Sunday, May 6, 2007

Tijuana, la vida en la orilla


Tijuana me remitía a ciertas imágenes: sol, música de acordeón, víboras de cascabel, bigotones, tequila, alambradas de púas, trocas, mujeres guapas y mucha, muchísima sed. De hecho, cuando niño pensé que el calentamiento global tenía su base de operaciones ahí, y casi desde que era esperma juré jamás pisar esos rumbos en los que muchos ven la Siberia de México.

Pero como suele sucederle a un bribón, la vida me zancadilló dentro del área, reclamé y ni así marcaron penal. Me cerraron la boca, me sacaron tarjeta y hoy día cumplo una sanción vitalicia al estar enlazado, vía matrimonial, con una tijuanense calzonuda, orgullosamente norteña y endiabladamente adorable. Grata condena.

Fue en 2004 cuando me apersoné por primera vez en Tijuana con motivo de "La Pedida", ese evento cada vez menos defeño donde uno regulariza lo que ya tenía. "Suegros, vengo a pedir la mano de su hija porque quiero pasar con ella el resto de mi vida". En realidad lo que uno anuncia es: "Hago oficial que su nena ya no es suya-suya ni tampoco mía-mía. O sea, ni de ustedes ni mía. Ya es ella de ella, así que lo que quiera ella hacer conmigo, pues... ya no es bronca mía-mía".

Cuando aterricé junto con mi familia en aquel latifundio donde Jorge es "El Jorgito", Samuel es "El Samuel" y mi mujer es "La Mara" ó "La Cochi", confieso que me sentí Cristóbal Colón. Los chilaquiles nos creemos genoveses cuando pisamos provincia. Por eso allá nos quieren apedrear hasta con Panditas de gomita porque piensan que, aparte de mamilas e invasores, vamos a salir con el elegantísimo detalle de ensuciar su ciudad aventando una cáscara de plátano por la ventana (jamás lo he hecho, pero lo he pensado).

Apenas bajamos del avión, a mi ex cuñado y a mí nos abrazó el complejo de quien debuta como turista en Tijuana. Escuchamos un ruido y todos al suelo. Creímos que era un corte de cartucho de algún "malilla" cuando en realidad un charrito se acababa de subir el cierre de sus cimarrón. "Amor, bájale, no es tan mala mi tierra", me dice mi amada cada vez que digo esto.

Y es verdad. Fuera de que la inspección de nuestro equipaje la realizaron los Kumbia Kings, mi seguridad nunca ha estado en peligro. Aquella aventura marcó el inicio de mis expediciones a la hermana república de Tijuana, donde he aprendido no pocas cosas y me han agradado muchas más. Ejemplifico:

Sí, abundan las "Pickaaaps", pero hay quienes traen carros medianitos. No, Tijuana no es una Feria de Texcoco permanente. Sí, allá se pronuncia "Selínna" a la reina del Tex Mex. No, la ciudad no es un desierto donde un monstruo de arena sale cada año bisiesto. Sí, allá tienes que pedir un "Starbaaacks". No, allá el cigarrillo no se enciende con el sol ni la goma se hace silicón. Sí, a las mujeres les laten los chilangos. No, nunca me he trompicado con una serpiente. Sí, las tortas del "Wash" son deliciosas y no son un auto lavado. No, el "pisto" no es un arma (es chupe). Sí, algunos traen nextel en la bolsa derecha y su escuadra en la izquierda. No, con el calor no se nos nubla la mirada ni empezamos a ver el futuro. Sí, lo más bonito de Tijuana es San Diego.

Lo que más me costó entender fue la rimbombesca palabra "curado(a)". La primera vez que Mara señaló a una mujer en Tijuana y me dijo "Su ropa está bien curada", yo entré en una parálisis molecular. Mientras mis átomos se reorganizaban, imaginé que aquella dama de la que hablaba mi amada era leprosa y, muy a la usanza bíblica, había quedado curada por una gambeta celestial del Creador. De otro modo, no relacionaba yo el verbo "milagroso" con la prenda. No me quise ni acercar y simplemente le di la razón a mi güerita. Como dicen allá..."Pa' qué hacerle más al argüende".

Tiempo después y ya estando aquí en el "DFctuoso", Mara volvió a decir "...está bien curado". Yo pensé de inmediato en el retorno del leproso, pero cuando volteé a ver al culpable del comentario, se trataba del peinado de un caballero cuyos rizos no parecían causar desprendimiento de piel alguno. Fue entonces cuando me atreví a preguntarle a mi mujer qué significaban los mentados "curar, curado, curada, bien curada, requete curado".

"Amor, es como cuando ustedes los chilangos dicen 'eso está padre'. ¿A poco no es lo mismo?". Según yo, se oye más padre decir "padre" que tachar de "curado" algo "padre". Conclusión, los chilaquiles nos morimos de lepra antes que aceptar cualquier tipo de evangelización de provincia, pero yo, ya con varias expediciones a la hermana república de Tijuana, debo admitir que estos son mis auténticos vecinos del norte.

Aunque hay plenitud en mi orgullo capitalino, hay mesura en el juicio hacia "mi ciudad política". Hoy le profeso cariño, y cómo no, si mi amada es el paisaje más excelso de aquellas tardes amarillentas, y la mujer que compartió durante su infancia historias fascinantes con fantasmas, mitos y héroes fronterizos que hoy, pese a muros y alambradas, se siguen brincando el presente y perduran por años para vernos desde el otro lado.

Eso es lo "padre" de vivir... en la orilla.

Saturday, April 28, 2007

Súper disco chino filipino


Hoy que nos despertamos Mara y yo... parecía que nada sucedió en nuestro comedor y nuestra sala, declarada ayer zona de desastre.

La señora Gloria, aquélla de la voz suavecita y quien siempre se aparece en los amaneceres post-fiesta en forma de torbellino de "Maestro Limpio", volvió a cumplir con una apoteósica labor y convirtió lo abominable en celestial santuario. La casa estaba lista para un Rosario con las vecinas de mi mamá. Ni un olorcito a cigarro, ni un cadáver desperdigado, ni un pedacito de relajo volando. Un milagro otra vez a cambio de 200 volovanes. Una ganga.

Así es, un año después de la invasión de los nacos, llegó la ocupación de los escuintles con una gran producción mérito de mi amada, quien decoró de Spiderman hasta los chones que traía. Oliver Twist se posesionó de Ariel, Pinocho de Lalo, los hermanos Pampers de Luisma y Gaby, la niña del chonguito bizarro de Mara y la presumida de la paletota (sin albur) de mi hermana Lawrence, por dar algunos ejemplos. Yo... le hice a Alfalfa.

No sé si calculé mal o si se me botó la canica, pero el censo de población reventó y, de pronto, ya sumaban casi 35 vertebrados en nuestra pequeñísima morada, la que usualmente se convierte en cementerio de la cordura. Y todo por convocar a rufianes del buen-vivir como Mike (quien en esta ocasión nos honró con la compañía de su novia Ari), como Roque y su respectiva mademoiselle, como Vess y su queridísima Tatiana alias Muñeca de Trapo, como Memo, Jess, Tusi, Luis Felipe, Loyo, Ale, Gil y Rod. Todos muy dispuestos a hacer el uso más cavernicolesco de nuestras instalaciones.

Ni qué decir de la pandilla de Skinheads que nomás tocaron la puerta, les abrí y me preguntaron que quién era el mentado cumpleañero (yo dudé en contestar por temor a que me ejecutaran). Al ver que todos sonreían muy tranquilitos, los invité a pasar. No fueran a salirme con que eran sicarios de los Arellano y que por hacerles una mueca, dejaran dos agujeros en mis tenis Panam. Muy rudos, muy rudos, pero al final de la velada me pareció oírlos cantar "El triste" de José José y berrear con "La Maldita Primavera" de Yuri. Pagaron por su pose de serial killers lo que yo por los Pau-Pau que mezclé con vodka para hacerme los desarmadores menos glamorosos de mi vida.

Avanzó la noche y, sin previo aviso, el contingente era una olla de presión. Sin que uno quisiera, llegaban arrumacos igual para machos que para doncellas. Parecía la fila de las tortillas en día 1 de mes y si uno cambiaba de dirección bruscamente, en una de esas también lo cambiaban de sexo. Creo que ayer conocí realmente a mis amigos. Sacar una foto implicaba levantar el brazo y que la axila diera el flashazo.

En un instante escapé para "orearme", me topé con una vecina y con su hijita de 4 años, Ana Paula, quien en cuanto me vio con gorrito de fiesta, me dijo "Dame todo lo que traes" (pidió un gorro para ella, una paleta, un globo rojo y una dotación de golosinas). Mientras cumplía yo bien obediente, a la pequeña se le iluminaron los ojos cuando en el horizonte apareció Pinocho (Lalo). "¡Mamá, es Pinocho!", gritó ilusionada Ana Paula, tras lo cual, yo solicité al narizón de cedro y de las grandes mentiras que dejara su chupe y se acercara a sacarse una foto con la peque.

Todo perfecto con él y con su admiradora hasta que el hombrecito de madera sacó un encendedor para echarse un cigarrito. No puedo describir la reacción de la niña al presenciar esto. Sueños destruidos. Nubarrón de la inocencia. En tan corta vida no cabe tanta desazón. Su ídolo Pinocho... un vicioso. Gepetto... ¿dónde estabas?

Pero bueno, olvidemos el episodio y digamos lo que sucedió una hora después. En pleno festival de la hermandad, con los disfraces de niños a medio morir, el alcohol subiendo por las arterias de algunos y con el "Súper Disco Chino Filipino" de Enrique y Ana sonando fuerte desde la laptop, la benemérita Luz y Fuerza nos dejó fuera de combate. Sí, el primer apagón duró unos minutos, pero después vino la réplica y, entonces sí, nuestra hermosísima morada se convirtió en territorio comanche.

Lo más curioso de todo es que, pese a la transformación del lugar en una sucursal de los pensamientos más oscuros de Paul (por cierto, gran ausente), nadie se movió. Mike, con esa experiencia que le dejó su vida pasada de animador de fiestas infantiles nos llamó a Luisma y a mí al centro de la pista, y nos arrancamos con las que no suelen fallar: "17 años" y "Pásame la botella". La gente se nos entregó, aunque lamentamos que un sólo "bra" volara ni quedara colgando de la nariz de Pinocho.

Nuestras vocales perduraron hasta el momento en que se hizo la luz de nuevo y, ¡oh calamidad!: a la alfombra le había dado sarampión. Dígase de otro modo, estaba llena de pastel de Spiderman. De igual modo, la pared presentaba rastros de pastelazo.

Yo ignoraba quién había hecho tal cosa, pero de pronto Mike y su galana (quienes en su otra vida fueron ladrones de poquísima experiencia) se presentaron y confesaron todo. Yo los perdoné cual tipo misericordioso que soy, pero ni así los convencí. Habría sido más fácil decirles: "Sí, ya, carajo, ustedes tienen la culpa", pero tan dulce soy que no me atreví.

Al final, el "Súper Disco Chino Filipino" no se llevó el alma de nadie y todos sobrevivimos. Incluso la casa, la alfombra y la pared, mismas que hoy aparecieron brillantes, se asemejaron a una pila bautismal con olor a bendita niñez.

Que Dios nos conserve jóvenes por siempre y que Pinocho vuelva a la de ya a dormir en los cuentos.

Thursday, April 19, 2007

Hoy llovió


No veo muy bien. Hay ocasiones en que se nubla la mirada y empieza a llover sobre el rostro. Es como el clima. No se puede saber cuándo lloverá otra vez. De pronto sucede.

Hoy he cumplido 29 años (o al menos eso me dijeron mis padres y les creí). Tal vez ni siquiera soy Aries ni tampoco debería presumir que soy de abril, pero como en esta vida lo que nos dicen antes de los 5 años es ley, pues yo no le moví al asunto.

Crecí así, obedeciendo en general a mis antecesores y creyendo cada cosa que decían. Fui todo de ellos, el bebé consentido durante un buen tiempo, un chavito calmadón, dedicado a la escuela aunque mis notas fueran cayendo con los años, cumplidor en el deber de "ve y dile a tu papá que..." así como el "¿ah sí?, pues entonces dile a tu mamá que...", un joven más o menos puntual tras las salidas y al final, el clásico comprometido que salió casado con su amada de la forma convencional. Nadie me corrió de la casa.

Creo que la única vez en que no dije nada y en que jamás supe (ni sabré) si los obedecí o no fue cuando estuvimos sentados ahí en la sala de mi ex casa. Mi gran viejo y mi hermosa madre nos comunicaron el divorcio.

Callé. No hubo mucho qué decir porque aunque uno puede decir mil cosas, no significa que exprese. En mi caso, hablé en silencio y el resto se lo dejé a la lluvia sobre el rostro cuando me nublé.

Adquirí la extraña costumbre de desacostumbrarme a mi familia en términos totales y comencé a gozarlos en su propia burbuja. Fragmenté mi album familiar y disfruté cada hoja por separado. A veces junté dos o hasta tres páginas, pero no más. No juzgué y, cuando fue necesario nublarme, dejé que lloviera.

Hoy el clima me jugó una mala pasada. Mi amada Mara tramó algo, hizo una jugarreta y, antes de que yo reaccionara, me tenía listo el regalo que jamás esperé encontrar.

Entré a un restaurante y ahí estaban. Mi padre sentado frente a mi madre. Me detuve un poco y sí, comprobé que eran ellos. Él con sus canas, y ella sin esa clase de problemas. Es güera, no se le notan.

Después llegaron mis hermanos Alex y Lore (con todo y mi sobrina Reni) y yo... a la intemperie por vez primera desde aquella noche en la sala de mi ex casa en 2004.

Crecí, pero jamás aprendí a medir el temporal y hoy, cuando los vi de nuevo ahí, abrí los brazos, esperé a que se nublara y comenzó a llover como nunca antes.

Se me ha borrado algo, quizá el rostro.

Sunday, April 15, 2007

¡Pausa!


Ahí estábamos Mike y yo en pleno jardín, con nuestras camisitas tipo polo, muy monos, chupe en mano y paladeando el crepuscular cumpleaños 29 de Gaby, mi hermana de distinto apellido, nacida cinco días antes que yo y con suficiencia para saber que, por ello, le debo respeto.

Mirada esparcida, pasitos laterales en gallo gallina, de izquierda a derecha y de regreso, de los fresas que, por más que les gusten las cumbanchas, no darán su brazo a torcer para que no trastabille la pose elegante. Somos de esos que toman el rococó musical como algo necesario porque a las mujeres las cautivan lo mismo las rolas de Valentín que las de Flans y Timbiriche, pero también somos quienes jamás habremos de extraviar el estilo, al menos en tanto sobrios nos mantengamos y en pie nos sostengamos.

Y así seguíamos mi compa y yo ayer, charlando y a la vez no cuando entre nosotros se cruzó abruptamente una figura delgada cuya máxima curvatura emanaba de las formas de unos anteojos modelo '62. Una risueña señorita rompió la línea recta de nuestra conversación, hizo una pausa de cuatro segundos (no más, no menos), y después reactivó su camino hacia cualquier lado.

Bien lo dijo Mike: nos dejó fríos como Chespirito a dos defensas en la película "El Chanfle". Nos quebró la cintura, nos suspendió en el firmamento, casi le dio tiempo de tomarse un café, y después siguió su andar con paso constante y sin dar mínima explicación. Desde ese instante, hubimos de bautizarla como "La Niña de la Pausa".

No muy agraciada, pero 100% graciosa. Desprendida de ese temor a ser cordial con los hombres. Todo lo contrario. Una lindura a la que, por más que la disecciones, no le podrás encontrar tejido de arrogancia. Amistad a primera vista.

Ese detallazo de la suspensión del tiempo, del sonido y del espacio no fue todo. "Pausa" incluso nos agradeció su apodo con una carcajada de tal magnitud que nos dieron ganas de adoptarla como amiga entrañable con el bagaje de 20 años de confianza detrás y con apenas 10 minutos de conocimiento. Mike y yo estábamos fascinados, pero de pronto también la flaquita contagió a los de al lado y, por supuesto, a mi amadísima Mara, quien no la bajó de una chilanguita a toda madre.

Avanzó la tarde y la doncella nos siguió hechizando con sus bromas limpias y una risa diáfana de dientes completos a prueba de obstáculos y complejos. No sé cómo sucedió, pero de pronto "Pausa" ya nos había devuelto el favor en la ocurrencia y nos había apodado para completar el teatro de una fiesta que, de ser masiva al comienzo, se hizo selecta y pequeña en las horas finales: yo era "Forward", Mara "Rewind", Luisma "Play" y Mike "Stop" (el apodado "Necaxista" ya no alcanzó sobrenombre estereofónico).

Todos muy sentaditos a un lado del jardín celebramos el detalle. Los pocos que quedamos para entonces fuimos niños otra vez. Hacía falta esto, especialmente para quienes rondamos esos 30 que por momentos nos hace asomarnos más a lo que viene y olvidar lo que fue.

Hoy, muy temprano, me levanté dando tumbos rumbo al baño. Regresé a la cama y ajusté el despertador de mi celular para un domingo de rehabilitación. Por un dedazo cortesía de mi estado somnoliento, entré a mi directorio y me percaté de que en el casillero 88 estaba el número de "Pausa".

Mi mujer no perdió un segundo en explicarme que "Pausa", "Necaxista", Luisma, Gaby y Mike, además de otros esenciales, estarán presentes en una fiesta infantil que he planeado para dentro de un par de semanas. Ayer mismo les extendí la invitación para mis 29, esperando que como es su costumbre año con año, no fallen.

Espero con ahínco e ilusión volver a verlos para poner pausa y permanecer unas horas así, paladeando las pocas cosas que no serían igual de grandiosas si fuesen muchas. A veces falta ponerle pausa a este mundo escurridizo y ruidoso.

Wednesday, April 4, 2007

Flacidez vecinal


"Mara, el poli con cara de judicial no me hace caso y pido su remoción porque no me ayuda con las bolsas del mercado", "Luis, ¿pueden convocar a una junta porque la vecina de la casa 9 y yo, más que una entrañable amistad, compartimos una enorme humedad?", "Mara, ¿ya se hizo la limpieza de la cisterna?", "Luis, me cayó un asteroide en la azotea", "Vecinito, oí que una vecina ofendió al poli diciéndole que es su gato", "Mara, mi hija dice que 7x2 son 16, ¿puedes explicarle mate?", "¡Mara, Luis, Mara, Luis!".

"Amor, amor, despierta".

"Q’, q’, q’, ¿qué?… ¡pss qué!, ¿qué de qué, pues qué, qué traes o qué?!!".

Ya andaba yo muy acá echando bronca, pero estas agradables pesadillas son las que hacen que uno se despierte alterado a las 7 de la mañana.

Sí, nos ha llegado la hora, tenía que suceder en algún traumático momento de nuestra existencia y, hoy… ya somos oficialmente los nuevos administradores de nuestra privada. Una cosa en verdad recomendable. Sí, no saben cuán felices nos hace.

Para ser más precisos, mi mujer es la administradora y yo asumí el rol menos complicado. Soy como Martita y nuestras mascotas como los Bribiesca. Y todos, like one big happy family, nos hemos puesto, por la maldita y clásica cortesía que nos fue sembrada, a las órdenes de los vecinos "para lo que se les ofrezca".

El problema para este periodo de labores 2007-2009 no son las nueve casas que debemos "administrar" (¿qué significa esto exactamente?), sino el no tener ni p... idea de cómo empezar.

Yo no sé qué diablos hizo Melody, la anterior administradora, pero tres cosas me quedan claras: primero, que ella ya se largó, segundo, que el balance de gastos que nos dejó es un algoritmo jupiteriano, y tercero, que por alguna extraña razón todos los problemas vecinales estallaron a los dos minutos de haber nosotros tomado posesión. Conclusión: ya queremos renunciar.

En verdad. Apenas cambió la gestión y todos vieron a Mara como Batman y a mí como el Chico Maravilla. Todos nos confirieron súper poderes (o nos vieron súper pen..) y ya nos saludan como nunca, pero eso sí, también nos exigen más que la Chilindrina a Godinez y Doña Florinda al Profesor Jirafales.

La tierra por poco y se abre cuando mi mujer y yo nos percatamos de que era insuficiente el mantenimiento que pagamos todos cada mes. Ya de plano se generó un terremoto cuando, en nuestra primera gran medida como "patrones", hicimos del conocimiento público que debíamos subir la mentada cuota (mentadas las que nos habremos llevado en silencio).

Es que nunca faltan los de pensamiento perredista que creen que subimos el mantenimiento para contratar el plan Universe de Sky, ni tampoco aquellos legionarios del ateísmo sectario (quienes no creen ni en Dios, ni en Mahoma, ni en Buda, ni en Maradona, ni en el dinero como medio de subsistencia vecinal). Todo, todo, todo… es fraudulento. Somos un cover de Vicente Fox, o por lo menos, de su esposa.

Así pues, a menos de un mes de haber comenzado, ya podemos presumir de innumerables "curiosidades" como administradores malogrados:

- Ya conocemos a la perfección a nuestros cohabitantes
- Ya aclaramos que no es obligación nuestra hacer nudos de corbata, lavar carros, ni fumigar infidelidades
- Una vecina ya nos pidió que busquemos a quienes tiraron balazos por estos rumbos (pero que antes investiguemos si lo soñó o si pasó en verdad)
- Ya sabemos cuánto cuesta pintar de mostaza unas casitas de 160 metros cuadrados y con cuantas cubetas
- Ya no vemos el área común de la privada como el jardín que parecía perfecto por obra y gracia de Dios
- Ya nos fue avisado que la insatisfacción sexual de una de nuestras vecinitas también es culpa nuestra
- Ya recibimos dos cartas membretadas con faltas de ortografía del poli pidiendo justicia, respeto, paz, recuento de votos, fondo de ahorro, una prima vacacional y otra prima para la caseta en el turno nocturno
- Ya instauramos un horario de atención a clientes para que las quejas comiencen a llegar después de las 10 de la mañana
- Ya anunciamos en el IFAI colonial cada cuándo nos ponemos jariosos mi mujer y yo para que haya absoluta transparencia
- Ya empezamos a intimar con el desdén servicial porque, con un demonio y mil diablitos más, a nadie se le tiene contento
- Ya queremos irnos a vivir a Juliantla

En resumen y por todo lo antes mencionado, se recompensará a quien brinde datos precisos que lleven a la localización o ubicación de la señora Melody Dolores del Río Salinas de Gortari.

De hallarla, favor de entregarle el siguiente telegrama: "Melody, pasástete. Encuéntrote, ahórcote. Everybody knows. Vecinas taradas. Menopausia. Impotente yo. No mandes viagra. Manda lana. Hija, vete. Tiznada".

Friday, March 23, 2007

Un mundo de fe y devoción


"Señores, señoritas. Les damos la bienvenida a la fiesta y gracias por vestir de negro y morado, como debe ser. Son privilegiados, ya que serán los primeros en escuchar en este país el nuevo álbum... ULTRA. Esto sólo sucederá de manera simultánea en París, Berlín, Los Angeles y, por supuesto, aquí".

Fue una voz distorsionada la que sonó de tal modo la noche del 11 de abril de 1997 al interior del extinto antro "Sixtina". Y un centenar de fans aplaudimos con vehemencia y ansiedad por escuchar el entonces nuevo disco de Depeche Mode. Todos entre velas, todos a media luz y aguardando el momento de estallar.

Tengo esa noche en mi memoria porque me transporta a la fecha en que Depeche lanzó mi disco favorito, pero también porque aquella velada fue un momento mágico donde comprendí que soy de esos fanáticos que hoy están en peligro de extinción. Los que lo tienen todo y también lo que está más allá de la colección completa. Lo inédito, lo inaudito, lo oficial y lo oficialmente no oficial. Un poco más que todo. De lo contrario, no eres fan.

Este seguidor al que Depeche convirtió en devotee con el paso de los años comprende que algunos le llamen "enfermo" por tener en su colección casi 90 discos de la banda y por haber movido cielo, mar, tierra, horarios de trabajo y hasta boletos de avión para concretar lo que hasta ahora son seis inolvidables conciertos: tres en el D.F., uno en Fort Lauderdale, uno en San Diego y uno en Los Angeles.

Mis amigos y quienes me conocen de médula me han visto crecer con Depeche tatuado a la cabeza y a los oídos. Han tenido que fletarse al menos un discurso mío en el que creo ilusamente que me están entendiendo todo.

Me han hablado por teléfono para avisarme que MTV pasará un documental del grupo, me han contado de algún concierto al que han ido a verlos, me han preguntado si ya tengo la edición limitada o remasterizada de algún álbum, han bailado conmigo en un antro alguna canción de DM, me han hablado al celular para decirme que se acordaron de mí porque estaban oyendo una rola en la radio, entre muchas otras cosas. En resumen, para muchos, apenas oyen la palabra "Depeche", se acuerdan de mí en automático.

Incluso, recuerdo cuando en 1995 mi buen amigo Lalo me llamó aturdidísimo y me dijo que David Gahan, vocalista de la banda, había sido declarado muerto dos minutos tras meterse un speedball y de milagro había sido traido de vuelta al mundo por los médicos del Cedars-Sinai de Los Angeles.

"¿Estás ahí?, ¿me estás oyendo ultra fanático de Depeche?", recuerdo que preguntó varias veces Lalo mientras yo salía del shock del otro lado del auricular. No por nada, dos años después de este catastrófico episodio, los fans de Depeche nos volvimos locos al ser los poquísimos afortunados que fuimos a "Sixtina" a escuchar el ULTRA, ese álbum con el que la banda, con todo y Gahan, regresaron de la tumba.

Después de ello, tomé como algo prácticamente imposible que DM tocara de nuevo en México. Y aún menos creí que en mayo del 2006 la banda de mis sueños trajera su "Touring The Angel" para llenar dos veces el Foro Sol, con 50 mil almas por noche.

Muchísimo menos concebí que llegaría el momento en que mi buen cuate Vesselin, acordándose de mi exacerbada devoción a la banda, me llamara en pleno primer show de esas dos veladas y me dijera que, de entre esos 50 mil, tenía dos cortesías para la exclusivísima Post-Party del grupo en la terraza del Hotel Hábita, lo que nos llevó a mi Mara y a mí a echarnos un tequila y un vodka en la mesa aledaña a la de Martin Gore y Andy Fletcher.

"Amor, ¿estás consciente de que estás echándote un drink junto a tus ídolos? ¡Estamos junto a Depeche Mode!".

Creo que no pude contestar, pero sí recuerdo que mi amadísima me sacó del coma y, bajo su consejo, fui a cazar a Fletcher al baño de hombres para conseguir un autógrafo y un saludo con las manos sucias, ya que este inglesito no se las lavó después de...

Memorias, shows, fotos, discos, dvd's, playeras, chamarras, el mejor concierto de mi vida (del que hablaré algún día), locuras, pláticas, tarjetas navideñas, mucha música y, por supuesto, negro y morado, negro y morado y más negro y más morado.

Todo esto ha sido mi vida con la banda de mis amores, mis desamores, mis alegrías y mis instantes más sublimes. Y aún hoy, cuando los verdaderos fans estamos en peligro de extinción, sigo sin poder responder cuando alguien me pregunta: "¿Estás ahí, me estás oyendo ultra fanático de Depeche?"...

Tal vez disfruto demasiado... el silencio.

Wednesday, March 14, 2007

Mexican Chopper



"Mis amigos, ¿se acuerdan que les prometí una sorpresa?".

Así nos dio la bienvenida mi amigo Mou a Mara y a mí al llegar a Cuernavaca para pasar dos esplendorosos días alejados de la lluvia y el frío del D.F.

Y todo, mientras el nene le quitaba la funda a un juguetito que he visto en alguna película de Lorenzo Lamas, que ronronea maravillosamente, que es morenito, brillante, obediente mientras lo trates con delicadeza y que muestra orgulloso su estirpe: Harley Davidson.

Sí, un radiante duendecillo de la realeza de las motocicletas que de inmediato me dejó estupefacto, a pesar de que en mis 28 años de vida jamás le presté atención a vehículos de dos ruedas (con excepción de mi bicicleta Magistroni de 1986 en la que me derrapaba para mutilarme las rodillas sin que pareciera intento de suicidio).

Con una sonrisa con la que parecía presumir el penacho más grande de la tribu, Mou nos mostraba su caprichito de varios miles de dólares, poco antes de darle vuelta a la llave. "¿Cómo la ves?", me preguntó.

De niño, le habría contestado un soberano "¿Ah sí?, pues mi coche tiene quemacocos...", pero como ya crecí, ya me casé, ya maduré y ya no me ardo tan fácil, respondí con elegancia: "En el D.F. no puede uno andar en una moto así" (mis entrañas me respondían: "Ay sí, güey, ya quisieras botarte 10 mil dólares en un juguetito así".

Todavía no pasaba el trago de la primera impresión cuando ya estábamos listos. Casco, botas negras, guantes, una chamarra con protecciones en espalda, pecho y codos, así como un sistema de ventilación que me hizo pensar que se había gastado más en los accesorios que en la moto.

Después de ponerme el lioso casco con una habilidad tal que casi me desvío el tabique nasal y me quedo sin la oreja derecha, vino la explicación del maestro, quien corre motos desde la secundaria (yo, bien confiadote, le creí).

"Luis, tienes dos opciones, o te sujetas de mi cinturón o te agarras de una banda del asiento trasero". Preferí la primera cuando observé que la dichosa bandita me haría parecer como un pasajero que durante el trayecto iba a rascarse la entrepierna o a acomodarse no sé qué tantos detalles en la franja de advertencia que delimita el cierre de los jeans.

Y así, con la rojiza puesta de sol sobre la ciudad de la eterna primavera y 20 instrucciones de Mou, estábamos listos.

En mi cabeza, repetía todo: "No pongas el pie en otro lado que no sean las bases, no pegues la pierna a la zona metálica, arquea la espalda hacia adelante, si quieres asomarte saca la cabeza pero no el cuerpo, si te llegas a caer no dejes de rodar para evitar quemaduras" (escuchar eso sí era una jalada), "disfruta el trayecto, no dejes de avisarme si te sientes inseguro" y, para rematar, esa que si no me dice no me acuerdo... "no te sueltes".

Iba a preguntar sobre la ruta a tomar, pero tardé tanto en alzar el acrílico del casco para que me oyera Mou que, para entonces, ya íbamos pasando el Mega de Avenida Diana.

Enfilamos a la carretera Cuernavaca-Acapulco cuando llegó otro pequeño inconveniente. La velocidad aumentaba, el ronroneo se acrecentaba, yo con el acrílico arriba, y el aire, golpeando mis ojitos, convirtiéndome poco a poco en un filipino. Parecía que me había picado una abeja en cada pómulo y que la sonrisa del Guasón nacía en mis cachetes. Yo esperaba resignado una muerte por hiperventilación pulmonar.

¿Cómo le hacía Lorenzo Lamas para ir a toda velocidad en su Harley, sin casco, con la melena al viento, las arracadas sin bronca y sonriéndole sin parpadear a las nenas en bikini que se le atravesaban para mandarle besitos? (es televisión, idiota, televisión).

Mi cara era ya la pintura "El Grito" de Munch cuando vi que el buen Mou se bajó de pronto el acrílico del casco con una destreza y una rapidez que me dejó impávido. Pensé en hacer lo mismo, pero la gallina se apoderó de mí y no me atreví a soltar la manita derecha. "Si intentas bajar el acrílico, lo más seguro es que al rato estés ascendiendo al cielo y Dios te mande de retache por estúpido".

Enfilamos hacia Palmira y yo estaba en plena cavilación celestial cuando un tope se nos atravesó. Mou, quitadísimo de la pena, me dijo: "Hermano, se me olvidó advertirte que cuando pasemos por topes, alces la cadera para amortiguar el golpe". El dolor no me dejó contestar para mentarle la madre.

Luego de un buen rato, terminamos en un mirador hechizante. Mou se bajó de la moto muy ducho, y yo hice lo propio después de reacomodarme los jeans porque el cierre me había quedado sobre la lonjita izquierda. Si mi amigo era el imponente Batman descendiendo del Batimóvil, yo era la versión más raquítica de Robin, caminando como orangután.

Después vino el regreso. Fue un trayecto significativamente más decente y para el que me preparé a consciencia, empezando por bajar el acrílico a tiempo y por llevar la cadera despegada del asiento trasero.

La llegada triunfal a casa de Mou no pudo ser más emocionante y apegada a las películas de acción tipo Top Gun: mi amada no me esperaba en la entrada, la puerta de la cochera (autómatica) abrió sin percatarnos de que había un coche obstruyendo la misma y, al final, para recibirnos con aires de grandeza, las tías de Mou (sus edades suman casi 300 años) tomaban café y platicaban sobre la calidad del pan dulce mexicano.

Para rematar la travesía nocturna con un romántico beso a mi mujer, ahora sí pensé bien y evité el ridículo. Me fui al baño solo, me quité las botas y volví a desviarme el tabique nasal al desprender el casco de mi cabeza. Creo que salió mi cerebro también.

El cabello me quedó como espantapájaros, así que me eché aguita, me acomodé el cuello de la chamarra y salí como todo un galante devorador del asfalto, dispuesto a que mi mujer me apellidara Lamas a partir de hoy. Esto… para yo corregirla de inmediato: "No, no soy Lamas, querida. Llámame... Maverick".

Wednesday, March 7, 2007

El lado oscuro de la luna


Nos fue advertido. No podríamos entrar a menos de que dejásemos afuera todo objeto brillante. Y así lo hicimos. Fuimos respetuosos y acatamos.

Lo sorprendente es que no dejamos nada, si acaso el cerebro en unas charolas, pero así, casi completos, entramos y tomamos asiento.

Éramos 6, pero en la segunda suma salimos 60 mil, y en medio de la confusión, para ponernos cómodos y no alterarnos, a los huéspedes nos ofrecieron whisky y cigarrillos, mientras el añejo tocadiscos nos hizo recordar a los que no estaban más con nosotros.

En mayor o menor medida, alcanzó para todos, tanto los cigarros como el whisky, como la añoranza de que "ellos" estuviesen aquí, con "nosotros".

La humareda fue lo de menos. Entre tanta niebla uno piensa tanto que al final recuerda poco. Mi amada, mis amigos y mi padre pudimos pensar lo mismo y externar algo distinto. Pudiese ser que alguien estuviera en nuestra cabeza y que no fuésemos nosotros.

El anfitrión, un sexagenario con el pecho caído, pero con sonrisa enarbolada, nos dio la bienvenida y quizá nos regaló una caravana también. Tal vez me distraje y de ello no me percaté. Tal vez entré en coma, salí a pasear y después regresé.

No conté los minutos. En un guiño el tiempo se estaba esfumando y deteniendo, estaba caminando y corriendo. Y yo en medio. Y los otros cinco a un lado de mí. Cada uno atrapado y viajando. Volando y remembrando. Hablándose a sí mismo y en silencio. Haciendo ruido, desnudándose, haciéndose el amor y cansándose… sin notarlo. En masa, los que hacemos lo mismo no hacemos nada… en particular.

"¿Para qué tanto humo?", recuerdo haber preguntado. "No dudes, tú sólo respira", me dijo mi buen hermano, quien para entonces, no se había desecho el nudo de la corbata, pero sí el del seso. Su mollera y sus pies lo delataban; ya volaba también.

Aprovechando que mis entrañables echaban otra copa, me acordé de mí y me eché de menos como nunca antes. "Cómo quisiera que estuvieras aquí", me dije. Y a miles de kilómetros, me contesté, pero entre tanto ruido, no pude escuchar nada.

"Nunca me pones atención", insistí, pero de nuevo me ignoré. Yo y este servidor tuvimos una discusión sin dejar que nos vieran, pero no hubo solución, así que me dejé solo y volví con mis incondicionales.

Para esa hora, mi amada casi rompía en llanto, mi padre engordaba la emoción comiendo besos, y mi hermano, con ese nudo de la corbata intacto, clavaba generoso la pupila en un prisma espectacular: "El color que quieras, hermano, el color que quieras".

Para eso era el humo.

"The lunatics are in my hall", interrumpió con un impecable y rasposo inglés el sexagenario anfitrión. Todos, cautivados, aceptamos el apodo muy quitados de la pena, muy metidos en la niebla, muy lejos de la tierra.

Alguien no estuvo de acuerdo, se separó, salió, azotó la puerta, nos encerró y arrojó la llave a la luna. Después se perdió en el cielo encapotado.

En busca de ella fuimos todos y, aunque habría sido lógico hallarla en el lado luminoso, la llave brotó del cariz opuesto, del oscuro, como suceden tantas y tantas cosas en este eclipsado mundo.

Al final de la velada, preguntamos por buenos amigos y músicos como Richard, Dave y Nick, pero ninguno llegó.

Y de Syd, ni siquiera quise indagar. Todos supimos el motivo preciso y turbulento por el que no asistió. No quise sufrir más. Abracé en un parpadeo a mis entrañables y les pedí que nos fuéramos.

Al salir, mientras nos devolvían nuestros objetos brillantes y nuestro cerebro, me despedí del sexagenario del pecho caído y la sonrisa enarbolada, quien nos obsequió unas palabras y, quizá, una caravana también: "Nos veremos en el lado oscuro de la luna".

Yo respondí a nombre de los míos.

"No lo dudes… gracias por la copa, por el humo, por los recuerdos, por los vivos y los muertos. Y dile al diamante loco… que siga brillando".

- Escrito unas horas después del “Dark Side Of The Moon Tour” de Roger Waters en el Foro Sol. Sobrio y con la luna brillando -

SETLIST:
In the Flesh - Mother - Set the Controls for the Heart of the Sun - Shine On You Crazy Diamond - Have a Cigar - Wish You Were Here - Southampton Dock - The Fletcher Memorial Home - Perfect Sense (Parts 1,2) - Leaving Beirut - Sheep

Speak to Me - Breathe - On the Run - Time - The Great Gig in the Sky - Money - Us and Them - Any Colour You Like - Brain Damage - Eclipse

The Happiest Days of Our Lives - Another Brick in the Wall (Part 2) - Vera – Bring the Boys Back Home - Comfortably Numb