Tec de Monterrey vive su época más mamuca en la que presumen las estrategias más sofisticadas para acabar con los vivales del campus.

Yo habría estado resignado si no fuera porque, pese a estos controles extremos de seguridad, no hubiera cristalizado mi ópera prima en cuanto a amistad se refiere: Lalo sentado junto a mí, dispuesto a resolver un examen y a firmarlo con mi nombre. "No puedo creer que esté yo aquí, ya estoy de vacaciones", decía mi compadre. "Yo tampoco, pero échale los kilos y trata de superar ese 9 que obtuviste ayer", le contestaba mi cinismo.

Dos cosas no previstas (y cósmicas) ocurrieron en los siguientes 10 minutos, una maravillosa y una desastrosa: me tocó el examen ME-07 (¡el que resolvimos el día anterior!) y... nos informaron que uno de los profesores que nos cuidaban debía irse y que su lugar sería ocupado por Zermeño (¡el maestro de Lalo!).

Mientras mi amigo salía del shock e intentaba esconderse abajo del asiento, yo le pedía calma y llenaba los alveolos de mi examen más rápido que pronto. Al menos eso había memorizado: las primeras cinco eran A,C,A,C,B y las siguientes eran D,A,B,A,C. Todo resuelto, excepto un problema: Lalo se me moría ahogado en sudor. Ninguna mujer lo había puesto tan caliente por fingir ser alguien más.

Para tranquilizarlo, yo simplemente le presté mi gorra y le dije que bajara la cabeza. Acto seguido, me levanté todo despeinado, me preparé para entregar mi examen y le dije que, en cuanto yo distrajera a su profe, él (o sea yo) escapara como si estuviese en Alcatraz.

Transcurridos 20 minutos, ambos estábamos a salvo, él con su 9 de calificación y yo con mi 10. Él con su intestino hecho trizas y su identidad recuperada, y yo con el PIB nominal haciéndole cosquillas a mi duodeno.

Pizarro: 10 años después, la porra te saluda.

Sunday, May 6, 2007

Tijuana, la vida en la orilla


Tijuana me remitía a ciertas imágenes: sol, música de acordeón, víboras de cascabel, bigotones, tequila, alambradas de púas, trocas, mujeres guapas y mucha, muchísima sed. De hecho, cuando niño pensé que el calentamiento global tenía su base de operaciones ahí, y casi desde que era esperma juré jamás pisar esos rumbos en los que muchos ven la Siberia de México.

Pero como suele sucederle a un bribón, la vida me zancadilló dentro del área, reclamé y ni así marcaron penal. Me cerraron la boca, me sacaron tarjeta y hoy día cumplo una sanción vitalicia al estar enlazado, vía matrimonial, con una tijuanense calzonuda, orgullosamente norteña y endiabladamente adorable. Grata condena.

Fue en 2004 cuando me apersoné por primera vez en Tijuana con motivo de "La Pedida", ese evento cada vez menos defeño donde uno regulariza lo que ya tenía. "Suegros, vengo a pedir la mano de su hija porque quiero pasar con ella el resto de mi vida". En realidad lo que uno anuncia es: "Hago oficial que su nena ya no es suya-suya ni tampoco mía-mía. O sea, ni de ustedes ni mía. Ya es ella de ella, así que lo que quiera ella hacer conmigo, pues... ya no es bronca mía-mía".

Cuando aterricé junto con mi familia en aquel latifundio donde Jorge es "El Jorgito", Samuel es "El Samuel" y mi mujer es "La Mara" ó "La Cochi", confieso que me sentí Cristóbal Colón. Los chilaquiles nos creemos genoveses cuando pisamos provincia. Por eso allá nos quieren apedrear hasta con Panditas de gomita porque piensan que, aparte de mamilas e invasores, vamos a salir con el elegantísimo detalle de ensuciar su ciudad aventando una cáscara de plátano por la ventana (jamás lo he hecho, pero lo he pensado).

Apenas bajamos del avión, a mi ex cuñado y a mí nos abrazó el complejo de quien debuta como turista en Tijuana. Escuchamos un ruido y todos al suelo. Creímos que era un corte de cartucho de algún "malilla" cuando en realidad un charrito se acababa de subir el cierre de sus cimarrón. "Amor, bájale, no es tan mala mi tierra", me dice mi amada cada vez que digo esto.

Y es verdad. Fuera de que la inspección de nuestro equipaje la realizaron los Kumbia Kings, mi seguridad nunca ha estado en peligro. Aquella aventura marcó el inicio de mis expediciones a la hermana república de Tijuana, donde he aprendido no pocas cosas y me han agradado muchas más. Ejemplifico:

Sí, abundan las "Pickaaaps", pero hay quienes traen carros medianitos. No, Tijuana no es una Feria de Texcoco permanente. Sí, allá se pronuncia "Selínna" a la reina del Tex Mex. No, la ciudad no es un desierto donde un monstruo de arena sale cada año bisiesto. Sí, allá tienes que pedir un "Starbaaacks". No, allá el cigarrillo no se enciende con el sol ni la goma se hace silicón. Sí, a las mujeres les laten los chilangos. No, nunca me he trompicado con una serpiente. Sí, las tortas del "Wash" son deliciosas y no son un auto lavado. No, el "pisto" no es un arma (es chupe). Sí, algunos traen nextel en la bolsa derecha y su escuadra en la izquierda. No, con el calor no se nos nubla la mirada ni empezamos a ver el futuro. Sí, lo más bonito de Tijuana es San Diego.

Lo que más me costó entender fue la rimbombesca palabra "curado(a)". La primera vez que Mara señaló a una mujer en Tijuana y me dijo "Su ropa está bien curada", yo entré en una parálisis molecular. Mientras mis átomos se reorganizaban, imaginé que aquella dama de la que hablaba mi amada era leprosa y, muy a la usanza bíblica, había quedado curada por una gambeta celestial del Creador. De otro modo, no relacionaba yo el verbo "milagroso" con la prenda. No me quise ni acercar y simplemente le di la razón a mi güerita. Como dicen allá..."Pa' qué hacerle más al argüende".

Tiempo después y ya estando aquí en el "DFctuoso", Mara volvió a decir "...está bien curado". Yo pensé de inmediato en el retorno del leproso, pero cuando volteé a ver al culpable del comentario, se trataba del peinado de un caballero cuyos rizos no parecían causar desprendimiento de piel alguno. Fue entonces cuando me atreví a preguntarle a mi mujer qué significaban los mentados "curar, curado, curada, bien curada, requete curado".

"Amor, es como cuando ustedes los chilangos dicen 'eso está padre'. ¿A poco no es lo mismo?". Según yo, se oye más padre decir "padre" que tachar de "curado" algo "padre". Conclusión, los chilaquiles nos morimos de lepra antes que aceptar cualquier tipo de evangelización de provincia, pero yo, ya con varias expediciones a la hermana república de Tijuana, debo admitir que estos son mis auténticos vecinos del norte.

Aunque hay plenitud en mi orgullo capitalino, hay mesura en el juicio hacia "mi ciudad política". Hoy le profeso cariño, y cómo no, si mi amada es el paisaje más excelso de aquellas tardes amarillentas, y la mujer que compartió durante su infancia historias fascinantes con fantasmas, mitos y héroes fronterizos que hoy, pese a muros y alambradas, se siguen brincando el presente y perduran por años para vernos desde el otro lado.

Eso es lo "padre" de vivir... en la orilla.