
Tijuana me remitía a ciertas imágenes: sol, música de acordeón, víboras de cascabel, bigotones, tequila, alambradas de púas, trocas, mujeres guapas y mucha, muchísima sed. De hecho, cuando niño pensé que el calentamiento global tenía su base de operaciones ahí, y casi desde que era esperma juré jamás pisar esos rumbos en los que muchos ven la Siberia de México.
Pero como suele sucederle a un bribón, la vida me zancadilló dentro del área, reclamé y ni así marcaron penal. Me cerraron la boca, me sacaron tarjeta y hoy día cumplo una sanción vitalicia al estar enlazado, vía matrimonial, con una tijuanense calzonuda, orgullosamente norteña y endiabladamente adorable. Grata condena.
Fue en 2004 cuando me apersoné por primera vez en Tijuana con motivo de "La Pedida", ese evento cada vez menos defeño donde uno regulariza lo que ya tenía. "Suegros, vengo a pedir la mano de su hija porque quiero pasar con ella el resto de mi vida". En realidad lo que uno anuncia es: "Hago oficial que su nena ya no es suya-suya ni tampoco mía-mía. O sea, ni de ustedes ni mía. Ya es ella de ella, así que lo que quiera ella hacer conmigo, pues... ya no es bronca mía-mía".
Cuando aterricé junto con mi familia en aquel latifundio donde Jorge es "El Jorgito", Samuel es "El Samuel" y mi mujer es "La Mara" ó "La Cochi", confieso que me sentí Cristóbal Colón. Los chilaquiles nos creemos genoveses cuando pisamos provincia. Por eso allá nos quieren apedrear hasta con Panditas de gomita porque piensan que, aparte de mamilas e invasores, vamos a salir con el elegantísimo detalle de ensuciar su ciudad aventando una cáscara de plátano por la ventana (jamás lo he hecho, pero lo he pensado).
Apenas bajamos del avión, a mi ex cuñado y a mí nos abrazó el complejo de quien debuta como turista en Tijuana. Escuchamos un ruido y todos al suelo. Creímos que era un corte de cartucho de algún "malilla" cuando en realidad un charrito se acababa de subir el cierre de sus cimarrón. "Amor, bájale, no es tan mala mi tierra", me dice mi amada cada vez que digo esto.
Y es verdad. Fuera de que la inspección de nuestro equipaje la realizaron los Kumbia Kings, mi seguridad nunca ha estado en peligro. Aquella aventura marcó el inicio de mis expediciones a la hermana república de Tijuana, donde he aprendido no pocas cosas y me han agradado muchas más. Ejemplifico:
Sí, abundan las "Pickaaaps", pero hay quienes traen carros medianitos. No, Tijuana no es una Feria de Texcoco permanente. Sí, allá se pronuncia "Selínna" a la reina del Tex Mex. No, la ciudad no es un desierto donde un monstruo de arena sale cada año bisiesto. Sí, allá tienes que pedir un "Starbaaacks". No, allá el cigarrillo no se enciende con el sol ni la goma se hace silicón. Sí, a las mujeres les laten los chilangos. No, nunca me he trompicado con una serpiente. Sí, las tortas del "Wash" son deliciosas y no son un auto lavado. No, el "pisto" no es un arma (es chupe). Sí, algunos traen nextel en la bolsa derecha y su escuadra en la izquierda. No, con el calor no se nos nubla la mirada ni empezamos a ver el futuro. Sí, lo más bonito de Tijuana es San Diego.
Lo que más me costó entender fue la rimbombesca palabra "curado(a)". La primera vez que Mara señaló a una mujer en Tijuana y me dijo "Su ropa está bien curada", yo entré en una parálisis molecular. Mientras mis átomos se reorganizaban, imaginé que aquella dama de la que hablaba mi amada era leprosa y, muy a la usanza bíblica, había quedado curada por una gambeta celestial del Creador. De otro modo, no relacionaba yo el verbo "milagroso" con la prenda. No me quise ni acercar y simplemente le di la razón a mi güerita. Como dicen allá..."Pa' qué hacerle más al argüende".
Tiempo después y ya estando aquí en el "DFctuoso", Mara volvió a decir "...está bien curado". Yo pensé de inmediato en el retorno del leproso, pero cuando volteé a ver al culpable del comentario, se trataba del peinado de un caballero cuyos rizos no parecían causar desprendimiento de piel alguno. Fue entonces cuando me atreví a preguntarle a mi mujer qué significaban los mentados "curar, curado, curada, bien curada, requete curado".
"Amor, es como cuando ustedes los chilangos dicen 'eso está padre'. ¿A poco no es lo mismo?". Según yo, se oye más padre decir "padre" que tachar de "curado" algo "padre". Conclusión, los chilaquiles nos morimos de lepra antes que aceptar cualquier tipo de evangelización de provincia, pero yo, ya con varias expediciones a la hermana república de Tijuana, debo admitir que estos son mis auténticos vecinos del norte.
Aunque hay plenitud en mi orgullo capitalino, hay mesura en el juicio hacia "mi ciudad política". Hoy le profeso cariño, y cómo no, si mi amada es el paisaje más excelso de aquellas tardes amarillentas, y la mujer que compartió durante su infancia historias fascinantes con fantasmas, mitos y héroes fronterizos que hoy, pese a muros y alambradas, se siguen brincando el presente y perduran por años para vernos desde el otro lado.
Eso es lo "padre" de vivir... en la orilla.






