
El lado derecho de la cama. La habitación 311. Hotel St. Giles de la calle Tottenham. Mi mujer, a mi lado y viendo hacia la pared, lucha para respirar y sueña con su dolor de garganta. Yo miro a través de la ventana y veo cómo amanece Londres... sin poder explicarlo.
Mañana dejaremos este lugar y seguiremos dando vacaciones a nuestros pulmones por París y Roma. Pero por el momento estoy detenido, observo y trato de ver más allá. Alcanzo a ver el Big Ben. Cerca se extiende el corredizo de asfalto al que los londinenses bautizaron Charing Cross y que en la esquina de mi hotel mutó en Tottenham Court Road.
Esta zona es la resbaladilla por la que bajan a velocidad los ingleses fiesteros y los turistas que se les unieron en los "Pubs" en algún momento de la noche. Preferentemente vienen de Shaftersbury Avenue y de Leicester Square, porque ahora mismo, a las 4 de la madrugada, los de Soho todavía no tocan fondo en la botella.
Continuamente me pregunto el por qué dejé pasar tanto para regresar a la ciudad de mis amores. Si tanta fidelidad le he profesado con el tiempo, no comprendo haber tardado tanto para recobrar estas visiones amontonadas. El hombre que llora en Covent, el taxi con el conductor irreductible, el olvido de los complejos en Soho, los bostezos que obsequia Buckingham, los tesoros de Westminster, ese gran reloj, el raro aroma de St. James, la opacidad del Thamesis, el tener que esquivar gente en cada calle, la inmensidad donde eres igual buzo que delincuente o maestro sin que nadie opine, y el buscar infructuosamente las esquinas donde Jack hizo de las suyas y donde sigue escondido... desde hace más de un siglo.
En estos pocos días he recobrado hasta lo que había olvidado, y mientras Mara intenta respirar, sigo mirando de cerca lo que había quedado lejos. El monstruo clásico que hechiza, que huele a cerveza y que no concibe la siesta, ni siquiera la mía. Maldito, y a la vez, bendito insomnio.
Me encuentro exhausto porque, apenas anoche, volví a sentarme en Piccadilly. Y fue demasiado. Pensé que estar por fin donde uno desea estar es "no estar" porque, contradictoriamente, recuerdas miles de sitios más. Los lugares donde deseaste tanto el lugar donde ahora estás. Eso es Piccadilly para mí. Mi lugar preferido, donde recuerdo lo que siempre tengo y lo que parece no dejarme en paz.
Ignoro mi tercera visita a Londres. Ignoro cuándo sucederá, pero esta segunda ha sido maravillosa junto a mi amada, mis hermanos, mi sobrina y mi padre, el famoso "dueño de la fábrica" que nos bendice y nos tiene hoy aquí, alentando la memoria y buscando los momentos que se agitarán en la cabeza cuando queramos relegarlos. Nuestros propios momentos.
De pie, a un lado de la cama. Habitación 311. Mara ya respira mejor y mis seres queridos, un piso abajo, permanecen dormidos.
Los borrachos continúan bajando por Charing hasta Tottenham. Y mis recuerdos de esa primera vez se van esfumando con la niebla de la madrugada. Junio de 2007 y a Londres... sigo sin poder explicarlo. Se me esconden las palabras, no las encuentro. Deben estar metidas en algún callejón cercano, sin salir, sin asomarse.
Tal vez permanezcan ahí, como lo ha hecho el escurridizo Jack... desde hace más de un siglo.






